Te lo digo ahora que vuelve el fútbol, a ver si despiertas. Estás arruinando tu vida. O lo que es peor, malgastándola. Y no seré yo, otro pecador sin remedio, quien te haga perder más tiempo. Iré al grano. Sólo te digo que si tienes entre cuarenta y cincuenta años, te has pasado un año entero de tu vida viendo fútbol. Aproximadamente. Puede ser algo más o poco menos. Y tendrás que añadir unos meses si te gustan el baloncesto o el ciclismo, o un año más si eres de gustos polideportivos, incluyo el curling y los dardos. Dos años, piénsalo un momento. Dos años en los que pudiste viajar por el mundo o estudiar francés. Dos años que pueden ser tres si cuentas el tiempo que has tenido tu mente ocupada en fichajes o alineaciones, en debates inútiles o en pachangas campestres.

Esos seres que tomas por anormales porque no les gusta el fútbol, te sacan, nos sacan, dos años de ventaja. Como poco.

Oí hablar en mi tierna juventud de oscuros tipos que salían por las noches a la hora de los grandes partidos para rondar a las muchachas sin competencia tumultuosa. Ahora sé que no eran ventajistas, sino aventajados. Fuera porque no les gustaba el fútbol o porque les gustaban más las mujeres, viajaban con dos años de adelanto.

Sí, dos años. El desperdicio es descomunal. Más todavía si pensamos que 25 años nos los pasamos durmiendo y nueve trabajando (o yendo a trabajar). Vayamos restando. El vértigo es insoportable si tenemos en cuenta el tiempo que dedicamos a hacer el amor a lo largo de una vida: 110 días, no está claro si completos o no, las estadísticas no entran en detalles escabrosos. Y que nadie dude que el número se ve afectado por las noches de Champions, Eurocopas, Mundiales y amistosos veraniegos.

Y de qué nos sirve. De qué vale recitar la alineación del Real Madrid de los 80 o los ganadores del Tour desde Hinault. De nada en comparación con lo que aporta (supongo) distinguir a los pintores expresionistas de los impresionistas, o a los escritores naturalistas de los otros, a un barítono de un tenor.

Me dirán algunos que al menos fuimos felices, pero no creo que lo hubiéramos sido menos en la ópera, o recuperando días de amor perdido o explorando atardeceres en Bali. Dos años hubieran dado para mucho.

De un tiempo a esta parte, cada vez que alguien me dice que no le gusta el fútbol, ni el deporte en general, siento una profunda envidia. Aunque nos cueste creerlo, hay seres formidables que son completamente ajenos a los partidos extraordinarios y que hasta tienen la televisión apagada durante un Clásico, o lo aprovechan para irse al cine. Todos esos nos llevan dos años de ventaja. Mientras unos recitamos jugadores, ellos recitan los versos que usaron en las noches que nosotros cantábamos gol.

Y ahora viene la pregunta del millón. ¿Estarías dispuesto a sacrificar el deporte que has vivido y el que te queda por vivir a cambio de dos años por estrenar? ¿Resetearías tu mente por dos años nuevos?

Pues te diré que me asombra tu respuesta.

Cualquiera que sea.

1 Comentario

  1. Interesante dilema.
    Añado otro – Y si esa afición al fútbol o el deporte nos diese también vida porque nos permite compartir experiencias y tener relaciones sociales? No cuesta vida la opera o el cine? Merece la pena ver las múltiples iteraciones de Spiderman o Batman?

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