Cuando las autoridades dan recomendaciones, un elevado porcentaje del conjunto de la población suele adoptar una pose de cinismo escéptico que no se halla exenta de coquetería. Al fin y al cabo, España es el país de los listos y ya se sabe: quién te ha dicho a ti que yo quiero que conduzcas por mí. Aunque en esta crisis se ha tomado una medida que puede hacer entrar en razón hasta al más sobrado incauto. Es posible que las advertencias sanitarias se despachen con un gesto de hastío y aburrimiento, pero, si se suspende el fútbol, entonces hablamos de harina de otro costal. Algo grave debe de estar sucediendo. Más allá de lo lamentable que resulta que el respeto generado por una suspensión del ocio sea mayor que la sensatez funcionarial de los servicios de salud, conviene celebrar que la letra entre, al menos, con sangre.

No obstante, no se trata de la primera ocasión en que el fútbol español ha amenazado con dejarnos sin su grata compañía dominical. Si bien por motivos menos peligrosos, desde luego. Hasta en siete ocasiones los jugadores amenazaron con la huelga, y, si no hubo parón en todos, esto vino motivado por la desunión y presiones que atenazan al colectivo en momentos de tensión de ese calibre. Constituye un caso paradigmático la huelga convocada por la Asociación de Futbolistas Españoles para el 11 de abril de 1982. Los futbolistas reclamaban, entre múltiples pagos y deudas que los clubes no estaban cumpliendo, la abolición del límite de edad de 23 años para jugar en Tercera División, norma pensada para proteger a las canteras, pero que los jugadores consideraban como una pérdida de muchos posibles puestos de trabajo, cuando no una provocación chantajista para que aflojasen en otras peticiones.

Los bandos parecían irreconciliables. De un lado, Pablo Porta, presidente de la Federación, arropado por los clubes. Del otro, una AFE cuyas cabezas visibles eran los ex jugadores Cabrera Bazán y Quino. Cuando se concretó la fecha de la huelga, hubo que escoger posición. El Barcelona iba primero en la clasificación en ese instante y, como habitualmente, fue por libre y anunció desde el principio que no iría a la huelga. La mayoría del resto de plantillas sí aceptó, incluyendo la del Real Madrid, que a finales de los setenta y principios de los ochenta era una de las más concienciadas socialmente, con jugadores tan comprometidos como Del Bosque o el maoísta Paul Breitner, que llegó a donar medio millón de pesetas para la caja de resistencia de los trabajadores en huelga de la Standard. Sin embargo, los clubes apretaron para que las plantillas se echasen atrás y poco a poco se fue consiguiendo. Cuando el viernes por la noche, los jugadores de la Real Sociedad, segundo clasificado en Liga, cedieron en sus pretensiones, se produjo una cascada de retiradas. Finalmente, solo cuatro equipos se mantuvieron firmes: el Castellón —ya descendido—, el Valencia, el Zaragoza y el Real Madrid.

Los blancos acudieron a su visita a Castellón sin profesionales, rellenando la convocatoria con jugadores del Castilla, lo que permitió el debut de Míchel con el primer equipo. José Miguel González, agradecido por la oportunidad, terminaría marcando los dos goles de la victoria merengue. El gesto madridista fue premiado no solo con el debut de una estrella que habría de dar muchas alegrías a la parroquia de Chamartín, sino que obtuvo una segunda recompensa. A la vez que Míchel en Castalia, ese día debutó en el Castilla Butragueño, ascendido desde la Tercera División por el mismo motivo. De esta forma la solidaridad de la plantilla del Madrid permitió la eclosión prematura de los primeros brotes de La Quinta del Buitre, generación destinada a dominar con mano de hierro la competición doméstica durante más de un lustro. Acaso el dios del fútbol tenga corazón, después de todo. De modo que, si solicita un parón durante dos semanas —o las que sea menester—, conviene otorgárselo. Si no se confía en las autoridades sanitarias, al menos sí en el ejemplo que ofrece esta otra. Quédense en casa. 

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