Es apenas un relámpago verde que pasa de forma regular, exacta, cada 45 segundos. Hay público, no demasiado. También periodistas. Unos y otros vienen atraídos por su historia, por su maravilloso relato de superación y esperanzas. Él no los escucha. Él, Celso, sigue pedaleando, en silencio.

El óvalo no termina nunca.

Nuestro protagonista se llama Celso Fonseca y nació en Lisboa hace 37 años. Un hijo del antiguo imperio luso, de ese que ha diseccionado, bisturí de doctor que escribe, Antonio Lobo Antunes. Su padre es portugués, su madre angoleña. Piel de color chocolate y sonrisas muy blancas.

Solo que no estamos en Portugal, no. Cielo oscuro, neblina, humedad. Celso pedalea en el Velódromo del Maindy Centre, en Cardiff. A apenas tres kilómetros de su hogar. A parecida distancia del que lo fue hasta hace pocos meses, el edificio de YMCA en la capital de Gales. Sí, un centro de acogida. Allí acabó esta figura, la misma que ahora está batiendo récords mundiales sobre su bicicleta, después de una época complicada. Una que ahora pretende superar sin olvidarla, sin dejar de lado a aquellos que, como él, un día no tuvieron nada a lo que agarrarse.

La vida de Celso Fonseca cambió cuando él tenía 19 años. Era un joven como los demás. Ciclista y atleta de nivel amateur, enrolado en el equipo filial del Benfica. Buen sprinter, con más dificultades cuando llegaban las cuestas a causa de su tamaño. Brazos enormes, piernas como columnas, cuello de toro. Su padre, un loco de la bicicleta, tenía la esperanza de ver a un Fonseca profesional algún día. Imagina, otro portugués imitando al gran Joaquim Agostinho, el mito, la leyenda que nadie olvida en el país, el mismo que falleció hace ahora un cuarto de siglo tras atropellar un perro en cierta etapa de la Vuelta al Algarve.

Aquel día estaba entrenando con la bici. Rodaba Celso por una senda tranquila, casi desierta, muy cerquita de Cascais. Lo recuerda perfectamente. Un coche estuvo a punto de arrollarlo. Luego bajó la velocidad y se dejó capturar. La ventanilla abajo, insultos. “Puto negro, vuelve a África y aprende a ir por una carretera”. Una catarata. Le volvió a cerrar, intentando pasar por encima del ciclista, arrojándolo a la cuneta. “Fue premeditado”, me cuenta Celso, “y no era la primera vez, antes ya había tenido otro incidente racista parecido”. La gota que colmó el vaso. No aguantaba aquella tensión, aquel ambiente. Así que se fue.

Nunca ha vuelto a Portugal.

Marchó a Cardiff. Allí tenía a Lucas, un antiguo amigo. Y, además, sabía el idioma. No se lo pensó. Un cambio radical, difícil, “una locura”, dice. También una sociedad nueva, menos xenófoba que la portuguesa, nos cuenta. “Si me preguntas cuál es mi nacionalidad hoy, te diré que Cardiff”. En Gales las cosas le van bien, consigue un trabajo, conoce gente, tiene una vida relativamente normal. Pero lleva dentro demasiados recuerdos, demasiados episodios. Algo se ha quebrado, aunque él no lo sepa.

A veces Celso se despierta temblando, sudoroso, asustado. Apenas duerme por las noches, pasa los días mirando por encima del hombro. Agotado, sin poder concentrarse. Preso de una cárcel mental, la peor de todas, aquella de la que nunca puedes escapar. Su ánimo se va degradando, hay mañanas en las que no sale de casa, la respiración acelerada solo por poner un pie en la calle. Cree que todos lo miran, que todos son potenciales enemigos. Acude al médico, después a un psiquiatra. Ahí le diagnostican. Trastorno de estrés postraumático, dicen. Palabras, términos técnicos. Él lo explica de una forma mucho más gráfica. “Sientes que estás siempre en peligro, sientes que te vas a morir, que cada minuto puede ser el último”. Un infierno.

