A primeros del pasado mes de diciembre, recibí un whatsapp suyo.

-Si no te importa, me gustaría conocerte en persona. 

Yo había escrito una nota suya en la web de la Federación Española de Atletismo, porque él, José Ángel de la Casa, fue un gran aficionado al atletismo. De hecho, en su juventud fue campeón de salto de longitud en los primeros Juegos de La Mancha y llegó a correr los 400 metros en 52 segundos. Y no sólo eso, sino que en los ochenta fue junto a Gregorio Parra una de las grandes voces del atletismo, de los que estaba en JJOO de Los Ángeles 84 el día en el que Abascal ganó la medalla olímpica en 1.500 o en la Copa del Mundo de Camberra el día que Marita Koch hizo ese récord del mundo de 400 lisos (47’60) que aún perdura. 

José Ángel de la Casa con algunas de sus muchas acreditaciones a diferentes eventos.

Así que imaginen lo que uno sintió cuando una vieja institución como José Ángel de la Casa me dijo que quería conocerme, que le había gustado lo que había escrito de él. Fue una oferta que no me apetecía rechazar. Una oferta que provocó que una mañana de fiesta cogiese el coche y fuese hasta Los Cerralbos: el pueblo de Toledo en el que él ahora pasa la mayor parte de su vida, entre la tierra y el silencio.  El mismo pueblo donde las horas pasan desapercibidas. El pasado quedó encerrado en una caja fuerte que hoy figura en cajones, paredes y estanterías. Allí se mezclan libros, fotografías, acreditaciones de Mundiales y JJOO, hasta ese día en el que conoció a la Madre Teresa de Calcuta. 

Y allí, en Los Cerralbos, pasé un día con José Ángel de la Casa que me recibió en la soledad de su casa en la que ese día estaba él solo; en una casa en la que hay tiempo para vivir y para recordar. Él rivaliza con el parkinson y se niega a perder ese partido. Comprobé que su memoria funciona estupendamente. Igual que hablamos de Garci, de DiStefano o de Alberto Juantorena, me enseñó esos folios que tiene escritos en su ordenador del gol de Señor. Y, para mí, fue una mañana llena de literatura como si fuese la visita a un museo. Por eso tenía pendiente escribir algún día de él. Es más, aún no sé porque no lo había hecho y, si lo hago hoy, es porque ayer me lo recordó mi mujer. 

—¿Por qué no escribes de ese día que fuiste a ver a José Ángel de la Casa?

La otra noche su voz volvió a sonar en la televisión de casa en la retransmisión del Zaragoza-Arsenal que, en estos días sin noticias de fútbol, recuperó Teledeporte (TDP).  Y, a su lado, regresamos a una época que ya no existe, aparcamos durante 90 minutos los problemas y recordamos que con José Ángel de la Casa vivíamos muy bien: el prestigio era más importante que la popularidad. Los periodistas eran periodistas. O, al menos, nosotros, que no conocimos la letra pequeña de esa época, si había más o menos puñaladas en las redacciones, nos quedamos con esa idea. Y no la cambiamos por ninguna. 

José Ángel de la Casa y Alfredo Varona.

Y en ese mundo sentíamos una relación muy estrecha con la voz de José Ángel de la Casa. Una voz que se defendía estupendamente en la soledad en la narración de los partidos, sin la llama prendida en el pecho. Una voz seria,  neutral y creíble como la de nuestros profesores en clase. Una voz de la que sabíamos lo justo. Es más, no sabíamos siquiera de que equipo era. No era un personaje sino un periodista lo que reforzaba su prestigio o nuestra admiración hacia él. A veces prestigio y admiración son palabras sinónimas. 

Por eso,  ese día fue como un regalo de Navidad y lo viví como quería vivirlo: la posibilidad de conocer a una de las referencias de mi infancia, de mi juventud, de comprobar como todo había cambiado, no solo su rostro en las fotografías. Pero así es el día después. El mismo del que si el destino no lo impide, algún día los protagonistas seremos nosotros como ahora lo es él. Es más, su figura me recordó que el tiempo no se para ante nadie. Llega el día en el que ya ni te aburres, me contaba él, que ahora ya es el mismo los siete días a la semana. Con la fragilidad de los años y pequeño ante la inmensidad de todo lo que fue. Pero así es la vida: yo lo veo en mis padres y supongo que algún día mis hijos lo verán en mí. 

Los dedos le temblaban. Las manos. Los pies. Quizás el cuerpo. Al salir a la calle, cuando se puso el anorak le tuve que ayudar a abrocharse, a subirse la cremallera hasta el final. Se me quedó grabado. Después, paseamos por el pueblo sin un solo ruido que entorpeciese el paseo. Luego, me invitó a comer en Cebolla y supongo que yo, que soy un tipo que fabrica la curiosidad, le haría preguntas, hasta multitud de preguntas. Y él me las haría a mí porque, al fin y al cabo, fue José Ángel de la Casa quien quiso conocerme a mí: no todo es el interés, uno ya está cansado de esa palabra.

Desde entonces, es verdad que no hemos vuelto a repetir. Pero puedo prometer que no olvidaré ese día ni esa fragilidad como volví a recordar anoche mientras su voz sonaba por televisión. Se repartía entre los nombres de los futbolistas, las oportunidades de gol y la frialdad de un hombre que, sin llamar la atención, marcó una época. Quizás porque escuchándole desde tantos sitios representaba todo lo que un estudiante de periodismo tiene derecho a soñar. Nadie te puede demostrar que es imposible de lograr. La prueba es que él, José Ángel de la Casa, lo logró y no debió ser fácil. En el mundo nunca existió una época fácil.

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