Hasta los primeros 90’s había vivido en la burbuja materna del cole a casa y de casa al cole. Entonces, nos mudamos lejos del centro escolar y empecé a pisar la calle sin compañía de adultos. Empezaba a detectar monopatines, graffitis y zapatillas Converse como señas de la nueva generación urbana. Mi hermano, que cursaba BUP en un cole interno en Madrid, traía cintas de cassette de grupos extraños que escuchábamos mientras él me incordiaba y yo jugaba al Super Mario, sin darle mucha importancia a lo que sonaba. Cuando se iba, yo volvía a poner los Hombres G, pero algo se iba quedando. Recuerdo cintas TDK de Siniestro Total y una de los Offspring que tenía una calavera dibujada a bolígrafo por el autor de la grabación del cassette y, entre mis ya obsoletos vinilos de Parchís, comenzaban a hacerse hueco otros de bandas como Guns N´Roses o Bon Jovi, entre los que llamaba la atención uno con un bebé en bolas sumergido en una piscina queriendo coger un dólar, que era un anzuelo. Era el Nevermind de Nirvana, que yo ya había visto en una portada de la famosa Discoplay, esa revistilla mensual que era uno de los pocos accesos que teníamos a información musical. Cosas de mayores.

Curiosamente, la generación de mi hermano abandonó el sabor del teen spirit de Cobain y culminó su ruta adolescente acompañados de Máquina Total y Chimo Bayo. Pero esos vinilos fueron mis docentes y dejaron en mis sentidos la semilla del sonido de garaje. Los informativos de la época hablaban de algo llamado Maastricht y de una guerra genocida que iba a hacer que Petrovic y Divac jugaran en selecciones diferentes. Desde Barcelona nos robaban ligas insulares y Ana Blanco nos contaba todo esto en TVE1, mientras en TVE2 Jordi Hurtado tenía un concurso cultural. Hay cosas que nunca cambian. Tras ese par de años de adaptación al medio, un día de primavera de hace 25 años, comimos con la noticia de la muerte de Kurt Cobain, que tuvo gran repercusión.

Yo era muy pequeño cuando la heroína se cobraba una vida tras otra durante la movida madrileña, así que la noticia me impactó bastante. No supe mucho más de lo que nos contaron en un par de minutos y pasaron años hasta que volví a saber de Nirvana y de su póstuma leyenda.

Cobain había sido un chico atormentado desde su niñez. La separación de sus padres no hizo más que agravar una mente genéticamente enferma. Eso le trajo problemas en el colegio y en la vida demasiado pronto. La inherente tristeza que le ahogaba y los medios utilizados para evadirse de ella se instalaron en él hasta formar parte de su ADN. Esta mezcla explosiva fue un cóctel de inspiración divina que permitió la creación de un buen arsenal de canciones memorables con un sonido nuevo, tan sucio y crudo como magnético, lleno de pureza. Nació así el grunge, un movimiento contracultural, como ya sucediera con los Who y sus mods, o los Sex Pistols y sus punkis. Cobain estaba dispuesto a acabar con la música popular y fusionó el punk con el pop y el metal para convertirse en el símbolo de una generación, a través de unas letras pesimistas, cargadas de ira y autodestrucción. Su carrera era ya un éxito mundial, irónicamente, algo que detestaba.

Fueron pocos años pero muy creativos, KC vertía todo su dolor en sus canciones, llenas de energía, llenas de drama y litio. La fama trajo dinero y más heroína para seguir huyendo de la vida. El joven Kurt se terminaba cansando de todo de manera efímera. En una entrevista dijo que él sabía que se terminaría aburriendo de la heroína como ya le había pasado con la marihuana. En este proceso conoció a Courtney Love. Lo que parecía una tabla de salvación, fue un trago de fuego para el material altamente inflamable que componía los tejidos del menudo cuerpo de KC. La hija que tuvieron fue una motivación para escapar de ese secuestro existencial hacia el que él mismo se había abandonado. Pero también se cansó de esos breves momentos de felicidad y humanidad.

La soledad había convertido al ídolo de cristal en un alma de metal, como los anfitriones de Westworld, programados para morir una y otra vez, de manera trágica pero sin dolor. La heroína dejó de ser un placebo del hombre que vendió el mundo, al que sólo le quedaba la música, pero «a veces, por muy alto que pongas la música, sólo puedes oírte a ti mismo» y, tras varios intentos suicidas, la voz de los 90, la voz de toda una generación, se apagó para siempre con sólo 27 años, dejando un legado inmortal. Los placeres violentos tienen finales violentos. 

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