Los recuerdos de Portugal vuelven a Celso. Son los causantes de ese miedo, de ese no poder vivir. Su existencia, que había ordenado desde la llegada a Cardiff, se quiebra. De forma casi definitiva. Deja de hablar con la gente, abandona sus relaciones sociales, lo echan del trabajo, se encierra en sí mismo. Las facturas empiezan a acumularse y no hay forma de pagarlas sin sueldo. Así que, al final, Celso Fonseca está viviendo en la calle. Un homeless más, otro de esos extranjeros de piel oscura que pueblan las esquinas de cualquier gran ciudad. Mirando atemorizado, con cambios continuos de humor. Él, de natural sonriente, se sorprendía llorando. Llorando, sin más. “La agresión provocó mis problemas mentales”, me dijo, “estoy seguro al cien por cien, y los doctores también lo están”.

Fue su momento más bajo. El más duro. ¿Qué hacías en tu día a día, Celso? “Caminaba, caminaba mucho, kilómetros. Nunca estaba detenido, porque entonces me daba cuenta de lo que realmente estaba pasando. Aprendí que el tiempo es lo más precioso en el mundo”. En total Celso Fonseca estuvo tres años sin residencia propia. Más de doce meses los pasó durmiendo en la calle. En hostales, centros públicos, a veces arcadas de iglesias o edificios históricos.

De esta forma llegó al albergue de YMCA en Cardiff, muy cerca del Parque Roath. YMCA (Young Men’s Christian Association) es una institución cristiana que originalmente buscaba dar orientación moral a los jóvenes, pero que en muchos lugares, especialmente del ámbito anglosajón, se ha consolidado como ayuda fundamental para personas con problemas económicos o de socialización. También es, en gozosa coincidencia, el movimiento que inspiró una de las canciones más conocidas y bailadas de los Village People… En la YMCA encontró Celso una nueva familia, una que lo apoyaba y con la que no temía abrirse. Antes, en la calle, había aprendido que entre iguales no había racismo. Sus problemas mentales continuaban (cree que los conservará toda su vida), pero veía una luz al final túnel. Fue allí, también, cuando retomó la bici.

El causante se llama Ethan, y es amigo íntimo de Celso. Él le prestó una máquina con la que empezó a rodar, a recordar viejas sensaciones sentado en un sillín. Así era feliz, olvidaba todo, sentía el aire deslizar sobre un rostro que ahora dibujaba más sonrisas. “Tenía el ciclismo en la sangre”, me cuenta, “así que no me costó entrenar cada vez más y más. Y, como siempre fui muy meticuloso con el deporte, pronto empecé a mejorar mucho”. Hacía salidas de cinco, de seis, de ocho horas. A veces por carretera (dice que se cruzaba habitualmente con Geraint Thomas, un galés que ganó el Tour de Francia en 2018), en otras ocasiones iba hasta el Velódromo de Maindy Centre y daba vueltas al anillo. Muchas vueltas. Y muy rápido.

Y así empieza la tercera vida de Celso Fonseca.

Lleva apenas dos meses en un nuevo domicilio, tras abandonar los albergues. No está curado (“uno no se cura de lo que yo tengo”) pero sí mucho mejor. Y entonces surge la idea. Algo, hacer algo. En bicicleta, sí. Creo que tengo ciertas cualidades, así que…por qué no. Será una forma de mostrar al mundo a los otros, los otros que yo mismo fui. Vamos allá.

El desafío no es poca cosa: batir el récord de distancia recorrida en 24 horas sobre una bici. O, lo que es lo mismo, tirarse un día entero dando vueltas a ese velódromo de 460 metros de longitud, muy cerca de “su” albergue de Roath. Una locura, pero la más cuerda que había vivido Celso en mucho tiempo. También la más ilusionante. Y la más difícil.

“No hubo ningún sponsor, no hubo ningún pago, no hubo nada. Tan solo una empresa, Events Cycles, que me dejó la bicicleta para intentarlo, una preciosa Cervelo adaptada a la contrarreloj, que pesaba únicamente 8 kilos. También otros me ayudaron, no me quisiera olvidar de nadie. Chris Lane, Ethan, Nathan, Jessica…mucha gente en Cardiff. Pero sin sponsor. Algo se comentó en Portugal, pero aun espero el dinero”.

