La muerte con clase del magnate

El dinero no te asegura amor, ni el éxito cariño. Bien lo saben tantos y tantos magnates.

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Para muchos la vida es eso que transcurre entre reunión y reunión. Entre éxito y éxito. Entre fracaso y fracaso. Es el caso del protagonista de El último magnate, la película estrenada en 1976 (yo siempre comentando estrenos), última obra de Elia Kazan, que cuenta con un abrumador reparto. 

La película está basada en una novela inconclusa de Scott Fitzgerald, para el que la vida era aquello que transcurría entre copa y copa, o entre discusión y discusión con Zelda. Para el personaje del magnate se inspiró en su colega Irving Thalberg, el productor de cine de los años 20 y 30, considerado un auténtico genio, capaz de adivinar qué iba a ser un éxito y qué no. Falleció a los 37 años, poco antes de que también lo hiciera el autor de la generación perdida. 

La adaptación a la gran pantalla fue obra de Harold Pinter, que dibuja un personaje a caballo entre Thalberg y el gran Gatsby. Un ser enigmático, con un pasado que desconocemos y un presente brillante. Como no podía ser de otra forma, vibrante interpretación de Robert de Niro, magnético e insondable. 

Su personaje lo tiene todo, es el rey de los estudios cinematográficos, las actrices le hacen la pelota, los directores no dan un paso sin consultarle, es el Jefe, en mayúsculas… y sin embargo, no tiene lo que más desea, el amor de una joven que le recuerda a alguien de su pasado. 

El dinero no te asegura amor, ni el éxito cariño. Bien lo saben tantos y tantos magnates. Al desamor no se le enfrenta quemando billetes, sino emborrachándose y quizá metiéndose en alguna pelea, como hace el personaje de De Niro. Quizá hasta perdiendo un trabajo, cualquier cosa vale la pena. A lo mejor la vida es eso que transcurre entre ruptura y ruptura, entre desilusión y desilusión. 

El último magnate también ahonda entre el viejo y el nuevo Hollywood. No es baladí que Robert De Niro, en aquella época una nueva estrella en su apogeo, interprete al joven magnate de éxito y Robert Mitchum al productor viejo que ha perdido el olfato y que no soporta ver cómo un jovenzuelo se lleva todos los aplausos. 

Kazan consigue que cuando la cámara se fija en De Niro vibremos con el nuevo Hollywood, y que cuando Mitchum toma la palabra volvamos al cine clásico. También se marca un hito histórico juntando en la misma pantalla a De Niro y Jack Nicholson, junto a Al Pacino los actores del momento.

La escena, la única en la que aparecen juntos de toda la historia del cine, es un duelo interpretativo y de carisma. Los dos ocupan la pantalla y cuesta decidir quién sale vencedor. Es como esos combates que nunca viviremos. Como Messi contra Maradona. O Michael Jordan contra Lebron James.

Scott Fitzgerald murió alcoholizado y con el corazón malherido. Como aventuró su amigo Hemingway, la cosa no podía acabar bien. El desamor pesó siempre sobre él y lo sepultó. Volvía a él una y otra vez y le daba esa melancolía que trasciende de sus páginas. Ese malestar elegante. Ese morir con clase. Él era consciente de vivir en un mundo vacío, donde los personajes, como en El Gran Gatsby, bailan alrededor con poca gracia. Como el magnate que se ha vuelto inmune a los halagos. 

En la película se repite una escena completa al final que aparece sobre la mitad de la película. En ella el personaje de De Niro se inventa una escena y la va contando, paso por paso. Cuando le preguntan qué ocurre después, él responde: “No lo sé, solo hago una película”. Nosotros no sabemos muy bien qué nos pasará mañana, ni después. Solo seguimos andando, haciendo nuestra película, y tal vez todo se repita, como en esta película, como en Fitzgerald o como dice esa frase de El Gran Gatsby: “Y así seguimos, barcas a contracorriente, empujados sin cesar al pasado”.

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