En 1919, la revolucionaria Rosa Luxemburgo fue asesinada en Berlín. Los asesinos la rompieron a golpes de fusil y la arrojaron a las aguas de un canal. En el camino, ella perdió un zapato. Alguna mano recogió ese zapato, tirado en el barro. Rosa quería un mundo donde la justicia no fuera sacrificada en nombre de la libertad, ni la libertad fuera sacrificada en nombre de la justicia.

Cada día, alguna mano recoge esa bandera.

Tirada en el barro, como el zapato.  El zapato. Eduardo Galeano.

No me gustan las guerras, por eso este texto no será una declaración abierta contra los hombres. Considero necesario e imprescindible su papel a nuestro lado como escuderos de una causa en la que deberían haber sido siempre cómplices y nunca enemigos a batir. Soy feminista porque prefiero la vida, la libertad, porque el feminismo es la semilla de la esperanza en un páramo patriarcal desolado lleno de intolerancia y muros invisibles que derribamos con las manos manchadas de sangre, mientras nos sacamos los puñales del abdomen. Soy feminista para defender mis derechos, los de un colectivo despreciado e insultado, porque me gusta pelear sin armas, pero con palabras arrojadizas.

Soy feminista porque no quiero que una mujer para, si no quiere hacerlo, otro hijo para este mundo belicista y oportunista que llama a filas antes de atender a razones y que nunca cumple sus promesas. Sé que a muchos de vosotros os es imposible entender o compartir una ideología a la que le ponéis un apellido fascista porque os hace sentiros incómodos con vosotros mismos, con vuestras costumbres o con la educación que recibisteis y a la que, disculpad mi atrevimiento, le hace falta una profunda revisión y modernización.  

«¿De qué sirven los derechos si no hay modo de ejercerlos?», se pregunta Martha Nussbaum en Las capacidades de las mujeres y la justicia social. Nuestras libertades pasan a ser papel mojado si no existen las condiciones, las herramientas, las instituciones o los organismos adecuados para que todas podamos beneficiarnos de ellas. Es ahora o nunca. Tan importante es alzar el puño en la calle como sentarse en la mesa del poder y hacer entender al resto de comensales que es imposible que exista ninguna democracia mientras haya una sola mujer que sea discriminada, es decir, mientras que convivamos con el machismo, principio y final de todos nuestros males. Nuestra misión es destronar los estereotipos, aquellos que millones de habitantes del planeta asumen de manera inconsciente como principios de comportamiento. Huyamos de los cuentos de hadas, de los príncipes y de las princesas, de los relatos infantiles que alimentan nuestro mundo aspiracional como mujeres.

Hoy gritaremos por todas aquellas que ya no tienen voz, por las que viven a diario sus particulares noches de los cristales rotos. Nuestra manada es más fuerte y nuestras almas inquebrantables.

Parafraseando a la gran Florence Thomas: «Ni santas, ni brujas; ni putas, ni vírgenes; ni sumisas, ni histéricas, sino mujeres, resignificando ese concepto, llenándolo de múltiples contenidos capaces de reflejar novedosas prácticas de sí que nuestra revolución nos entregó; mujeres que no necesiten más ni amos, ni maridos, sino nuevos compañeros dispuestos a intentar reconciliarse con ellas desde el reconocimiento imprescindible de la soledad y la necesidad imperiosa del amor«.

No importa que vayamos descalzas si el viento nos ayuda a ondear nuestras banderas. Por Rosa. Por todas.

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