La idea era visibilizar a la gente con problemas como los suyos. A los que deben convivir cada día con la enfermedad mental. A los que han tenido la desgracia de acabar durmiendo en la calle. Darles una esperanza. Se puede superar, se puede volver.

Sucedió el 18 y 19 de noviembre de 2017. A las 6:30 de la mañana del primer día, un sábado, comenzó Celso a pedalear. Le esperaban 24 horas sobre el sillín, sin detenerse, sin apenas bajar de aquel instrumento de tortura ni siquiera para comer algo, tumbarse en un banco, relajarse por un momento. Nada de eso. Una agonía continua. El hambre, la alimentación en marcha, superar la noche (con el frío, con la oscuridad, con el silencio). El viento, ese enemigo invisible del ciclista. Y, sobre todo, los pensamientos. Un día, un día entero, para reflexionar, para reconsiderar el pasado, las vivencias. Para refugiarse del dolor que se siente en el dolor que se ha sentido, quizá.

Empezó fuerte Celso aquella vez, manteniendo una velocidad media por encima de los 40 kilómetros por hora. Prueben, prueben a hacerlo sobre su bici, verán la magnitud del hecho. A las dos horas vomitó. Tras unas cuantas más dejó de sentir los pies, las manos. Pedaleaba por puro automatismo. Pero él seguía. Tenía cosas que demostrar.

En aquel intento conquistó cinco récords mundiales. El de los 100 kilómetros (en 2:43:08, por ejemplo), el de los 200, el de los 300, el de las 300 millas. Y el de los 500 kilómetros, el que más agónico de todos, según sus propias palabras. Tardó poco más de 16 horas en cubrir esa distancia, casi la misma que separa Madrid de Sevilla…

A partir de entonces la vida de Celso cambió. No en lo económico (“sigo sin sponsor, ni siquiera la Federación Portuguesa me ha respondido sobre si me podrá llevar a los Campeonatos del Mundo”), pero sí se hizo más popular. Antes de empezar su gesta tenía 300 seguidores en Facebook, poco después alcanzaba los 40.000. Y la prensa también empezó a hacerse eco de su relato. Tan real, tan cruel a veces. Durante el último intento de batir el récord de las 24 horas (lo probó, sin éxito, a fines de 2018) más de veinte periodistas cubrieron el evento, e incluso uno portugués se desplazó desde su país de origen para entrevistarlo. “Es una gran responsabilidad saber que toda esa gente está ahí, mirándote”.

También es distinta su posición en la comunidad de Cardiff. Allí se ha convertido en un personaje, alguien con una historia que contar (una historia inspiradora, una historia que no es siempre amable, una historia de verdad). Lo llaman para que dé charlas a los residentes en el albergue de YMCA y otros centros de acogida. También ha hablado para la Cardiff Community Charity Association. Le resulta difícil expresarse en público, contar su vida. A veces, antes de hacerlo, se derrumba, tiene deseos de dejarlo todo, de escapar. Pero sigue adelante. Siente que tiene una deuda con aquellos que están viviendo lo que él vivió.

Y, ¿cuáles son tus nuevos desafíos para este año 2019, Celso? No se lo piensa, lo tiene clarísimo. “Batir el récord de las seis horas, probar otra vez con el récord de las 24 horas y acudir a los Campeonatos del Mundo de ciclismo”. Este último es el que más le ilusiona. “Estoy buscando un patrocinador, y ayuda de la Federación portuguesa”. Y se ríe, con fuerza. “Pero es difícil, las cosas son lentas”.

Una última pregunta, solo una. A los que ahora pueden estar en una situación parecida a la que tú tenías, Celso, ¿qué les dirías? Silencio. Reflexiona. Luego habla con voz clara, muy lentamente. “Que no importa lo duro que parezca todo, no puedes dejar de creer. Igual estás en la cama, llorando, triste, y entonces el teléfono suena…y tienes lo que necesitas para seguir”.

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