Estoy revisitando la maravillosa serie House, que no envejece y conserva la pátina de inteligencia y buen hacer que la distinguió a principios de siglo. En ella, con la excusa de un complicado caso médico principal y una historia secundaria que suele dar las claves para la resolución del enigma troncal del episodio, se escudriña la mente del protagonista, sus procesos cognitivos, verdadero motor de este serial televisivo. Una mente que nos podría ayudar a entender el galimatías en que se ha convertido el FC Barcelona en su conjunto, afectando a todos sus estamentos desde el que más equivocaciones comete, la directiva.

Así, como ingenuos émulos de los agudos guionistas de House y, por representación interpuesta, de la brillantez de su protagonista, tomaremos dos pistas aparentemente aleatorias, y que hace poco nada tenían que ver con el Barça, para tratar de llegar a alguna conclusión que nos consuele, porque todo indica que el paciente morirá al final de la temporada.

Las dos pistas son dos personas: Éder Sarabia y Martin Braithwaite. Cada una, con su presencia en el Barça y con su actuación, nos permitirán observar al conjunto del organismo blaugrana.

Comenzamos con el danés, reciente fichaje culé. Desde el punto de vista de la evaluación de la actuación directiva, es la última de una serie de calamitosas decisiones que llevaron a la plantilla a prescindir de algún jugador de ataque que funcionaba aceptablemente (Carles Pérez, criado en La Masía y perfecto conocedor del sistema de juego blaugrana) a la vez que se lesionaban Luis Suárez y Dembelé. Las lesiones suelen ser un asunto aleatorio, aunque en el caso del francés, dado su historial, no era difícil pensar que podría reincidir.

Así, el equipo se ha descapitalizado en calidad estos últimos años, algo triste de observar, ha envejecido, algo inevitable y también doloroso. Y en esta temporada, para rizar el rizo de la dificultad y el ridículo, ha descendido también en cantidad. El Barça dispone solo de dieciséis fichas profesionales para afrontar lo que queda de temporada, así que para compensarlo, han fichado al delantero del Leganés, dejando casi sentenciado al equipo madrileño, que lucha por salvar la categoría habiendo perdido a sus dos referencias atacantes. Muy feo, pero se le permitió por la larga duración de la baja de Dembelé, que tiene un artículo, o una serie de ellos, para él solito.

Continúo: ¿es mejor Braithwaite que Pérez? Antes de saber la respuesta, debemos llegar a la conclusión de que es mejor no hacerse la pregunta. El Barça va diciendo por todo el mundo que es el club que más confía en subir canteranos al primer equipo cuando hacen falta, pero esta es la enésima demostración de que en estos últimos años no es así. Esa fórmula la agotaron hace tiempo, no creen en ella ni directivos ni técnicos, pese a que está brillantemente probado que funciona. Pero como el club se ha convertido en un imitador de la chequera madridista o del petrodólar del golfo, en una estación intermedia de compraventa de jugadores, un Milanuncios con brillante escaparate, no se contempla en serio la alternativa de la que se presume. Ansu Fati es la excusa (suerte) que tienen; es tan bueno que no lograrán sacarlo de ahí, aunque quizá acaben aburriéndolo, iremos viendo.

Bien, resulta que Braithwaite funciona correctamente, agita el ataque, la pide al espacio, tira decenas de desmarques y trabaja en defensa. Le falta el gol, veremos si lo tiene. Solo con estos atributos está dejando en evidencia a otros dos estamentos culpables de la crisis blaugrana: los técnicos y los jugadores.

Los jugadores quedan retratados porque se aprecia la diferencia de actitud, de disposición e incluso de ilusión. Vale que al bueno de Martin le ha tocado el gordo, nunca imaginó acabar en el Barça y va a exprimirse hasta sus últimas fuerzas para agarrarse a esta oportunidad y seguir viviendo el sueño. Pero, ¿no es eso lo que debe hacer cualquier jugador que esté en el Barça? Cada carrera al espacio del danés pone un clavo en el ataúd de la autocomplacencia de un plantilla harta de ganarlo todo, de verse las caras, de jugar juntos y hasta de tener que competir por ganar cada partido, qué fastidio, si hasta hace nada éramos los más guapos y ganábamos por la cara o por el nombre. ¿No saben o no se acuerdan de que se ganaba porque había una idea y mucho trabajo detrás? Cada desmarque de Braithwaite, cada demostración de ganas de jugar menciona sin nombrarlo a Griezmann, a Arthur, a Rakitic, a Piqué, incluso en ocasiones a Messi (Dios, perdóname por pedirte más de lo que nos has dado), a jugadores, en fin, que no van a dar una carrera de más de aquí al día de su retirada. Aquí solo corre Vidal, y mal, como pollo sin cabeza, tratando de corregir con encomiable esfuerzo, no lo vamos a negar, las deficiencias tácticas del equipo o sus limitaciones técnicas.

