Hay matrimonios deportivos en los que todo encaja. Parejas de entrenadores que se convirtieron en un clásico de nuestro fútbol y de nuestras vidas. Entre los recuerdos sobre sale el Dream Team de Cruyff siempre bien aconsejado por su mano derecha Charly Rexach. Dos mitos azulgranas de los 70 que se unieron para alumbrar al Barça moderno. No obstante, la figura de Johan tenía una dimensión inalcanzable (tanto en el banquillo como en la sala de prensa) para el bueno de Charly. El líder aquí era Cruyff y el resto una suerte de ayudantes con los que charlar y compartir ideas futbolísticas para que la intuición de El Flaco se terminara imponiendo. Rexach, en todo caso, representó el eslabón catalán de la pareja, el hombre de la casa que hizo entender a Johan todas las aristas del «entorno». Luego cuando en los peores momentos del Gaspartrismo le tocó asumir el banquillo azulgrana nos hicieron creer que era el bueno de la pareja. La chilena de Rivaldo al Valencia es posiblemente su mejor recuerdo en el banquillo.

«Sabía perfectamente cuáles eran mis funciones, tanto en lo físico como en lo táctico. Sabía de lo que me tenía que encargar yo y de lo que se encargaba Del Bosque»

Esa función de ayudante y también de tándem perfecto la representó como pocos Toni Grande, tanto en el Real Madrid como en la Selección Española. En conversación con A LA CONTRA el que fuera segundo entrenador de Vicente del Bosque explica lo que significa para él la figura de segundo entrenador: “Tiene que ser un buen ayudante, tiene que ayudar, que sumar. Así lo entendí yo y eso no significa solo ayudar al entrenador, también a la plantilla y al resto del equipo”. La comunicación es otro aspecto fundamentales para el hombre que junto a Del Bosque levantó dos Copas de Europa y una Liga con el Real Madrid: “Yo mantenía una comunicación muy fluida con los jugadores, he mantenido muchas reuniones a lo largo de estos años, eso sí en un ámbito privado, nunca de cara a la galería. También sabía perfectamente cuáles eran mis funciones, tanto en lo físico, en lo táctico o en la relaciones humanas, sabía de lo que me tenía que encargar yo y de lo que se encargaba Vicente”.

Toni Grande también formó parte del cuerpo técnico de Vicente del Bosque en la Selección Española (2008-2016) y destaca las diferencias entre entrenar a un equipo grande y otro de perfil inferior: “Hay que saber dónde está cada uno. No es lo mismo entrenar a un equipo plagado de estrellas que a otro que lucha por la supervivencia. Las responsabilidades cambian y el rol con los jugadores es totalmente diferente. Eso puede incluir a veces que tengas que cambiar tu forma de ser”.

Johan Cruyff y Charly Rexach en su oficina durante su etapa como entrenadores del FC Barcelona. Efe.

Banquillos poéticos vs rockeros

También ha habido banquillos con más retórica y poética que un cuento de Hernán Casciari. Dos compatriotas suyos crearon los mejores versos que se recuerdan en el Heliodoro Rodríguez López de Tenerife a la vez que publicaban sendas novelas dramáticas para el madridismo. Jorge Valdano y Ángel Cappa intentaron repetir la fórmula ya vestidos de blanco, para intentar devolver al Madrid alguna de las dos ligas que le arrebataron. Cappa, que con los años se convertiría, al igual que Valdano, en un habitual de los medios de comunicación, defendía así la figura del entrenador a su llegada a Madrid: “Actualmente los entrenadores son más determinantes que nunca porque el nivel de conocimiento del juego por parte de la mayoría de los jugadores ha descendido notablemente y opino como Cruyff, entrenar entrena cualquiera pero enseñar no es facultad de todos”. La pareja argentina terminó precisamente con el dominio del Dream Team en España, devolvió el 5-0 al Barça y dejó un legado histórico para el club blanco en forma de dos leyendas: Raúl y Guti.

