En estos días de confinamiento en los que sólo podemos salir a comprar lo indispensable, a tirar la basura y a pasear la mascota, el que tenga perro, estamos huérfanos de deporte.

Los runners parecen drogadictos con el síndrome de abstinencia y se marcan retos de entrenamiento para hacer en casa mientras miden los pasillos por los que corren como almas en pena.

Los amantes del sillón ball no lo tienen tan mal. Es cierto que no hay deporte en directo pero las televisiones han empezado a reponer partidos antiguos que sirven para matar el gusanillo. Leí el otro día que el deporte en diferido es el nuevo cine. Los aficionados vuelven a ver partidos igual que los cinéfilos vuelven a ver películas ya vistas.

En estos días hemos visto a España ganar el Mundial en Johnanesburgo, a Señor meter el decimosegundo a Malta y nos hemos emocionado con el Iniesta de mi vida y con el gallo de José Ángel de la Casa. Hemos visto pedalear a Indurain en el Tour y a Olano ganar el Mundial de ciclismo con la rueda pinchada bajo la lluvia mientras Miguelón controlaba al grupo de perseguidores. Hemos ganado la Copa Davis, la Copa de Europa de baloncesto con el Joventut, la Copa del Rey con el Depor en el Centeneriazo… Hasta Cruyff ha resucitado para volver a saltar la valla en Wembley y celebrar el gol de Koeman.

Sin embargo, el deporte enlatado no puede sustituir a la emoción del directo igual que trotar por el pasillo de tu casa no se puede comparar con la sensación de correr al aire libre. A lo mejor estas semanas de encierro sirven para valorar más lo que tenemos y disfrutar de la felicidad con los que sobrevivan a esta guerra.

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