La hegemonía en el baloncesto futuro será, salvo giro inesperado, de los jugadores 5 en 1. Seres capaces de rendir en todas las posiciones, de armar el juego con asistencias e internadas, de destruirlo al poder defender a todos y cada uno de sus rivales, sin importar su estatura o peso, de rebotear, tirar de dos y de tres, postear, correr de campo a campo en pocos pasos, volar por encima de jugadores mucho más altos que ellos, luchar, liderar, ganar. Un modelo del cual Giannis Antetokounmpo, actual MVP y favorito a revalidar el título esta año, es un prototipo, un profeta en nuestros días. Porque, aunque parecía imposible, el superbaloncestista ya está aquí, entre nosotros. «¡Está vivo!«, como diría el doc Frankenstein.

Pero lo que ocurre muchas veces con el futuro es que mete la quinta marcha cuando la humilde (y burlona) naturaleza humana todavía está introduciendo la llave en el contacto del DeLorean; nosotros, seres de carbono y agua, requerimos de un proceso más bien lento para lograr asimilar algo inmediato como una revolución. Y es por esto por lo que, a pesar de que la nueva era de cyborgs y big data ya está asomando la patita, aún no estamos preparados para dejar de amar a los baloncestistas de siempre: altos y bajos, negros y blancos, fofisanos, tirillas, calvos. Entre esta diversa fauna, la especímenes que enamoran a nuestra esencia humana de manera más intensa son los lanzadores. Porque ellos son, igual que los replicantes de Blade Runner (por esto, erróneamente, a los lanzadores se les confunde con robots), más humanos que los humanos. ¿La razón? Que fallan. Y no poco. 

Un lanzador de élite falla más de lo que encesta (prácticamente seis tiros de cada diez se van al agua). Y lo más apasionante de todo es que el lanzador lo sabe: que probablemente va a fallar, y aún así sigue intentando encestar, porque quizá no en esta ocasión lo logrará, pero en la siguiente seguro que sí, ya sea desde una esquina, en transición, tras un bloqueo indirecto o desde el mismísimo parking. Lo hacen como lo haría un robot: siempre con el mismo semblante e intentando anular toda marca de expresión. Pero no hay que dejarse engañar, porque lo de la sangre fría del lanzador es un mito: en el momento exacto en que llega el balón a sus manos y se dispone a ejecutar esa mecánica millones de veces ensayada, sus entrañas (humanas, muy humanas) están teniendo una lucha titánica con la posibilidad, inmensa y cruel, de fallar.

Hace poco regresó al juego, tras más de cuatro meses lesionado, el base Stephen Curry, al que no tengo ningún pudor en denominar como el mejor lanzador de todos los tiempos. Un visionario y un revolucionario del baloncesto que ha conseguido que, por su culpa o gracias a él, se esté planteando la opción de instaurar las canastas de cuatro puntos; tampoco nos olvidemos del factor que más enamora de él, que es el paradigma de la figura del lanzador: Stephen Curry es una persona que ha visto frustrada la mayoría de sus intentos de éxito en los tiros de tres (un 43,8 por ciento de acierto en su carrera). Y aun así, es el mejor. 

A Curry, una fractura en su mano izquierda (la que en sus lanzamientos acaricia el balón, pero a su vez lo estabiliza, frente a la fuerza propulsora, letal, de la mano derecha) le ha hecho perderse 58 noches de esta temporada que está suponiendo un suplicio para su franquicia, los Golden State Warriors. Desde la banca, vestido de paisano, Stephen Curry ha podido ver cómo sin él, su equipo, cava que te cava, ha encontrado el pozo de la NBA. Los hasta hace poco dominadores del juego hoy son el peor equipo. Sin medias tintas. Así puede llegar a ser esta apasionante competición. Y a pesar de la vuelta de Stephen, a Golden State no le queda tiempo para salir del abismo. Al menos esta temporada, porque el futuro… el futuro puede ser otra cosa. En la vida lo primero que se agota es el tiempo pero lo último, hasta cuando todo está desolado y el final ya es inmediato, es la esperanza. Y en este contexto el lanzador, el dos veces MVP y comandante de los tres anillos conseguidos por los Warriors en los últimos años, renace: de la pequeña chispa que ha surgido en la total oscuridad de la temporada 2019/2020. 

El próximo año, con una selección alta del draft como compensación por este año demasiado perdedor para los Warriors, con un Curry ya completamente en forma (previa participación en los Juegos Olímpicos) y con el, igualmente, ansiado retorno de su compinche (otro que merece ser llamado lanzador en mayúsculas) Klay Thompson, la bahía de San Francisco será de nuevo, con total seguridad, lo que ha sido siempre: rica en cangrejos, en aves de paso y en agua fresca de las montañas nevadas. Y, por supuesto, podrá volver a destacar el viejo estado de California por el oro de sus campos. 

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