Más Rock & Roll desprende otra pareja argentina, la formada por el Cholo Simeone y el Mono Burgos. Un segundo entrenador convertido en guardaespaldas del mito rojiblanco: “Yo no soy Tito (Vilanova), yo te arranco la cabeza”, llegó a decirle en una discusión en pleno partido a José Mourinho. El ex portero del Mallorca y del Atleti se encarga hoy de las jugadas de estrategia del equipo de Simeone, del balón parado y del análisis de los rivales. Sus ocho años con el Cholo representan ya el matrimonio más longevo en clave rojiblanca por más que los rumores de crisis se hayan disparado en los últimos meses: “Lo mío con Simeone es como los grandes dúos de Hollywood. Somos como De Niro y Pesci”, le dijo a Pedro Simón en Papel. Aunque Germán Burgos nunca ha escondido su deseo de convertirse en primer entrenador. Quién sabe si la era post-Simeone podría llevar su firma.

Simeone dando instrucciones en el Calderón con Germán Burgos detrás. CordonPress.

Como el rosario de la aurora

Eso nos conecta con otro tipo de relaciones que terminaron mal después de compartir banquillo, vestuario y días de vino y rosas. Un transición dulce es la que imaginaban en Barcelona cuando el mejor Barça de la historia tocaba a su fin con la marcha de Guardiola. El malogrado Tito Vilanova se sentó en la silla todavía caliente de Pep. A Rosell no se le ocurrió mejor ocasión que desvelar el sucesor de Pep en la propia rueda de prensa en que se despedía al de Santpedor. Tras cuatro años de éxitos los dos amigos separaban sus caminos aunque Tito siempre mantuvo que Pep estuvo al corriente de sus intenciones desde que le ofrecieron ser su sustituto. Luego la enfermedad de Vilanova terminó distanciando a ambos. “Estuve dos meses en Nueva York después de que me operaron y no nos vimos. El que estaba solo en Nueva York, el que estaba pasando un mal momento, el que necesitaba que alguien le ayudara era yo, en ese momento él creyó que no debía estar a mi lado”, confesó después Tito Vilanova.

Guardiola y Vilanova, Luis Enrique y Robert Moreno o Brian Clough y Peter Taylor fueron algunos de los que rompieron relaciones tras compartir banquillo.

Entre los dos construyeron al mejor Barça de la historia. Pep se convirtió en esa época en entrenador, portavoz y casi presidente del club azulgrana. El perfil de Vilanova siempre fue muy secundario y solo los momentos más álgidos del duelo Mou-Pep pusieron a Tito en primer plano. Las imágenes de Mourinho metiéndole el dedo en el ojo dieron la vuelta al mundo. Al poco tiempo de asumir el cargo de primer entrenador culé le fue detectado un cáncer en la glándula parótida por el que se tuvo que ausentar del banquillo azulgrana en varios compromisos, pese a ello el equipo se terminó alzando con la Liga.

Mucho más reciente es la ruptura entre Luis Enrique y Robert Moreno. En este caso ambos responden a un perfil parecido al de Pep y Tito. Un ex jugador de éxito y con una gran trayectoria profesional y otro con poco o ningún recorrido como futbolista que se ha labrado su camino como entrenador progresando desde la base. Robert había acompañado a Luis Enrique desde su aventura en la Roma (2011). Pero era un gran desconocido para el público incluso cuando llegó acompañando a Luis Enrique en la Selección Absoluta. Una figura como la del astuariano que aglutinaba sobre él todos los focos le había dejado en segundo plano. Pero Robert saltó a la palestra tras una nueva enfermadad, en este caso de la hija de Luis Enrique. Entonces tomó las riendas de la Selección y llegó a asegurar “que daría un paso al costado” si el técnico asturiano se veía con fuerzas para volver.

Cuando aquello sucedió los puñales volaron en ambas direcciones en una nueva gestión más que discutible que volvió a dejar señalada a la Federación Española de Fútbol. Luis Enrique dijo aquello de: “Robert Moreno fue desleal” y le borró de su cuerpo técnico y de su lista de amigos. El técnico catalán entrena desde finales del año pasado al AS Monaco, séptimo en la Ligue 1.

