En un correo leo que hay infinidad de pendejos. El que se cree indispensable, el que cree que no es pendejo, el que es más pendejo que otros o aquel que no sabe que es pendejo. Sin duda, todos nos hemos topado con alguno, día sí y día también. Pero, lo más preocupante, claro está, es el tipo de pendejo al que nos referiremos enseguida: el pendejo con suerte. Aquel que compra un billete de lotería, como no queriendo, y se hace rico de la noche a la mañana. Ese otro que sale a pasear con el perro y descubre, allá en la acera, un billete de 500 pesos. O el que no se sabe cómo ni por qué motivo tiene una carrera que todos envidian y que siempre, no importando que tan revuelta esté la mar, termina por tener acomodo.

Después del fútbol vino la palabra, esa a la que todo el mundo se declaró adicto sin darse cuenta de que lo que se recitaba era un pálido Borges futbolero, si es que eso era posible. Fijémonos qué perlas suelta nuestro pendejo particular: “El silencio es la antesala de la palabra. Sin decir nada, se pueden decir tantas cosas, que, a veces, es mejor callar, y dejar que sea el propio interlocutor el que imagine e interprete lo que se intenta comunicar a través de la magia del silencio”. O esta sobre el fin de la guerra fría, al más puro estilo de Robert Fisk: “Muertas las ideologías, el mundo quedó en manos de gente práctica que anula cerebros bajo montañas de nada”.

Pero decíamos al principio que el pendejo más preocupante era aquel que tenía suerte. Retomando ese hilo diríamos que, justamente, lo que más preocupa es que debido a su suerte no notemos que es pendejo. Pero llega un momento en el que te delata, en el que la moneda deja de caer siempre sobre tu lado. Fue una tarde, sobre las ocho de la noche. Llamó al despacho al entonces director técnico del equipo, un futuro Marqués, aunque en realidad prefirió el pasillo, puesto que no quería intimidad sino intimidar. Al llegar Del Bosque, se encontró con que no le dejarían pasar, ni siquiera sentarse.

Fue entonces cuando la moneda cayó chueca: «No vas a seguir», le dijo nuestro querido pendejo de turno. «Algo así me podía imaginar», respondió El Marqués. Luego vinieron frases del tipo «si quieres, te podemos buscar un hueco, nada específico, le podemos dar vueltas». La conversación apenas duró un par de minutos, pero los suficientes para dejar otra perla: “Pasa que tu libreta está caduca y en fútbol el que no cambia se muere”. El cambio llegó, efectivamente, pero lejos de lo que esperaba el ya revelado pendejo: siete años después El Marqués y su libreta ganarían el Mundial de fútbol con la Selección española llena de jugadores del Barça. ¿Nuestro pendejo? No hace falta nombrarlo, sigue donde estaba, inmóvil, diríamos que muriéndose de su colosal éxito, fulminado por los pedos del Ser Superior. El que no cambia se muere, dijo. ¿Se está muriendo, entonces, señor Jorge Valdano?

1 Comentario

  1. ¿Y estos insultos a cuento de qué vienen? ¿Un golpe bajo aprovechando la coyuntura? ¿Sería un tipo adicional de pendejo, el oportunista?

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