Vivimos en una sociedad donde todo se necesita ayer. Prisas, agendas apretadas, cada vez tenemos más demandas de nuestros trabajos e incluso de nuestras actividades de ocio: más series, más fútbol, más deportes, más destinos de viaje, más estrenos de cine, más centros comerciales. Y todo en las mismas 24 horas del día, porque de momento eso no cambia: solo cada cuatro años tenemos un día mas para dedicarlo a lo que podamos.

El coronavirus nos ha mostrado lo apretado de esas agendas. Y lo innecesario de algunas actividades que ocupan espacio en nuestra vida laboral o personal. Vaya, resulta que un grupo de ejecutivos no va a poder reunirse en algún lugar de Europa o en los Emiratos porque hay ciertas restricciones aéreas o de movimiento, y tendrán que tener su conferencia usando Skype o algún otro medio, quizá hasta la empresa cuente con un sistema de telepresencia. De pronto, no hace falta viajar, la empresa ahorra un dineral en hoteles, aviones y cenas de trabajo, los empleados tienen tiempo disponible en su vida familiar y la reunión es igual de efectiva.

Nos vamos a encontrar con que muchas veces podemos trabajar desde casa y con que quizá no hace falta pedir un día de vacaciones por quedarte a cuidar de un hijo que no se encuentra bien, o porque viene el fontanero a arreglarte una gotera, o porque tienes que esperar a que te traigan un sofá nuevo. De pronto, hemos ahorrado el tiempo que perdemos en ir y volver del trabajo, tiempo que no aporta nada a la vida laboral pero que lo pierdes en la personal. También ahorramos algo de dinero en gasolina y podemos levantarnos un poco más tarde, o dedicar el tiempo a llevar a los hijos al colegio o a pasear al perro. Incluso a desayunar mejor. Y además, sin conducir y sin tomar tanto vuelo. Así contaminaríamos mucho menos y dejaríamos un mundo mejor a las siguientes generaciones.

No todo es positivo, claro. Esta crisis llena de argumentos, tan oportunistas como populistas y erróneos, a partidos políticos que incluyen construcciones de muros y cierres de fronteras en sus programas. Algunas industrias van a sufrir un cambio que quizá vendría más adelante y todo cambio no planeado lleva un periodo de crisis y ajustes.

Centrémonos ahora en el deporte y empecemos por el fútbol y ese calendario absurdo que tenemos. Jugadores y entrenadores se han quejado del numero de partidos y, sin embargo, FIFA, UEFA y clubes quieren poner más y más futbol en nuestras vidas. Se trata de vender un producto por el método push, inundando el mercado por cantidad pero sin calidad. La Champions League tiene una fase de grupos cada vez mas innecesaria y que permite al Tottenham clasificarse tras perder en casa 2-7 o al Madrid ser segundo de su grupo con un punto en cuatro partidos y aun tener uno de sobra. Las fases de clasificaciones de los torneos internacionales están llenas de partidos sin emoción alguna. Es tan imposible que se clasifiquen San Marino o las Islas Feroe como que queden eliminados España o Alemania. Pero sigamos jugando.

Nos encontramos en una situación en la que es posible que hayamos visto partidos que no han servido para nada. Es probable que la temporada quede inconclusa, o que haya que organizar un fin de Liga digno de Pepe Gotera y Otilio, que la Champions League acabe jugándose a partido único en Dubai y rapidito, o que la Eurocopa quede aplazada. No se sabe, porque no hay fechas, ni plan de contingencia. Nadie espera una situación como esta, no se puede culpar a nadie, pero si el calendario de partidos no estuviese lleno hasta el último espacio, podría encontrase una solución mas viable. Es un caso claro de cómo la avaricia rompe el saco. En mil pedazos.

No sólo es el futbol. La ATP llena y llena el calendario hasta el punto de iniciar la temporada cada año en diciembre del año anterior. Los tenistas están obligados a ciertos compromisos hasta que su cuerpo dice basta y empiezan a retirarse en torneos importantes o simplemente dejan de acudir.

La Fórmula 1 intenta añadir cada año una prueba más, un destino aún más exótico, y no conforme con cruzar el mundo en avión, lo hace varias veces. El circuito ni siquiera es racional. Pasa por Europa varias veces. Sigamos contaminando el mundo, que da igual, no estaremos aquí para cuando lleguen las consecuencias.

Ahora asistimos a cancelaciones y problemas para estas organizaciones que tienen que devolver dinero a aficionados o a sedes que pagan por acoger los espectáculos —y volvemos al argumento de la avaricia, porque no hay días en el año donde recuperar el tiempo perdido—. ¿Necesita la NBA más de 80 partidos de liga regular? ¿Precisa el Mundial de Fórmula 1 más de veinte grandes premios? ¿La ATP tantos y tantos torneos? Yo no doy abasto. Nunca he sido un fan del deporte profesional americano, pero quizá sí podamos extraer una lección: algunos de sus deportes (el fútbol americano, el hockey hielo y el béisbol) se reparten el calendario y no se pisan la manguera. Si el fútbol no solapase el calendario anual del balonmano o el baloncesto, podríamos dedicarle algo de atención a esos deportes.

La oferta hoy en día es excesiva y no hay tiempo para todo. Es saludable hacer algo más que ver la televisión con el tiempo de ocio: pasear, leer, pasar tiempo con familia y amigos. Quizá el coronavirus y su caos nos hagan replantearnos cómo disfrutar del deporte profesional como espectadores y cómo cuidar al deportista para que nos dé un espectáculo mejor para que, entonces sí, valga el dinero que nos piden.

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