Dicen que una de las razones por las que Fernando Torres decidió irse de su Atlético de Madrid al Liverpool tiene origen en la visita del Barcelona al Vicente Calderón en un final de Liga que se disputaban mano a mano el Real Madrid y los azulgrana. Una parte público jaleó a su rival con la esperanza de que la victoria del visitante sirviese por impedir el título de los madridistas. Las consecuencias del 0-6 fueron fatales: provocaron la humillación del equipo en su propio estadio y la partida de Torres. El Real Madrid, por cierto, se proclamó campeón de Liga. Tanto invertido para nada.

Es una situación dura para un aficionado ir al estadio o sentarse ante la tele deseando que su equipo pierda en búsqueda de una mayor ganancia final, un acto romántico de sacrificio del bien propio por ese mayor bien común. Solo que no es así. Se trata de perder para perjudicar a un tercero, no para beneficiarle. Se desea que esa derrota afecte negativamente al enemigo, no que beneficie a un equipo que nos da un poco igual. Lo hemos oído muchas veces: Ojalá perdamos y así ellos bajen, ojalá nos metan tres y así ellos no ganen la Liga.

Voy a rectificar, una situación así no es dura, es triste. Personalmente, cuando el Real Madrid ha caído en la lucha por el titulo de Liga no me planteo si quiero perder para perjudicar al Barça (que suele ser el beneficiado). Si derrotar, por ejemplo, al Atlético o al Valencia pone la Liga en bandeja al Barça, sea. Mi exigencia personal es disputar el título y, si el equipo no es parte de la discusión, tampoco debe ser juez. Se debe intentar ganar a quien está delante, sea cual sea la consecuencia. Y si duele que el Barcelona se lleve el título, recordemos el dolor para la siguiente temporada.

Así debió sentirse la afición del Liverpool en la ultima jornada de la temporada 1994-95. Aunque su equipo —como el Newcastle o el Nottingham Forest—, llegó a liderar la tabla en verano y al principio del otoño, la competición había quedado reducida a un mano a mano entre Blackburn Rovers y Manchester United, siempre con más de diez puntos sobre el tercer clasificado. El Blackburn visitaba Anfield con dos puntos de ventaja sobre el Manchester United y una peor diferencia de goles. A los mandos del equipo estaba nada menos que la leyenda red Kenny Dalglish. El United visitaba al West Ham en Londres, uno de los estadios —de los muchos— donde más se odia al United. En Upton Park, para los aficionados del West Ham se presentaba la doble satisfacción de ganar el partido y perjudicar a un equipo nada querido. Los aficionados y los jugadores del United necesitaban un favor de su máximo rival, quizá avergonzados o quizá no.

Seguramente Ferguson hizo declaraciones apelando al profesionalismo del Liverpool, a la grandeza del club y a la obligación de ganar por sus historia —cosas con las que estoy de acuerdo y aplico a mi club—, en el intento de estimular a un equipo que no se jugaba nada.

El caso es que, antes de llegar al último domingo, la temporada había dejado detalles destacables, alguno tan insondable como aquella acción de Eric Cantona en Selhurst Park…

Cantona fue expulsado por una entrada sobre un jugador del Crystal Palace. En su camino a los vestuarios fue insultado por un espectador y Cantona le lanzó una patada de kung-fu. Le costó ocho meses de sanción y 14 días de cárcel, conmutados por 120 horas de servicio social. Esa misma temporada, Paul Merson, del Arsenal, admitió ser alcohólico, adicto al juego y consumidor de drogas, por lo que pasó tres meses en rehabilitación. No muy lejos, Dennis Wise, del Chelsea, fue sentenciado a tres meses de prisión por asalto a un taxista en Londres, aunque la sanción fue revocada tras la apelación. Eran los años 90. En esa misma temporada George Graham fue despedido del Arsenal por su relación con un agente de jugadores, como comentábamos en el primer episodio de la serie.

A cinco jornadas del final de la liga, en la ultima temporada de 42 partidos, el Blackburn Rovers dominaba 85-77 la clasificación, con muy poca distancia entre los equipos de cabeza en la diferencia de goles. El Blackburn Rovers se garantizaría el título, el primero desde 1914, con dos victorias.

Un par de semanas antes, el Manchester United se había impuesto por 2-0 en Old Trafford en su duelo directo. Ferguson, experto en finales de temporada y en poner nervioso a su rival, había iniciado la caza. Mientras su equipo derrotó luego al Leicester (0-4), el Blackburn Rovers empató en Leeds, un buen resultado considerando que acabarían quintos en la tabla, pero que daba ventaja al United en la diferencia de goles. Los nervios parecieron apoderarse del inexperto Blackburn cuando perdieron una ventaja de 2-1 para acabar derrotados en casa 2-3 por un Manchester City que salvaba así la categoría. El United no pudo pasar del empate en casa con el Chelsea (0-0) pero la distancia bajaba a cinco puntos.

Una derrota en su visita al West Ham (2-0) y una apurada victoria en casa contra el Newcastle (1-0, gol de Shearer) dejaron al Blackburn Rovers con solo dos puntos de ventaja sobre un United insaciable. Así llegamos a Anfield y así se planteaba la duda del aficionado del Liverpool: apoyar a su equipo o evitar que el United ganara una Liga más.

Fue día de transistores, pues aún no había teléfonos móviles con aplicaciones con alertas con los goles. En los estadios corrían los rumores y no había que dar por bueno el comentario de otro aficionado en la grada: “¡Ha marcado Shearer!”, habría dicho un aficionado del United a quien le rodease en Upton Park.

El primer gol de la tarde llegó en el minuto 20, 0-1. En el 31, el West Ham se adelantaba al United. Felicidad absoluta en Blackburn. La situación dio la vuelta en el minuto 52, con un gol de Brian McClair, delantero escocés del United, un experto en salir del banquillo para estas tareas. Y doce minutos después, John Barnes igualó para el Liverpool. Un gol del United les daría la Liga, porque el Blackburn era ya inferior al Liverpool en el terreno de juego...

El asedio del United fue finalmente estéril. Jaime Redknapp marcó un golazo que dio la victoria al Liverpool por 2-1 justo cuando llegaba la noticia del final del partido en Upton Park. Daba igual; el Blackburn ya era campeón. Pocas veces se verá celebrar un gol a los dos equipos a la vez. Los aficionados del Liverpool tuvieron el final perfecto: triunfo, honor salvado, obligación moral satisfecha y derrota del rival.

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