La opinión de Marcos Pereda: EN CONTRA

Este año, creo, tampoco ganaré el Tour de Francia. Siempre hay sorpresas, pero… no apuesten por mí. Vaya eso por delante. Me encantaría, ojo, tiene que ser una sensación… bueno, inefable. Subirte allí, al pódium, después de haber domeñado a todos en buena lid (porque yo, además, ganaría atacando en montaña y conquistando la última crono, que es como hay que hacer estas cosas).

Digo esto para plantearles, ya de salida, su objeción. El argumentario del señor Pereda (gracias por llamarme así) está viciado por la envidia. Como no pudo triunfar en el deporte (bueno, ni empezar) y solo ha llegado a escritorzuelo con ínfulas, vierte su frustración sobre quienes sí pudieron lograrlo. Y bla, bla, bla. Tampoco me exijan más datos, al fin y al cabo es su idea, no la mía.

Y oiga, mire, no. La cosa, resumiendo, es que algunos (varios, lo de “muchos” se lo dejo a cada cual) deportistas han venido quejándose estos días del confinamiento (también lo han hecho, que yo haya visto, ciertos infraseres en las redes sociales, pero esos han tenido, afortunadamente, menos eco). Que así no es manera de llegar a Tokyo (esto lo dijo una pizpiretísima nadadora), que se me rompe por completo la preparación (un policía, remero y cocinero televisivo), que si yo quiero ir al monte donde no hay peligro de cruzarme con nadie (dos hermanos ciclistas), que en otros países lo permiten (el juego ese famoso de “si tus amigos se tiran por un puente” etcétera). Incluso el partido político con nombre de diccionario ha solicitado oficialmente que se permitan tales prácticas, porque de lo contrario la imagen de España en los Juegos Olímpicos será putapénica (igual la expresión no es exacta, pero el trasfondo subyace).

Y mire, no.

Si entendemos que el bien común está por encima del bien individual lo de salir a entrenar estos días no es que sea desaconsejable, es que directamente pasa al terreno de la sanción (como se están poniendo ya, que lo he visto yo con estos ojitos). En un momento como el actual todo el esfuerzo de la sociedad debe ir acompasado, y no se pueden permitir excepciones más allá de los casos que resulten positivos en el saldo entre riesgo y beneficio. Vamos, las llamadas industrias esenciales (que otra cosa es decir cuáles son, pero yo no soy político ni cuñado, así que se lo dejo a los muchos especímenes de ambas categorías que existen). Entiendo perfectamente las quejas… entiendo que es difícil ver cómo el trabajo de cuatro años se puede ir al garete en un par de meses (y aquí trabajo es literal, porque muchos deportistas se juegan sus becas y, por consiguiente, la posibilidad de ganarse la vida con estas cosas), entiendo que es complicado (imposible) mantener el nivel de entrenamientos sin nada en el horizonte, entiendo que existen causas justificadas para la llantera. Pero aun más justificado es el denegar tal petición.

Pensemos en el ejemplo extremo, el de quienes quieren salir al monte a correr o en bicicleta. Yo mismo conozco sendas por las que es imposible cruzarse con nadie durante horas (en estos momentos supongo que durante días). Pero el peligro subyace. Una caída, un mal gesto. A todos nos ha pasado. ¿Al hospital? Un derroche de recursos cuando los recursos no se derrochan. Otros apuntan… si me pasa algo no quiero asistencia, salgo bajo mi cuenta y riesgo, sin darse cuenta que su cuenta es suya, pero el riesgo es de todos, y que nuestra sociedad es moderna, entre otras cosas, porque no deja (o no debe dejar) a nadie atrás. Ni siquiera a quien se considere tan especial (o sea tan insolidario) de creerse por encima de los otros.

Así que no, hijucos míos, no podéis salir a entrenar. Os quedáis en casita, como (debería hacer) todo hijo de vecino que no sea pieza (peones la mayoría, alfiles y torres otros) indispensable para que funcionen las cosas que deben funcionar. Y si no hay medallas (o victorias, o éxitos, o buenos puestos)… pues mira, tampoco pasa nada, que hasta el Plan ADO lo flipábamos fuertemente con subcampeonatos y otros distinciones. Y nadie se moría por ello. De lo otro sí.