«Peter, por favor. Sin ti no soy capaz».

Brian Clough a Peter Taylor.

Quizá el paradigma de la amistad labrada a base de años y años de compartir banquillo fuera la de Brian Clough y Peter Taylor. Clough fue Mourinho antes que Mourinho. Un tipo lenguaraz y con un carisma imponente que obró el milagro con el Nottingham Forest, al que hizo Campeón de Europa en dos ocasiones (1979 y 1980), casi siempre con Taylor como escudero. Así fue desde que ambos ascendieron desde las catacumbas del fútbol inglés. Hartlepool United, Derby County, Brighton & Hove Albion y al fin Notthingham Forest para escribir el cuento más bonito por aquellas tierras desde Robin Hood. Entre medias, Taylor no acompañó a Brian Clough a Leeds, y este solo aguantó allí 44 días. Tras su primer año en City Ground, el histriónico entrenador descolgó el teléfono: “Peter, por favor. Sin ti no soy capaz”, le dijo a su amigo Taylor para que abandonara Brighton y volviera a ser su segundo. El resto es historia: ascenso a primera, título de liga, dos copas de la Liga, una Supercopa de Europa y por encima de todo dos Copas de Europa consecutivas.

Peter Taylor, lo había vuelto a hacer, como en anteriores etapas. Consiguió trasladar los principios de Clough al vestuario, descifró sus mensajes irónicos y otorgó confianza a los jugadores mientras el primer entrenador se peleaba con la prensa, con sus homólogos en los banquillos y con todo aquel que no le bailaba el agua. Nadie mejor que el propio Clough para definir a Taylor: “Yo soy el escaparate de la tienda. Peter es todo lo que hay dentro”. Pero la exitosa pareja se separó en 1982, cuando Taylor abandonó el Forest, en lo que parecía una retirada del fútbol. Su amistad, no obstante, se había empezado a resquebrajar tras publicar Peter su autobiografía en el otoño de 1980, With Clough by Taylor: “No sabía que estaba escribiendo un libro sobre mí”, dijo después el técnico. Aunque lo que realmente acabó con su amistad fue el traspaso de John Robertson del Forest al Derby en mayo de 1983. Allí había vuelto Peter Taylor a sentarse en un banquillo y esa afrenta resultó inadmisible para Brian Clough: “Nos vemos casi todos los días de camino al trabajo por la A52. Pero si su coche se averiase y me pidiese que le llevase no le cogería, le atropellaría”. Nunca jamás volvieron a hablarse.

Peter Taylor, a la izquierda, y Brian Clough, a la derecha, con la Copa de Europa. EFE.

Peter Taylor murió de manera repentina mientras estaba de vacaciones en Mallorca. Era octubre de 1990 y tenía 62 años. Clough lloró intensamente cuando conoció la noticia. En su biografía, publicada cuatro años después de la muerte de su amigo, dejó escrita esta dedicatoria: “Para Peter. Todavía te añoro. Una vez dijiste: ‘Cuando recibas un disparo de mí no habrá más risas en tu vida’. Tenías razón”. Hoy los dos amigos perviven abrazos en una gran estatua de bronce a la entrada de Pride Park, el estadio del Derby County.

Querían volar solos

Cuando un jovencísimo José Mourinho llegó a nuestras vidas lo hizo como traductor. Aunque pronto demostró sus ganas por convertirse en entrenador. Aterrizó en Barcelona de la mano de Bobby Robson, en la primera temporada post-Cruyff, con la misión principal de trasladar las preguntas de los periodistas al técnico británico. Pero José no se limitó a eso y pronto sus traducciones sui generis, los consejos tácticos a los jugadores o su protagonismo a la hora de plantear los entrenamientos empezaron a acaparar titulares en Can Barça: “Las declaraciones de Robson las enriquecía con cosas mías que compartimos juntos desde hace años”, reconoció el portugués. Sus altercados con entrenadores rivales tampoco se hicieron esperar. A Luis Fernández (entonces entrenador del Athletic Club) le dijo que “él no se limitaba a repartir petos en los entrenamientos” y acusó a Mario Zagallo, Seleccionador de Brasil, de tratar injustamente al Barcelona tras convocar a Ronaldo para un amistoso con la canarinha. O’ Fenomeno se perdió un partido de Recopa por ese motivo. El 9 brasileño tampoco escapó de las críticas de Mou: “Se debe ser más profesional y menos sentimental”, después de que Ronaldo hiciera público su malestar al querer pasar las Navidades en Brasil.

