Una vez ya acabadas por fin todas las revueltas sociales, aquella hermosa primavera de 1918, que presagiaba felicidad y amor a raudales, solo traía buenos augurios y las lluvias de finales de marzo y principios de abril habían limpiado la ciudad embelleciéndola tanto como podían y dejando sus calles como listas para un desfile donde los pudientes pudiesen lucir sus carruajes y donde daban ganas de salir con la ropa de los domingos y de saludar. Era tiempo de sonreír, de regalar flores y de ir desparramando felicidad, porque todo era hermoso y bello y para ella, además, era tiempo de recibir la proposición de Tomás, esa que estaba por caer como cae la fruta madura, como una cereza, dulce y delicada. Y luego, ya con todo, de volver de nuevo a su colegio, a sus niños, siempre distintos, siempre los mismos, porque todos, tan distintos, son siempre iguales, y a sus miradas y a sus miedos, que eran los mismos que los suyos, aunque ella no se lo dijera nunca a nadie.

Y una soleada mañana de mayo, pues el tiempo no entiende de desgracias, se tuvo la primera noticia de las muchas que llegarían, y vino del Hospital Real Sanatorio Victoria Eugenia de Valdelatas, donde se acomodaba a los tuberculosos y que estaba en Alcobendas. La primera nota de prensa sobre el tema se escribió el 21 de mayo en el diario madrileño El Liberal. La siguiente noticia, apareció en el periódico El Sol, donde se decía que: «Parece que entre los soldados de la guarnición de Madrid se están dando muchos casos de enfermedad no diagnosticada todavía por los médicos. En un regimiento de Artillería han caído enfermos del mismo mal 80 soldados».

Y entonces, exactamente el 2 de junio de 1918, el corresponsal de The Times en Madrid decidió hablar de la epidemia al considerar que ya alcanzaba unas proporciones preocupantes y a falta de datos, decidió darle el nombre de gripe española en el artículo que envió. La ocurrencia tuvo éxito y se fue extendiendo por todas partes del mismo modo que se propagaba el virus y dos meses más tarde, la mas célebre publicación médica del mundo, The Journal of the American Medical Association dedicó un número a la enfermedad que empezaba a causar estragos en el mundo, denominándola Spanish Influenza. Con ese nombre pasaría ya a la Historia, aunque la realidad fue que a España llegó desde Francia, traída a escondidas y sin saberlo por los peones españoles que habían ido a cubrir las plazas de los jornaleros franceses que estaban combatiendo. Y a estos jornaleros españoles se la contagiaron los soldados norteamericanos que llegaban a combatir y cuyos campamentos se establecieron en el norte de Francia. Pero, debido a la guerra, ningún periódico de Europa daba noticias de la epidemia a pesar de ser regimientos enteros los que hacía desaparecer esta enfermedad, a los que había que enterrar a toda prisa en fosas comunes. Gracias a eso que una de las mayores pandemias del siglo XX lleva nombre español, y esta, se hizo sentir con toda su virulencia en la ciudad.

Madrid, el año anterior, había elevado una petición al gobierno de Su Majestad solicitándole fuese concedida la denominación de ciudad, ya que la consideración de Villa que la denominaba desde el siglo XII, se consideraba obsoleta, máxime cuando sus ciudadanos podían ser tildados de villanos. Pero a la petición por parte del Sr. Millán, concejal, de denominar a Madrid “La muy Heroica y Noble ciudad de Madrid”, se le sumó la del periódico El Sol en su portada, que solicitó, para que todas las principales cualidades quedasen incluidas sin dejar ninguna fuera, la denominación de “La muy Heroica, Noble, Hambrienta y Tenebrosa ciudad de Madrid”. Tal era el estado en el que se hallaba la ciudad que la epidemia afectó a casi un 40% de la población y fallecieron más de un 1% de los madrileños, es decir, casi cinco mil personas solo en Madrid, falleciendo desde la primavera de 1918 entre doscientas cincuenta mil y cuatrocientas mil en toda España. Hasta que, en el verano de 1920, la pandemia desapareció tan misteriosamente como vino, no sin antes haber hecho desaparecer a adolescentes y prometedores jóvenes, pues fue con ellos con quien más se cebó, entre ellos, a Angélica, que fue de las primeras y a la que tuvieron que ir a despedir sin saber cómo se hacía al Cementerio de La Almudena una mañana de otoño. Pero ese otoño ya su corazón se había roto y en él ya tenían cabida todas las penas del mundo, sin tener que dejar ninguna fuera.

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