Ánimo, amigos.

La opinión de Juanma Trueba: A FAVOR

Juanma Trueba.

A ver, tengo muy claro que yo aquí soy el alemán de la Fuga de Colditz, el segundo jugador que solo es necesario porque así lo indican las instrucciones. Pero jugar se ha convertido en la mejor terapia contra el aislamiento. Así que juguemos. En principio a imaginar. Supongamos que los 300 deportistas españoles que se preparan o preparaban para participar en Tokio —ya parece seguro que se aplazarán los Juegos— estuvieran autorizados con un salvoconducto (seguimos en Colditz) a entrenarse al aire libre siempre bajo las más estrictas condiciones de seguridad; la primera y más obvia, ejercitarse en solitario. Cualquier entrenamiento que exigiera la participación de otros deportistas o asistentes u operarios quedaría al margen de la excepción y, por tanto, prohibido. Como ven, yo también sé ponerme serio.

El salvoconducto olímpico, remitido por el COE previo acuerdo con los ministerios competentes, sería la identificación de los deportistas ante cualquier requerimiento de la autoridad. Entiendo, no obstante, que en cuanto la autoridad descubriera a Saúl Craviotto en su piragua o a Alejandro Valverde en su bicicleta se haría innecesario el requerimiento, dadas las evidentes diferencias entre ellos y un imbécil haciendo footing. No obstante, y como no todos los deportistas son conocidos, se les instaría a que utilizasen en cada caso la ropa con la que representan en las diferentes competiciones a España o a la selección española, de tal manera que los deportistas podrían ser reconocidos a cierta distancia.

Y es este reconocimiento (sigan imaginando, no me abandonen ahora) es el que permitiría que todos esos ciudadanos que se pasan gran parte la cuarentena asomados a los balcones no tuvieran que esperar a las ocho de cada tarde para hacer sonar sus palmas. Supongan ustedes que García Bragado marchara por su calle con el uniforme de España. O que escucharan hacer katas a Sandra Sánchez en el parque más cercano. Díganme, y póngase la mano en el corazón, si no se emocionarían al presenciar unos entrenamientos que tienen por objeto representarnos a todos cuando demonios se celebren los Juegos. Díganme, y ya pueden retirarse la mano del pecho, si esa visión no tiene más sentido que la de su vecino paseando al perro.

Es tiempo de cuarentena y toca asumirlo; pero también es tiempo de gestos que eleven la moral de esa tropa que formamos todos y, con la misma lógica que bastantes trabajadores siguen acudiendo a sus puestos de trabajo, los deportistas olímpicos podrían acudir al suyo, siempre bajo las condiciones establecidas en la cláusula primera.

Argumenta mi amigo Pereda que el sistema sanitario no podría permitirse en estos momentos tratar la lesión o caída de un deportista. No sería conveniente, desde luego, pero existen muchas más probabilidades de que los obreros que siguen trabajando en la construcción sufran accidentes, por poner solo un ejemplo.

Estoy vencido, lo asumo de antemano. Tanto como el alemán de Colditz. Ni mi moción será aceptada ni se celebrarán los Juegos en la fecha prevista, de modo que Bragado puede seguir marchando por el pasillo de su casa hasta que se abra el mundo. Pero la otra opción era posible. Cuando nos negamos a las excepciones no lo hacemos por un estricto sentido de la solidaridad, sino porque, como sociedad, nos vemos incapaces de cumplirlas. Pensamos que siempre se colará algún tramposo y nada nos irrita tanto como eso. Y así nos ocurre. Que estamos más pendientes de los tramposos que de los otros, todos con los ojos bien abiertos, no vaya a ser que detectemos a un rebelde mientras paseamos a Sultán.

1 Comentario

  1. Ambas entradas estupendamente argumentadas pero el riesgo no merece la pena, menos aún con los Juegos aplazados oficialmente.

    Punto para el señor Pereda.

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