«Ambicioso, organizado, espontáneo y el peor perdedor del mundo». Así se definía Mourinho cuando era un simple traductor en Barcelona.

Preguntado por cómo se definía como entrenador ya dejaba suficientes pistas de lo que estaba por llegar: “Ambicioso, organizado, espontáneo y el peor perdedor del mundo”. Tras su experiencia en Barcelona, que se extendió hasta junio del 2000, comenzó una prometedora carrera como primer entrenador. La primera oportunidad se la dio el Benfica pero fue en el Oporto donde alcanzaría la gloria. La fórmula del éxito la repetiría con el Chelsea y el Inter antes de dar el salto al Madrid. Una vez en la Casa Blanca haría acto de aparición un actor secundario dispuesto a aprender del maestro: Aitor Karanka. El antiguo central del Athletic y del Madrid siempre representó un perfil mucho más bajo y calmado que su superior. Y eso que su protagonismo fue creciendo a medida que el hastío del portugués con la prensa se hizo más evidente. Karanka se convirtió en un habitual en la salas de prensa antes y después de los partidos. En sus tres temporadas como segundo entrenador blanco llegó a dar más de 50 ruedas de prensa. Eso sí, Aitor nunca se salió del discurso del portugués ni provocó más incendios de los que ya hubiera iniciado Mou.

A finales de 2013 comenzó su andadura como primer técnico tras coger las riendas del Middlesbrough, con el que consiguió ascender a la Premier League en 2016. Su etapa en el Boro terminaría en marzo de 2017 cuando fue cesado con el equipo en puestos de descenso. La nueva oportunidad le llegó, de nuevo, en Inglaterra donde se convirtió en entrenador del mítico Nottingham Forest en enero de 2018. Aquello también terminó de forma abrupta apenas un año después con la dimisión del vasco por discrepancias con la propiedad. Desde entonces no ha vuelto a entrenar.

Otros hicieron el camino a la inversa. Carlos Queiroz era un auténtico desconocido pese a sentarse a la derecha del padre en Manchester. Nadie conocía en 2003 al segundo entrenador de Sir Alex Ferguson en el United. Nadie salvo Florentino Pérez que se fue a por él para cambiar el “librillo” de Vicente del Bosque por uno “más actualizado”. El técnico portugués no decepcionó en su presentación, menos galáctica que otras de la época: “El fútbol tiene que ser un arte. Debe ser una mezcla de rigor, imaginación y creatividad”. Ferguson puso menos objeciones a su marcha que a la de David Beckham, que se consumaría una semana después, también rumbo a la capital de España. Queiroz, en cualquier caso, duró poco al mando de los galácticos. Al concluir su primera campaña al frente de los blancos fue destituido por Florentino Pérez: “Nos ha decepcionado”, dijo el mandamás blanco para explicar su despido.

La receta del éxito

También hubo aprendices que se convirtieron en maestros. E incluso llegaron a superar la obra de sus antecesores. Zinedine Zidane estaba aquella noche en Lisboa, sentado a la derecha de Ancelotti. El francés completaba su primera y única temporada como segundo entrenador del Real Madrid, todavía con la libreta en la mano. Se empapaba Zizou de la mano izquierda de Carletto siempre tan necesaria en los camerinos repletos de estrellas. Zidane transitaba ya hacia el lado oscuro de los entrenadores y aquello fue un máster en Harvard. Tras alzar aquella Champions tomó sus últimas notas: “No hay imposibles para este equipo”.

