Lo recuerdo con cariño. Era mi primer verano de prácticas en la redacción de As. Aquella redacción que estaba en la Cuesta de San Vicente, donde abundaban señores mayores y con ojeras, entre los que el director Rafael Rienzi imponía huella. Un hombre muy silencioso que, sin decirme nada, me iba a dar mi primera gran lección en el periodismo. No se me olvidará nunca. Fue después de una entrevista que hice a López Ufarte, que había sido uno de los futbolistas favoritos de mi infancia en la que cualquiera de nosotros deseaba hacer con la pelota las cosas que hacía él en el viejo estadio de Atocha. Descubrir que no era posible también fue interesante. Reforzó la admiración que uno sentía por aquel futbolista, que llevaba el número 11 de la Real Sociedad. Lo llamaban petit diable (pequeño diablo) y, como nosotros, tenía cara de niño: el pelo liso y ese flequillo infantil. 

En un mundo hecho para diestros, la pierna izquierda de Roberto López Ufarte era como pagar un rescate. Representaba a un magnífico futbolista al que debías tirar al suelo para quitarle la pelota. Así que el día que tuve la oportunidad de entrevistarle fue una satisfacción enorme que, sin embargo, se iba a saldar de un manera extraña. Al día siguiente, cuando se publicó la entrevista en el periódico de papel, me llevé una sorpresa. Me sentí en la obligación de preguntarle lo que había sucedido a Luis Miguel González, que era uno de los redactores jefe de aquel Diario As con el que más trato tenía. Mi apellido aparecía con B en vez de con la V con la que había venido al mundo. Me negaba a pensar que yo hubiese cometido un error así. Aún menos en aquellos inicios en los que a uno le hacía tanta ilusión ver su nombre impreso. No podía imaginar que las imprentas cometiesen esos errores en la madrugada.

—Pregúntale al director. 
-—¿Cómo? 

Rienzi era un hombre altísimo que no te saludaba por los pasillos ni en la máquina de café. El silencio era una de sus cicatrices. Es más, desde el silencio imponía un respeto bárbaro, quizás una lección que era como un viaje por un mundo en blanco y negro.  

—Ha sido Rienzi el que ha ordenado que se cambiase la letra de tu apellido porque habías entregado el texto con una falta de ortografía garrafal— me dijo después Luis Miguel González. 
Y, a continuación, añadió:
—Te servirá de lección. 
—Ya, pero…
—No hay peros que valgan. Has venido aquí a aprender.  

En ese momento me empezó a temblar todo el cuerpo, desde los pies hasta las orejas. Sentí que aquello había sido como saltarme un semáforo en rojo con la policía al lado. Después, el tiempo suavizó la pena. Es más, el tiempo me demostró que, de todas las lecciones que aprendí en aquella redacción de As de la Cuesta de San Vicente, creo que no hubo ninguna como esa. Rienzi nunca me dijo nada. Quizás porque ya me lo había dicho todo: yo nunca llevé a casa ese periódico en el que entrevistaba a un mito como López Ufarte para ahorrarme la explicación. Desde la infancia nos educan en el colegio para luchar frente a las faltas de ortografía y en una de mis primeras oportunidades yo fui a estrellarme con una de ellas: nunca quise saber cuál. 

Nunca volví a leer esa entrevista en la que me había esmerado tanto. Quería que estuviese a la altura de mis recuerdos de la niñez. López Ufarte había sido un futbolista capaz de financiar los sueños de una generación entera. Nunca entendimos que no volviese a la Selección después del Mundial 82. Fue una canallada. Pero seguimos disfrutando de su pierna izquierda, que era como subir el volumen de la radio. Por eso el día que me dijeron en el periódico que iba a entrevistar a López Ufarte fue como si me regalasen una entrada de cine. Había que dar la talla. No podía desperdiciar la oportunidad de demostrar ni de demostrarle todo lo que me había quedado en la memoria de aquella Real Sociedad que ganó las dos Ligas.

Pero, ya ven, en cualquier lado se puede fallar un gol a portería vacía. En ese sentido, la redacción de un periódico era como un campo de fútbol. Fue la lección que me dejó para siempre ese hombre que nunca me dijo nada: Rafael Rienzi. Gracias a él descubrí que las palabras no siempre son necesarias, que los silencios son oportunidades y que no hace falta que nadie te eche la bronca: la bronca te la puedes echar tú mismo cuando sabes que te has equivocado. Y, al menos, en mi caso, esa bronca, volviendo a casa andando por la calle Santa Engracia por la noche se me quedó grabada para toda la vida.   

Roberto López Ufarte.


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