En estos días difíciles, de incertidumbre y miedo, nada mejor que refugiarse en la inocencia de la infancia para sobrellevar el trance.

Y a mí la infancia me lleva, inevitablemente, a pensar en José María Jiménez, el Chava. 

Jiménez fue uno de esos personajes que te arrastraban, fue un ciclista de época que no ganó ninguna Gran Vuelta. Fue un ciclista muy querido, odiado y menospreciado por muchos. Fue, en definitiva, el antihéroe perfecto. 

Dotado de unas condiciones innatas para el ciclismo, el Chava fue un corredor de momentos, de chispazos y de explosiones (en el mejor y el peor sentido). Quizás su Vuelta a España del 98 fue su carrera más completa, con cuatro victorias de etapa y su guerra interna con Olano por el liderazgo del equipo Banesto. Finalmente fue tercero y quién sabe qué hubiera pasado estando en otro equipo. 

Nos regaló momentos para el recuerdo como su inolvidable victoria bajo la niebla en la primera subida al Angliru superando a Tonkov en plena línea de meta y dejando a Heras descolgado en una subida absolutamente caótica, con frío, lluvia y una subida espectacular. O su primera victoria en la Vuelta en la Sierra de Madrid en un sprint en un grupo de cuatro con la narración de Pedro González y la alegría de Pedro Delgado…

Pero también demostró en ciertos momentos (pocos, hay que admitir) que era un corredor de equipo, como en el Mundial de Daitama (Colombia) del que recordamos la llegada de Olano con la rueda pinchada y el sprint de Indurain para ser plata levantando un brazo. Pero todo eso fue gracias al extraordinario trabajo por detrás de un Chava Jiménez que saltó a todos y cada uno de los ataques que se dieron en el grupo perseguidor y lograron mantener la fuga a salvo.

En el lado negativo, multitud de días en los que simplemente “desaparecía”. En mi memoria siempre estará un día de final de etapa en el Xorret del Catí en el que el equipo estuvo tirando toda la jornada para mantener el pelotón unido y preparar la subida a Jiménez y éste se descolgó del grupo a los pocos metros de iniciar la subida, perdiendo varios minutos en meta. 

El Chava era un torrente, cuando atacaba, lo hacía con todo, con una violencia inusitada y sin mirar atrás. Cuando le ponían un micrófono delante era igual, impulsivo, sincero, a veces torpe… 

Siempre recordaré verle en sus grandes días y salir al acabar la etapa con mi bici por el monte a soñar que era él, atacando a rivales imaginarios por las cuestas y levantando los brazos como él al llegar a la cima. Creo que fue uno de mis primero sueños de infancia: ser ciclista como él. 

Nunca consiguió centrarse, tomarse en serio su carrera, ser más profesional y cuidarse; tenía un carácter demasiado impulsivo y frágil para la alta competición. Y así nos dejó, sumido en los oscuros recovecos de su mente, aumentados por las malas compañías y sus adicciones. 

Pocos deportes hay que despierten la misma emoción y sensibilidad, aunque muchos lo tilden de aburrido; creo que varios de los momentos más emocionantes de mi vida viendo deporte han sido con el ciclismo. El último: la recta de meta del sprint de Valverde cuando se coronó Campeón del Mundo en 2018. Me resulta imposible, aún hoy, verlo sin que un escalofrío me recorra y las lágrimas se agolpen. 

Lean, recuerden, emociónense, aprendan a descubrir, en estos días de encierro, toda la vida que tenemos delante y a la que no podemos prestarle atención en nuestro agitado día a día.

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