El locutor Carlos Alsina ha incorporado a su programa de radio, más o menos desde el inicio de la tragedia vírica, una simpática canción de Ombretta Colli, con la intención de que la letra sirva de mínimo consuelo en tan horrendas circunstancias. La optimista melodía constituye un marcado anacronismo en este momento: Facciamo finta que tutto va bene. Es decir, finjamos que todo va bien. Casi parece una blasfemia. Y sin embargo, cada mañana que suena en mis auriculares mientras camino al trabajo, mi gratitud hacia el periodista aumenta enormemente.

El ser humano, indiscutible jerarca en la cadena evolutiva, es a la vez un animal repleto de contradicciones. Resultaría excesivo, incluso para la altanera ceguera de un columnista, resumir en un artículo los motivos por los que ocupa esa posición de privilegio en la cima. Pero desde luego no supone el menor de ellos su facultad de razonar; esto es, una superior capacidad de análisis de la realidad material del mundo que le permite desentrañar, poco a poco, los mecanismos que lo rigen. Dicho de otra manera, el ser humano está donde está gracias a su especial relación con la verdad. La principal contradicción radica entonces en que, pese a que su estatus deviene del conocimiento frío y factual, no solo no es capaz de resistirse a las ficciones, sino que las necesita ávidamente.

La explicación probablemente tenga que ver con que, aunque el ser humano esté preparado para descubrir la verdad, puede que no tanto para asumir totalmente las consecuencias que se derivan de esta. Existe mucho tópico y literatura barata acerca de lo insignificante de nuestra condición, pero lo cierto es que el grado de fragilidad, cuando se muestra desnuda –es decir, cuando se muestra de verdad-, estremece y uno corre a resguardarse bajo los faldones de alguna ficción.  Pues amarga la verdad, quiero echarla de mi boca. Y es ese delicado equilibrio inestable, en el que uno no puede obviar todos los peligros que lo acechan si quiere sobrevivir, y al mismo tiempo no puede evitar tomar distancia para no ser devorado por la angustia, el que se halla amenazado con ser destruido.

Por otro lado, las ficciones paliativas también presentan su propia jerarquía. Las que prometen un refugio a prueba de bombas a base de alejarse excesivamente de la realidad terminan resultando un peligro añadido mayor, da igual si el componente es místico, religioso o laico –“se trata solo de una gripe”-. Su desmesurada inconsciencia opera dañinamente en lo factual. De modo que la única ficción moralmente asumible es aquella que paradójicamente conoce su categoría de placebo. Un detentebala personal que actúe como lente para edulcorar la cruda realidad, pero que no la opaque del todo. Un mecanismo de defensa para digerir el horror, no una barrera que añada patetismo a su inutilidad. El humor, la música, unos planes futuros, da igual a lo que uno se aferre: resulta imprescindible, con la condición de lo anterior. Bien está fingir que todo va bien, como recomienda Alsina en boca de Colli. Pero solo es efectivo si, en el fondo, al mismo tiempo sabemos que en realidad no es así.

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