Como buen español, soy entrenador de fútbol 24 horas al día, 365 días al año. Y de baloncesto. Y de cuantos deportes quiera que siga o de los que crea saber algo. Va en mi naturaleza nacional. Y aunque ejerzo de boquilla cada vez menos, hubo un tiempo en que lo hice de verdad, con entrenamientos, silbato y todo. Fue con un grupo de adolescentes al borde de su explosión pubertaria. Era un grupo heterogéneo de un colegio de pago, de los que a cualquiera escocería el bolsillo a base de bien. De nacionalidades diversas y con el inglés como única moneda lingüística común; venían a echar el rato conmigo sin más ambición que la de disfrutar un poco del baloncesto, sin tener muy claro lo que era eso de ser un equipo. No era una cuestión vital para ellos, vamos. Cualquiera podría haberse dado cuenta escuchando sus conversaciones de calentamiento desinteresado, en los que drafteaban a las chicas de su clase. O las de las clases de otros, tampoco me acuerdo.

El caso es que aquello echó a rodar y no sé si por mi falta de pericia o por su indiferencia, los entrenamientos y los partidos resultaron ser más fruto de la inercia que de un plan establecido, que recuerdo no haber tenido elaborado por aquel entonces. Las victorias y las derrotas se alternaron sin convertirse en algo de lo que estar orgulloso o de lo que tener que lamentarse.

En mi frustración por no tener el control de aquel barco lleno de marineros interesados en conquistar islas de otro tipo, me topé sin buscarlo en la cancha anexa con un enemigo ideal, siempre existe uno. Eran un puñado de adolescentes caribeños felizmente asentados en España, más adolescentes y empubertados si cabe que los míos, pero con un capitán que les ayudaba a canalizar sus energías en forma de contraataques indefendibles, que hacían subir los puntos en su marcador tan rápido como agotaban las fuerzas del enemigo. El calendario nos advertía de un enfrentamiento no muy lejano, y el posible destrozo que se atisbaba en el horizonte obligaba a un repliegue de filas y a un cambio de actitud para evitar un ridículo mortal para la supervivencia de nuestro equipo.

Tras un scouting previo de sus fortalezas y debilidades, que las tenían, esos rivales siempre las tienen, esbocé con convicción un plan de contingencia tan evidente en su teoría como aparentemente inverosímil en la práctica. Los números de la clasificación delataban que nadie les había dominado antes. Creo que fue la dificultad de aquella empresa lo que les hizo por fin comprar mi discurso de competir unidos, de luchar juntos como única alternativa para evitar ser asfaltados como lo fueron otros antes. Y hasta lo antepusieron durante dos largas semanas a sus intereses habituales de dispersión emocional. Aquellas dos semanas el drafteador de chicas se concentró en cerrar el rebote sacrificando con sudor su peinado indestructible. El corredor despistado por fin midió sus pasos y los limitó a los estrictamente necesarios. Y el desubicado dejó de tropezarse con compañeros y rivales propagando su confusión al resto. Por fin nosotros y no los yo habituales, trabajamos coordinados por una meta común. Por fin encontré la forma de hacerles entender que todos tenían un papel definido para ese momento. Aquel reto atrajo toda nuestra excitación, que canalizada con sentido común, nos permitiría afrontar dignamente aquella cita ineludible con nuestra historia.   

Ya en el partido, más conscientes aún de la envergadura del rival, al que por fin respetábamos, comenzamos a encajar un golpe tras otro. Algunos de ellos, de esos para los que nunca estás preparado, y que te arrebatan las ilusiones en forma de anatomía desbaratada. Fue entonces, cuando el dolor y la rabia por nuestro compañero lesionado giró nuestra mirada perdida hacia la grada, cuando encontramos la pausa y las fuerzas que necesitábamos, gracias a la ayuda cómplice de nuestros padres. Éstos, con aplausos y puños cerrados en los que no habíamos reparado hasta entonces, se habían implicado abnegadamente en nuestra conquista más importante hasta la fecha. Su dedicación siempre nos había estado indicando el camino. 

Y fue así, recordando esas dos semanas navegando juntos, y cobijados en una zona de distancias y disciplina perfectas, como anulamos el principal arma de nuestro rival, al que mermamos aún más en posesiones largas para detener la hemorragia. Todo tras haber dejado muerto el tiempo por un instante. Pronto ese éxito parcial nos contagió a todos revitalizando nuestro ideario de lucha común, haciendo más fácil el esfuerzo y alimentando nuestras ganas de victoria. El vigía desde lo alto ya divisaba nuestra isla de El Dorado.

Entonces, en ese preciso momento, ese en el que creímos posible lo imposible, fue cuando descubrimos que el resultado de aquel partido no lo íbamos a valorar en números. Nuestro esfuerzo colectivo, nuestra disciplina durante aquellas dos semanas, nuestro deseo común, y por supuesto el respeto por las lágrimas de nuestro compañero en aquel banquillo, cobraron para siempre más importancia que las efímeras ilusiones individuales que habíamos llevado a la cancha de entrenamiento durante meses. Con el partido ya resuelto y convertidos en equipo, nos abrazamos de la manera en que lo hacen aquellos que han luchado y sufrido juntos, sin importar quiénes éramos y cuán diferentes fuimos tiempo atrás. Nos abrazamos como lo hacen aquellos que saben cómo de importante y valioso es aquel que tiene a su lado luchando con él. Nos abrazamos como lo hacen quienes se sienten invencibles cuando están unidos. Y esa fue nuestra mayor victoria, la victoria de una Armada Invencible que recordaríamos durante toda nuestra vida, porque pasó a ser para siempre parte de nuestra historia.

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