Entre cámaras de vigilancia,
Semáforos, ambulancias
El silencio es la mejor fragancia, amnesia

Cráneo, Lasser, Juan Ríos, Made in M. “Ciego”

No sé si a alguien le interese, pero asumiré que sí por el simple hecho de que necesito hacer esto. Así que les cuento.

Todos hemos pensado mucho en la cuarentena. Demasiado. Le hemos dado mil vueltas, o quizás algunos —suertudos ellos— hayan podido optar por seguir adelante sin poner caras ni pedir razones. La cuarentena. Encerrados en nuestras casas, mirando por nuestras ventanas, calentando el café, encendiendo un nuevo cigarro. Mil vueltas, y probablemente nunca llegamos a una respuesta satisfactoria más que cómo mierda llegué aquí.

Mi vida ahora es así: me levanto temprano por las mañanas y, por más que me sigue sorprendiendo, no pienso en la cuarentena. Pienso en lo que debo hacer. En los pendientes. En las deudas. No pienso en la cuarentena. Pienso en mañana. Como siempre.

Pero luego, claro, con los ojos ya abiertos, la boca menos seca y el cerebro en loading, aparece. Aparecen, más cerca que nunca, las paredes, el techo, las ventanas cerradas, el sonido del ventilador, de un lado al otro, el único sonido de la mañana. Porque no hay carros, ni ladran perros, ni se oyen conversaciones. El silencio en una ciudad como Lima puede ser lo más aterrador del mundo.

Después, el desayuno, también en silencio, saludar a mis viejos —viejos ellos, con quienes me he mudado para cuidarlos y también para que me cuiden, nada como la casa de los padres para curar los miedos—, mirarlos de lejos. Siempre de lejos.

Y luego comienza la verdadera jornada: el trabajo. Cubro para un periódico español el minuto a minuto del coronavirus en el Perú. Contagiados, muertos, presupuestos, horarios, toques de queda. Todo el día. Desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche. Hago una pausa para comer, otra para llamar a algún amigo, y vuelvo. Minuto a minuto. Tres frases, a lo más dos párrafos, un tweet, un vídeo. Siempre sin pensar en la cuarentena.

Ayer, cuando acabó la jornada, hablé por Skype con una amiga con la que no hablaba a hace nueve años. Yo me tomé un vino y ella, una cerveza. O dos. Hablamos de nuestros problemas: desamores, peleas en el trabajo, sobre encontrar la verdad. Hablamos del 2020: qué año de mierda el que nos ha tocado vivir. De verdad, qué año de mierda. Eso lo dije yo, no ella.

Llegada la medianoche, después de dos o tres cervezas más, dos o tres cigarros más, salgo a contemplar el silencio. Aterrador. Lima es normalmente una olla a presión, o más bien ese silbido que te hace ir corriendo a apagar el fuego: es la angustia del tiempo que falta, de las cosas que no se hicieron, de las cuentas que no se pagaron. Hoy solo es silencio, que es lo único que puede salvarnos. Silencio y angustia.

Sólo han pasado cuatro días. Vendrán muchos más. La tele nos muestra militares en las calles, gente enmascarada luchando contra un fantasma, países enteros que claudican. Todo como música de fondo. Pasa casi desapercibido, como si fuera natural. Y luego, ya en cama, sólo el ventilador rompe el silencio, y, mientras me voy quedando dormido, ahí sí, en ese momento sí, con el techo negro y el ambiente denso, pienso en la cuarentena. Sólo han pasado cuatro días.

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