Lo siguiente fueron unas prácticas en el Real Madrid Castilla, que no resultaron muy esperanzadoras. No emitía Zidane señales de técnico revolucionario, ni de gran estratega, tampoco de fomentar un estilo propio. Pero allí se curtió y se puso en la rampa de lanzamiento para volver al primer equipo. Lo hizo en una situación delicadísima, con el equipo a la deriva en Liga, eliminado en Copa y con la Champions como tabla de salvación. ZZ supo exprimir todo el talento de sus jugadores y devolver la pegada que siempre caracterizó a los blancos. Se habló de la flor de Zidane y él plantó un jardín de Champions, tres consecutivas, aderezada con una Liga (2017) para hacer un doblete que no se veía en la Casa Blanca desde hacía cincuenta años.

Carlo Ancelotti conversa con Zinedine Zidane en el banquillo del Real Madrid (2013). CordonPress

Su mensaje y su figura calaron en sus futbolistas: “No soy el mejor entrenador tácticamente pero conozco la cabeza del jugador y sus egos”, dijo con cierta ironía ante sus críticos en rueda de prensa. Su estilo ante los medios y en el día a día le emparentaba con otros grandes entrenadores blancos que hicieron de la gestión del grupo una de sus grandes virtudes. Zidane continúa la estirpe de Heynckes o Del Bosque y por supuesto del mismísimo Ancelotti. Si Carletto levantaba la ceja, Zizou sacaba su sonrisa más cautivadora para no decir nada. Así son los mitos.

Aunque ningún legado puede compararse con el emporio de la victoria creado en Liverpool. Todo comenzó con la llegada de Bill Shankly, el hombre que hizo feliz a la gente, en 1959. Fue él quien eligió a Bob Paisley como ayudante y lo convirtió en su hombre de máxima confianza durante las 15 temporadas que estuvo al frente de los reds. En ese tiempo el creador de “This is Anfield” o de la mítica Boot Room (donde se reunía el cuerpo técnico y en la que se fraguó el passing game) subió al equipo de segunda, alzó tres ligas inglesas, conquistó dos FA Cup, tres Charity Shield y una Copa de la UEFA. Su carácter y determinación alumbraron lo que hoy es el Liverpool, pero lo mejor estaba por llegar.

Shankly creó la leyenda del Liverpool. Dos asistentes suyos, Paisley y Fagan, aumentaron su legado.

El sustituto de Shankly fue Bob Paisley (1974-1983) y las Copas de Europa arribaron a Anfield. Bob conocía muy bien a los jugadores y tenía un sexto sentido para detectar nuevos talentos. Tampoco era ajeno a los gustos de la hinchada red, después de haber sido jugador y fisioterapeuta del club. Con un carácter menos volcánico aunque igual de motivador que su predecesor conquistó 6 Ligas inglesas, 3 Copas de Europa, 3 Copas de la Liga, 6 Charity Shield, una copa de la UEFA y una Supercopa de Europa, en los quizá nueve años más maravillosos de la orilla roja de la ciudad. Con Paisley el passing game vivió sus días de máximo esplendor mientras crecía la leyenda de las noches europeas de Anfield.

Pero después de 24 años formando parte del cuerpo técnico red tocaba dar el relevo. El sustituto volvía a ser otro de los integrantes de aquellas conversaciones en la Boot Room. Joe Fagan, segundo de Paisley, ascendía al primer escalón después de casi 30 años en el club. Fagan era un hombre impasible, muy estricto y con una ética de trabajo donde lo más importante era dejarlo todo en el campo. Su poder e influencia sobre el resto fue máximo y todo ello cristalizó en el mágico 1984. El Liverpool se proclamó campeón de Liga, de Copa de Europa y la Copa de la Liga. Fagan solo estuvo dos años (1983-1985) al frente del Liverpool y abandonó el club tras la tragedia de Heysel. Esta vez el sustituto no sería el segundo entrenador sino la estrella del equipo. Kenny King Dalglish se hacía cargo del banquillo en una revolucionaria decisión que lo mantuvo durante cinco años como jugador-entrenador. Con él el Liverpool ganó su última Liga inglesa, hace ya 30 años.

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