Tomo asiento. Pantalla arriba, manos abajo. Un nuevo intento de empezar ese libro que llevo años queriendo escribir. Que sí, que esta vez sí. De verdad de la buena. Pero qué buen día hace, debería aprovechar y salir a correr. Pero mejor quedo con estos y doy una vuelta. Y al final, una vez más, me pueden las excusas. Lo que yo llamo “rutina”.

Sin embargo, la cuarentena me arrebata cualquier excusa que el mundo exterior me pueda ofrecer. Me encierra solo con mis ideas, una hoja en blanco y todo el tiempo del mundo para dedicarme al fin a mi tarea. El escenario no puede ser más idóneo. Así pues, tomo asiento. Pantalla arriba, manos abajo. Y es entonces, con todo a favor, cuando descubro una terrible verdad: tampoco puedo escribir.

Ahora me doy cuenta de que las excusas no están fuera, sino dentro de mí. Que lo que encuentro  más allá de la puerta de casa es un salvavidas para no enfrentarme a las dudas y la inseguridad que conllevan la artesanía de la escritura. Por eso, el reto para estos días en casa no es escribir un libro, sino poder tomar asiento, pantalla arriba y manos abajo, y no buscar excusas para no escribir.

Por eso, estoy ahora mismo escribiendo estas líneas en vez de estar escribiendo el puto libro.

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