Fuimos al norte de Italia con la familia. No hará ni 5 años. En el Lago di Garda vimos a España perder con Italia en la Eurocopa de Francia. De Gea no estuvo bien. Era lo nuevo, sobre lo viejo de Luis y Vicente. Ramos ya era el jefe. Pero solo a base de energía, en ese cámping, los italianos volvieron a herirnos con su histórica supremacía y condescendencia. Unos años antes, pocos, mis hijos y los de mi compañero de viaje, que juntos suman cinco, jugaron un partido de minifútbol en otra localidad italiana (Pistoia) frente a un combinado local, una especia de Italia-España en pequeño que generó mucha expectación entre los circundantes. Ellos en formación cerrada, al contragolpe, llevados en volandas por la grada, que eran unos cuantos tifosi enfervorecidos en pie; los nuestros apoyados por sus cuatro padres y dos hermanas.

4-5 al final, victoria visitante y orgullo patrio, eso que se canta en las guerras, a morir por nada o por unos señores con levita, que tienen bancos y prestan dinero. Eso son las guerras. Pero Italia mordió el polvo, justo en el día de la tradicional giostra del orso pistoiana. Ahora volvíamos a perder nosotros y recodar esas puñaladas de Vialli en otra Euro frente a un impávido Zubizarreta o de Baggio en el Mundial yankee ante otra versión también impávida del heredero natural del gran Iríbar. Zubizarreta se despidió sin grandeza también en Francia, en otro Mundial, el de la epilepsia inoportuna del Ronaldo festivo y la doble calvicie francesa de Barthez y Zidane, el que ahora esconde alineaciones como un niño travesuras.

No quería hablar de él, pero Zubizarreta da para mucho. Cuando había un penalti, su portería se agrandaba a la par que él empequeñecía cual Gulliver inverso y se dejaba caer a un lado, como diciendo, algo he de hacer.

Dejamos el Lago di Garda, visitamos la ciudad de Romeo y Julieta y luego la de Casanova. En un giro inesperado de los acontecimientos decidimos hacer una semana de rutas montañeras, de trekking o como se diga, haciendo parada en dos poblachones con reminiscencias del Giro de Pantani, y de Tomba, ese titán orondo que zigzagueaba tosca, pero velozmente y que sucedió al estilista Ingemar Stenmark: Cortina d’ Ampezzo y Madonna di Campiglio. Allí la mente voló del césped a las cumbres lejarretianas, a la maglia rosa, a ese Michelone que hacía boquear a Berzin antes de que él mismo boqueara. Dimos una vuelta rodeando las tres cimas de Lavaredo y rememorando ese ciclismo de dos minutitos de telediario en blanco y negro, a ver qué había hecho hoy Marino y si no lo había vuelto a pillar un maldito abanico.

Hicimos otra ruta que salía justo del Passo Giau (en ladino Jof de Giao), por donde tantas veces hemos visto ataques fastuosos y desde el que se divisan los blancogrisáceos perfiles de la Marmolada, el skyline del sufrimiento a dos ruedas. En Madonna caí enfermo, recordaba vagamente alguna gesta de Pantani, calvo, enjuto, afiebrado devorando desniveles, con los tifosi de la cuneta exultantes. Ese fue mi canto del cisne. Había abrigado la esperanza de conocer en mis propias piernas las lanzadas que pueden sentirse en las rampas imposibles del Mortirolo, muy cercano, dolorosamente cercano, 18% enfocando directamente el cielo, imaginando a Miguel agarrado fuertemente al manillar, mirando al frente, mientras va dejando uno a uno a todo aquel que esperaba ser mínimamente abrigado por su estela.

Y recordando esos dos días más lejanos… Uno fue en la meta de la cronoescalada de Orciéres-Merlette donde le dije cual groupie enamorada que algún día él ganaría el Tour. Miguel se limitó a sonreír tímidamente, en plan Zubizarreta. El otro fue el día de su primera y gran hégira junto a Claudio, arribando a Val Louron: lo vimos junto a mi hermano auxiliados por nuestro vetusto Land Rover pasando al inicio de etapa por el Portalet junto al pantano de Bubal.

De allí pillamos el Cotefablo, el valle de Broto, Ainsa, Bielsa, Saint Lary y Azet, donde aparcamos y subimos medio corriendo por el lado opuesto de la llegada, sin saber qué había ocurrido dos o tres kilómetros campo a través, oyendo el helicóptero de la televisión francesa.

Al fin llegamos a un collado. A nuestros pies se divisaba todo el montaje de la línea de meta. Lo principal del pelotón ya había llegado. Quedaban las grupetas de rezagados. Bajamos despacio. Llegamos a las vallas de meta. Casi ya no quedaba nadie. Ya se habían entregado los premios. Nos acercamos a un monitor. Vimos a Chiapucci recibir flores y besos. Y de repente… Miguel, el oso del Crédit Lyonnais, el amarillo. Tres minutos, nos dijo un señor. No solo era líder. Era líder muy consolidado. Allí estaba su Tour. Javier Ares y Pepe Gutiérrez nos saludaron desde su set de radio con el dedo hacia arriba.

Sabías quién era español si la sonrisa se le salía de la cara.

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