La semana pasada me recordaron algo que ya había olvidado. Fue en una de esas tormentas de mensajes propias de cualquier grupo de WhatsApp a altas horas de la noche. Se empieza hablando de la última medida tomada por el Gobierno y se termina despotricando sobre la última serie de Netflix o sobre los métodos más innovadores para extraer las muelas del juicio.

Sin venir a cuento, en medio de una de las muchas discusiones sin trascendencia que albergan estos chats, mi amigo A decidió echar la vista atrás y retroceder unos meses en el tiempo. Concretamente al pasado mes de junio, en el que todos, continuando con la tradición instaurada en el primer año de carrera, disfrutábamos de unos días de vacaciones en la playa. Sol, arena, amigos y un balón de fútbol. Qué más se le puede pedir al verano.


No me pregunten por qué, pero en pleno mes de marzo, confinados en nuestros hogares, con un tiempo de perros y los telediarios informando sobre una pandemia de escala mundial, A no quiso recordar aquellas vacaciones por lo idílico del paisaje. Tampoco por la desconexión de nuestras respectivas rutinas. Ni siquiera por la gastronomía, la compañía o las increíbles puestas de sol. A decidió que, por encima de todo aquello, lo que de verdad merecía la pena recordar de aquel viaje era la cara que puso quien escribe estas líneas al partirse una uña del pie jugando al fútbol en la playa.


El mensaje decía tal que así: «Me acabo de acordar de tu cara cuando te hiciste mierda el dedo del pie en Conil». Ten amigos para esto.

Pese al dolor que, por supuesto, me ocasionó aquel incidente (prueba de ello es la fuerza con la que encogí los dedos del pie al leer el mensaje), he de reconocer que cuando A recordó la expresión de mi cara tras el golpe, imitación en vídeo incluida, mi reacción no fue otra que reírme a carcajadas. Por lo absurdo de la situación, por las risas que ya supuso entonces y por recordar en una noche cualquiera de cuarentena tantos otros momentos vividos en el último verano.


Es curioso lo selectiva y tramposa que es, no solo la memoria, sino también la nostalgia. Hay cosas que no parecen importantes, duran muy poco tiempo, y son añoradas durante el resto del año; incluso durante el resto de una vida. Otras, en cambio, están siempre ahí, disponibles, y su mayor virtud es pasar totalmente desapercibidas, sin acaparar demasiada atención. Pasa con los hospitales, con las musiquitas de espera y con las uñas de los pies.

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