Son las nueve y media y delante de mí ya tengo tres carros llenos, como cargueros detenidos en el mar esperando a que el puerto quede libre para vaciar sus bodegas. En total, hay cuatro cajas abiertas, todas con las mismas colas. En ese mar en calma hacemos tiempo mirando el móvil, tranquilos porque a esta hora todavía hay reserva de paciencia.

Cuando levanto la vista, veo que a mi derecha está Nicholson Baker. Sigue teniendo la misma cara con la que aparecía en un suplemento cultural hace bastantes años porque he decidido que la conserve a pesar de que en fotografías más recientes está bastante cambiado. Calvo, con barba y la sonrisa del que puede decirte el mejor plato de los restaurantes de referencia de la ciudad.

—Hola, Nicholson.

Nicholson asiente porque nunca he escuchado su voz. Interpreto ese gesto como un hola, ¿qué tal va todo? No hace falta que diga más: sé qué hace aquí. En el capítulo 13 de su libro La entreplanta explica qué hay que hacer para elegir la mejor cola cuando hay que pagar. No es, como puede pensarse, la que menos gente tenga (él, de hecho, elige la que más clientes tiene esperando), sino la que esté atendida por alguien que combine la habilidad con la inteligencia. La cajera por la que él se decide, por ejemplo, coloca cada objeto en la bolsa nada más registrar el precio, no espera a que el cliente compruebe si tiene la cantidad exacta, grapa el recibo a la bolsa y, si tiene que devolver el cambio, entrega primero los billetes y, en el cuenco que forman en la mano, deja caer las monedas cerrando después la caja registradora con un golpe de cadera.

—Lo sé, lo sé -le digo- debería haberlo estudiado, pero la cajera que me va a atender me parece simpática.

Nicholson se encoge de hombros. Allá tú, interpreto. Nicholson me cae bien. La entreplanta, el primer libro suyo que compré, es una lectura densa sobre un tipo corriente que, a la hora de comer, se va a un parque a leer Las meditaciones de Marco Aurelio. Así, sin más, pero fue suficiente para cambiarme como lector porque la mirada de Nicholson se detiene en aquello con lo que entra en contacto el protagonista. Unos cordones para los zapatos. Un cartón de leche. Una bolsa de papel. Una máquina de bebidas. En su exhaustivo y fascinante análisis, Nicholson muestra el camino que ha tenido que seguir la inteligencia para solucionar los específicos problemas de desarrollo de cada objeto, dotándolos así de un valor propio.

Ahora, por ejemplo, Nicholson señala los carritos. Sé qué quiere decir. La probabilidad de que se dé cada combinación de artículos y cantidades es tan pequeña que debería prestar más atención. De cada uno de ellos él haría un capítulo con esos extensos pies de página que en La entreplanta llegan a veces a ocupar toda la hoja.

La entreplanta me fascinó, pero de todos los que después he leído (Vox, Fermata, La casa de los agujeros, El antólogo, Temperatura ambiente, Checkpoint y Una caja de cerillas), elegiría este último como mi favorito. ¿Por qué? Ahora después lo explico, porque tengo que sacar ya los artículos de mi carro.

Los primero que coloco son los de la lista que me mandó ayer mi madre: en vez de escribirme un mensaje, los anotó en una agenda a la que le hizo una foto. Pan s/corteza; huevos L; mermelada 0 albaricoque; 2 colines picos; yogures Activia edulcorados, 2 aceite que no sea muy fuerte. Termina la serie con 1 pollo fino que tacha con bolígrafo rojo. Debajo añade “no es muy urgente”. Con el estado de alarma vigente me sorprendió la sencillez de esta lista. La llamé para confirmarla y me dijo que solo necesitaba eso. Apenas colgué, en mi cabeza empezó a cantar Sting A gentleman will walk but never run.

La cajera me da los buenos días con buen humor. Parece la que en el grupo de amigas siempre propone nuevos planes. Lleva guantes azules. Coge una botella blanca y le pregunta a su compañera de al lado dónde está el pitorro. No lo sabe. Ésta se lo pregunta a la siguiente, que niega. La última tampoco puede aportar información. No hay nada más que hacer: se echa el contenido en los guantes y se los frota.

—Dos bolsas— le pido.

Abre las dos bolsas con un gesto preciso y las deja al final. He elegido la cola perfecta. La mujer mueve la pequeña barra de madera que hay al final para separar los artículos más frágiles como una experimentada guardagujas. Tan pronto la cinta que desplaza mi compra deja un hueco libre, lo ocupan lo que vienen detrás con su compra. Noto la presión. La cajera también.

—Ahora te echo una mano.

Cuando ya tiene el precio total, coge una de las bolsas y empieza a guardar mi compra con buen criterio.

—Se te da bien— le digo.

—Ayer lo hice tantas veces que cuando me senté en el coche frente al volante me temblaban los brazos.

 Le quiero decir algo, pero no me da tiempo a darle forma. Me limito a desearle buenos días y a agradecerle su ayuda. Ahí están todos, haciendo su trabajo, haciéndolo bien. En el próximo desfile de Reyes, me gustaría que, detrás de las enfermeras, fueran las cajeras, los reponedores, los transportistas. Toda la gente que sigue transmitiendo tranquilidad frente a la evidente desorientación de los políticos.

Bajo solo en el ascensor hasta el tercer sótano. Nicholson se habrá quedado arriba, fascinado por un paquete de galletas o un bote de humus. “Una caja de cerillas”, decía. Un hombre se levanta sobre las cuatro de la mañana, se come una manzana, enciende un fuego con una cerilla y cuenta lo que le pasa por la cabeza. 33 cerillas tiene la caja, 33 mañanas con su manzana, su fuego y sus pensamientos. Aunque su vida no es particularmente interesante, todo lo que cuenta de ella sí lo es. Ese es el gran talento de Nicholson Baker.

Vamos a pasar mucho tiempo en cuarentena con nosotros mismos, rodeados de objetos que hemos dejado de ver y con más pasado que futuro por delante. Este es el material que tenemos y hay que obligarse a trabajar con ello cuando, independientemente de la hora real, nos sintamos como si fueran las cuatro de la mañana y todo estuviera detenido. Se puede decir que es poco interesante o que es imposible sacar nada, pero ahí está Nicholson Baker para demostrar que sí. Toda La entreplanta, por ejemplo, es la negación de la frase de Marco Aurelio que el protagonista lee en Las meditaciones: “En suma, examina siempre las cosas humanas como efímeras y carentes de valor: ayer una moquita; mañana, momia o ceniza”.

“Falso, falso, falso”, rebate Baker.

Y ahí están sus libros.

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