Cuando corren tiempos donde se necesitan nervios de acero, la realidad se empeña en cocerlos al baño maría. Vivimos en un planeta de locos. Observar lo que está sucediendo, ahora desde detrás de una mascarilla, no nos quita capacidad para llevarnos las manos (previamente lavadas por enésima vez) a la cabeza. Estamos tan limpios como estupefactos.

El mundo no es capaz de ponerse de acuerdo ni en situación de pandemia. Hay países que se encierran, otros donde aún se sigue jugando al fútbol, algunos donde dicen que es mejor infectarse (un poco, eso sí) para adquirir inmunidad natural e, incluso, los hay que todavía no saben qué camino tomar. La única coincidencia mundial es que esto es un virus y que tuvo su origen en China. El resto es una Torre de Babel neuronal.

Organizaciones como la UE, la OMS o la misma ONU, ponen de manifiesto que el concepto de supranacionalidad muere en el atril de cada presidente de Gobierno o en la irracionalidad del nacionalista de turno. El mundo no es un puzzle complejo, es un conjunto de piezas que ni siquiera responden a un mismo dibujo. Corea y España no parecen países diferentes, sino más bien planetas diferentes. Y a muchos, en estos momentos, nos gustaría más vivir en el suyo.

Es cierto que nuestra Administración se ha dejado un tiempo precioso. Ha actuado tarde y, en muchas cosas, mal. La manifestación del 8M fue el picnic del coronavirus. Pero es que había tantas opiniones como virólogos en activo. Nadie está preparado para medidas extremas en períodos donde parece que su implantación parece exagerada. Los mismos que hoy dicen que tendríamos que habernos confinado desde que apareció el primer caso en España, son los que hubiesen acusado al Gobierno de romper la economía sin razón justificada.

Son los que “siempre tienen razón”. Si con las medidas de ahora, pero tomadas hace 15 días, hoy hubiera pocos casos, los que hoy se quejan, venderían que habríamos matado moscas a cañonazos. Ahora, con la curva en progresión aritmética, lo importante es la salud, que está antes de la economía. La realidad es que es más fácil ser oposición que decisión.

Pero esto tampoco disculpa a los que llevan las riendas de España. Mientras nosotros estamos en casa, por lógica y normativa, ellos anuncian medidas urgentes que, sin embargo, son incapaces de cambiar burocracias para acelerar la logística del reparto del material sanitario. El verbo homologar está impidiendo la actuación inmediata. Menos papeles y más mascarillas, señores. Antes de aterrizar el avión que lleva suministros, ya hay que tener la logística del reparto operativa.

Tampoco entiendo que la primera de todas las medidas no haya sido la de comprar y producir test de detección a mansalva. Para conocer el verdadero número de infectados no hay que recurrir a los números de ingresos hospitalarios, sino a la verdadera población que tiene el virus metido en el pecho. Hay más controles policiales que controles sanitarios. ¿Alguien lo entiende?

Tengo claro que saldremos de esta. No sé cómo ni cuándo. Tampoco si estaremos de pie o con más de medio país en el paro. Pero cuando veo a un policía sancionando, con toda la razón, a un transeúnte rebelde, no puedo dejar de pensar en cuál sería la que nosotros deberíamos poner a nuestros políticos. Y también a nuestro rey. A mí me da igual si es cómplice en sociedades opacas o está más limpio que una patena. Tiempo habrá para juicios morales (de los otros, imposible), pero sí le pediría a nuestro Jefe del Estado que presidiera la mesa de crisis e hiciera algo más que dirigirse a los españoles días después del Estado de Alarma.

Resumiendo. En este mundo ha quedado claro que cada país se lava su pijo. Que los intereses geopolíticos creados son más importantes que el respeto a la vida. Y que lo lógico siempre es equivocarse, pero lo absurdo es persistir en la equivocación.

Así que menos tirarse muertos a la cara y más mascarillas en las farmacias, test de detección y cifras reales de contagio. Y, por favor, que sirva más el ejemplo de países donde se ha hecho bien y menos el de los que han hecho lo contrario. Aunque digan que esto está en nuestras manos (y desde aquí toda nuestra colaboración para quedarnos en casa), la verdad es que estamos en las suyas. Que Dios reparta suerte. La vamos a necesitar.

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