Vinicius está loco. Tan loco como puede y debe estarlo un chaval de 19 años. Me refiero, y lo matizo, a la locura que nace de la absoluta inconsciencia, no hablo aquí de la locura como enfermedad mental, sino más bien a la virginidad mental, a la ausencia de miedo que tienen algunos jóvenes, o los jóvenes por definición. A Vinicius no le pesa la responsabilidad por la sencilla razón de que no se asoma a ese precipicio, ni se frustra por elegir mal porque su vaso siempre está medio lleno, ni pierde confianza porque siente que la gente la quiere. Y es verdad que le quiere. A falta de héroes, el madridismo ha señalado a Vinicius como hijo predilecto con sus virtudes y también con sus muchos defectos. Hay algo del espíritu del club blanco en ese chico negro, en su afán por atacar y por volver siempre, en la sonrisa con mil dientes.

El gol de Vinicius, el que valió el triunfo, fue una perfecta explicación de lo que provoca. Piqué le despreció de inicio. Vio que penetraba en el área por enésima vez y creyó que volvería a equivocarse. Cuando por fin salió al corte no hizo más que activar el chut del Vinicius, que rebotó en su pierna y terminó en la red. Quién sabe dónde habría acabado ese tiro, aunque ya no es algo que importe a estas horas.

Que el segundo gol del Real Madrid lo marcara Mariano, ya en el tiempo añadido, nos sirve para completar el elogio de la locura. En su caso, la locura ya no es virginal (26 años), sino obsesiva, fruto de una autoestima disparada y en algún punto disparatada, pues le han abierto la puerta cien veces y siempre ha dicho no, que llegaría su momento. Nadie confiaba en él, excepto él mismo y ahora la tozudez le da la razón. Decimos que Vinicius lo tiene todo menos gol y de Mariano se podría afirmar justo lo contrario. Decimos muchas cosas, millones, pero hace unas horas nadie se hubiera atrevido a decir que Mariano puede ser la pieza clave para salvar la eliminatoria contra el City.

Más que desbordado por el juego del Madrid, el Barcelona se vio sorprendido por la reacción de un rival que parecía malherido después de la primera mitad. Fue el típico arrebato de los grandes equipos, algo congénito en el caso del Madrid, desvinculado del juego y relacionado en mayor medida con los metros que se ganan gracias al coraje y al amor propio.

Hasta el gol de Vinicius, Isco había sido el jugador más importante de un once sorprendente. Zidane había apostado por Marcelo como titular, una decisión de máximo riesgo para el equipo, para el jugador y para el propio entrenador. Los tres salvaron el cuello y no es por la flor que todo lo explica, sino porque Zidane tiene algo que nos negamos a reconocer, empeñados como estamos en que resuelva ecuaciones cuando su misión es conseguir que nadie se pierda por el camino.

Sería un pecado no hablar de Messi en un Clásico, aunque no hay demasiado que aportar. Durante muchos minutos pareció que tramaba algo, o que seguía un plan que se ejecutaría en el instante adecuado. No hubo nada de eso, solo un disparo que repelió Courtois, tan brillante como Ter Stegen y tan decisivo como él.

Oirán que ganó el Madrid por dos goles a cero, pero lo hizo en realidad por dos locos a cero, porque el fútbol pertenece a quien es capaz de transgredir las reglas. Un regate no es otra cosa que saltar un muro para colarse en una propiedad privada con la perversa intención de romper un cristal y gritar gol.

1 Comentario

  1. Brillante crónica (una vez más, Juanma). Certera y excelentemente escrita. Muchas felicidades y que siga todo bien. Un saludo.

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