En fin, que esto es un sindiós que los técnicos, y aquí traemos por fin a Sarabia, segundo de Setién, no saben arreglar. No supo Luis Enrique, pero contaba con el tridente, una buena edad media de la platilla ganadora, una gran dosis de mala leche y competitividad que supo transmitir a los jugadores e incluso un conflicto que alimentó el ardor competitivo. No supo Valverde, que siempre se comportó como un técnico mediano, sin alas ni rebeldía, aunque bastante hizo con el desaguisado que le dejó la marcha de Neymar y los errores de la directiva, que cambiaba de director técnico y de modelo de plantilla cada año. El extremeño era mejor persona que entrenador, en todo caso, lo que garantiza más agradecimiento personal que plata en la vitrina. El equipo fue a menos cada año, inexorablemente.

¿Y Setién y Sarabia? Ellos son la víctima intermedia aprisionada entre los errores de la directiva y los de los jugadores. El pavo de un sándwich de pan ajado. Ellos representan el cruyffismo en el que la directiva no cree, pero con el cual se tapan y tras el que buscan coartada. Ni imponiendo perfectamente el método podrán tener éxito, no les han dado los mimbres ni tendrán tiempo.

Que se haya catalogado como noticia importante los gritos de Sarabia en el Clásico y se haya hablado tanto de ellos se debe a la hipocresía e infantilismo que presiden el debate público: nos escandalizan cosas nimias, ¿quién no ha gritado o maldecido de exasperación y enfado? Bien, bien, hay que dar ejemplo a los niños y las excusas están bien traídas para cerrar el debate y pasar página, pero a mí me encanta ver por fin a un entrenador del Barça revolviéndose de rabia ante lo que se está haciendo tan mal. Si estamos en un momento social en el cual la exigencia pasa a segundo plano tras la apariencia, este es el ejemplo perfecto. Hablamos de un equipo profesional de una actividad altamente competitiva. Se ha hablado de que a los jugadores les ha parecido mal tanta vehemencia. Si es así, habría que echarlos a todos menos uno y jugar con el filial, perdonen la demagogia. Pero es que parece que son ellos los que perdonan a sus entrenadores, en lugar de ser exigidos por ellos. Bienvenida la mala leche de Pablo Laso y Sarabia, pese a que las formas sean importantes y yo prefiera la paz zen de Zidane, que a todo lo que pasa le coloca la misma frase: “No va a a cambiar nada”. Pero es que Zidane solo hay uno. Y ni siquiera me parece mejor técnico que persona, como dije de Valverde. Ni Zizou arreglaría al equipo culé.

Todo esto es lo que pasa en el Barça, que no cambia nada y enferma, como en House, encaminándose al fracaso multiorgánico, a la decrepitud, cada año un poco peor. Echaremos de menos las ligas tan fácilmente ganadas cuando el Madrid dimitía en diciembre para ganar la Champions. Como bien dijo Piqué, la debilidad del club, de la directiva, ha sido trasladada hacia abajo, contaminando cada estamento inferior, como un río de lodo va bajando por la rambla, arrasando con todo, como avanza una infección. La enfermedad: todo lo descrito. El virus causante: la directiva. Los síntomas: la planificación, la ausencia de método, el despilfarro, la ausencia de ética (caso espionaje), los complejos, las excusas y la incapacidad de sentirse responsables y marcharse dignamente. Los coadyuvantes: jugadores y técnicos. El pronóstico:  extremadamente grave. El equipo lleva años tirando del club, aprovechando lo que queda de la mejor generación de su historia, pero ya no puede más, es un paciente al que han dejado sin antibiótico. Lo dramático de esta situación es que ni D10s parece ser capaz de revertirla con un milagro que salve al enfermo. Y que cuenta con 32 años, cumple 33 en junio, edad ya considerable, no será eterno. Sin plantilla, sin método, sin guía y en unos años, sin Messi. Eso es lo que asusta de verdad.

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