El “Bookwalking” se explica sencillamente y por su propio nombre: consiste en andar y leer al mismo tiempo. Es una práctica que tiene sus seguidores en todo el mundo. En condiciones normales, en el exterior, en esa vida real que tan ajena nos parece hoy mismo,  el “Bookwalking” puede entrañar cierto riesgo para el que lo practica; un riesgo, eso sí, no mucho mayor que el que se corre con la extendida (y asumida) práctica de ir caminando por la calle mientras se habla por WhatsApp o se lee un correo electrónico. No está la situación sanitaria y mundial como para arriesgarse tontamente, que eso quede claro. Pero la única manera de practicar “Bookwalking” en estos días es hacerlo confinados en nuestras casas y conlleva como máximo riesgo un feo moratón provocado por el encuentro fortuito con algún mueble de la casa mal dispuesto; eso y un ligero mareo (además, hay que tener mucho cuidado con los animales domésticos, ¡no vaya a pisarlos!). Por el contrario, este “Bookwalking” casero podría ser de gran ayuda para liberar piernas y desatascar una mente en grave (y lógico) peligro de entrar en bucle.  

En al año 1974, el paleoantropólogo Donald Johanson descubrió a Lucy, una hembra de homínido de más de tres millones de años de antigüedad que, hasta hace muy poco, era considerada uno de los “eslabones perdidos”. Por aquella época llevaba ya siete años sonando por todo el mundo la canción “Lucy in the sky with diamonds”, de los Beatles, que hacía cuatro se habían separado; pero a los científicos, con Donald Johanson a la cabeza, que acampaban en aquel barranco de Afar, en Etiopía, el himno compuesto por John Lennon y sus lisérgicas (ejem) notas todavía no se les había ido de la cabeza; día y noche canturreaban la canción, mientras rastreaban el yacimiento de Hadas en busca de huesos y pruebas que respondiesen a algunas de las grandes preguntas de la humanidad, tales como: ¿Cuándo, dónde y por qué se produjo el salto del mono al ser humano? ¿Cuándo recibimos el lenguaje, los símbolos, la cultura?

A día de hoy, Donald Johanson, ya encanecido pero todavía fanático de los Beatles, recorre el mundo dando charlas y conferencias en las que sigue hablando de “su” Lucy, que al fin y al cabo le hizo famoso; además, se dedica a exponer brillantes teorías sobre la evolución del ser humano, su relación con el planeta y con el clima, y la enorme laguna, por descubrir, que existe todavía entre nosotros y nuestros ancestros. La idea que más llama la atención de entre todas las que nos regala el profesor Johanson es la siguiente: nosotros y nosotras, seres de dos patas y mente despierta, nos creemos libres, pero realmente somos todo lo contrario. Desde un punto de visto antropológico (entrar en temas sociales o políticos sería otro interminable debate) el ser humano, concretamente el del siglo XXI, es un prisionero; según el profesor, nunca hemos dejado de ser nómadas, y la implantación del sedentarismo como forma de vida principal no ha hecho sino apretar la auténtica esencia humana entre cuatro paredes y una rutina. 

“Si quieres que algo se muera, déjalo quieto”, canta Jorge Drexler. Pues resulta que un bicharraco nos obliga a quedarnos quietos. Y ahora, ¿qué hacemos? ¿Nos morimos? Este domingo de resaca (mala) continuo que es el confinamiento, en el que tenemos la obligación y el deber moral de no mover un dedo de nuestras casas, se puede convertir en una pesadilla. Primero, porque sabemos que afuera hay muerte, hay sufrimiento e incertidumbre en millones de personas, hay gente peleando y muriendo para que nosotros estemos en nuestras casas bien protegidos del chaparrón. Segundo, porque muchos todavía no hemos aprendido, o no nos han enseñado, a estar solos. Pocos saben convertir la temida soledad en una constructiva “solitud” (después de todo el humano es un animal social, diría Donald Johanson,); quizá es buen momento para aprenderlo, aunque sea a través de un videotutorial de youtube. Y por último, ese impulso natural de salir a estirar las piernas, por muy vagos que seamos y creamos que nuestro estado natural es el de un domingo tras haber quemado la discoteca 8 y 1/2, es uno los regalos que, probablemente, le debamos a Lucy. Si se escucha a la pierna izquierda después de un día entero de sofá y pelis, podremos ver que nos está susurrando algo, aunque no entendamos qué; al segundo día su voz de queja será firme y seria, por no decir enfadada; y el tercer día podremos oír una auténtica orquesta de gritos proferidos por todas las extremidades y órganos de nuestro cuerpo, teniendo como voz cantante al elemento más inquieto, y misterioso, que poseemos: nuestro cerebro. Gritos de ¡camina!, ¡camina!; o ¡muévete, vago!

¿Así que tenemos una rebelión dentro de nosotros? ¿No puede nuestro cuerpo dejarnos en paz, que ya suficiente tenemos con guardarnos del virus y llorar a los muertos? ¿Qué habría hecho nuestra bisabuela Lucy? Probablemente su impulso habría sido caminar hacia delante, correr, (muchas veces) huir para salvar su vida, saltar obstáculos. Y aunque puede decirse que nos hemos convertido en seres tecnologizados, el mecanismo del cuerpo no nos pide, de manera innata, pulsar una tecla cualquiera de un dispositivo electrónico, sino que sigue clamando por que liberemos nuestras piernas y las llevemos a pisar el ramaje caído de un bosque, para así poder escuchar ese chasquido suave que retumba de una manera mágica entre los árboles. 

En las casas comunes no hay árboles; con suerte se dispone de un balcón con vistas a un par de acacias u olmos, pero lo más habitual es tener delante una humeante fábrica o una tienda de ultramarinos. Tampoco es nada fácil caminar en sesenta metros cuadrados, entre un sofá, unos pocos muebles y tres gatos. Mientras tanto Lucy nos está susurrando que viajemos, que seamos nómadas, que caminemos. Se nos plantea un problema que por nuestra fortaleza mental tenemos que intentar resolver, porque estamos encerrados. Cada uno puede elegir su camino, valga la ironía. Se ve a gente bailando, haciendo ciclismo y pegándole a un saco de boxeo. Y muchas otras actividades de lo más ingeniosas. Pero otro de esos caminos puede ser, por qué no, el “Bookwalking casero”. No parece mala opción abrir un libro que sea capaz de transformar las vistas feas de una casa cualquiera en un paisaje, por ejemplo, lleno plantas coloridas, animales libres, barrancos, cascadas y dunas de arena fina; luego, con el libro abierto entre las manos, dar un pasito mientras se saborean las letras, y luego otro, y luego otros tres y dar la vuelta y volver al salón desde el dormitorio, y visitar una habitación en cada capítulo. A lo mejor es una opción recomendable, aunque se corra el riesgo de chocar con la esquina de una mesita baja y que salga un bollo en la rodilla; pero recuerden: mucho más riesgo corría Lucy cuando huía delante de los depredadores. Huía, sí, pero siempre hacia delante.

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