Marina se levantó aquella mañana de lunes. Se vistió y se maquilló. Llevaba tiempo esperando ese día, aunque los suyos le habían dicho que no se hiciese ilusiones. Salió de casa con bastantes nervios y en poco tiempo estaba en la boca de metro. Acudía sola a la cita. Sus hijos habían insistido en acompañarla, pero ella, testaruda como siempre, no les había dejado. Lo que ha de ser será y mejor afrontarlo sola. Cuando iba a poner el pie sobre el primer escalón de bajada sintió algo dentro, algo que llevaba sin sentir bastante tiempo.

Volvió a casa. Rebusco entre los cajones de su dormitorio, aquel que durante años había compartido con su marido y que desde hacía tres se le había quedado grande. Al fin encontró lo que buscaba y lo guardó en su bolso. Mientras volvía a bajar a la calle se acordó de él. Volvió a recordar la primera vez que se vieron, los paseos por El Retiro y las tantas y tantas tardes que ambos compartieron su mayor afición: el Atlético de Madrid. Entre parada y parada de metro rememoraba las broncas que tenían cuando Agustín, su marido, se pasaba de la raya acordándose de los familiares del árbitro de turno. De lo larga que se le hacían las vueltas a casa después de una derrota y el brillo en la mirada de él después de un gol.

Fueron muchos los momentos de la vida de ambos que giraron en torno al club. Su primer regalo fue una bufanda rojiblanca. Era simple, de lana, pero él jamás se la quitó. En todos los momentos de su vida la llevó puesta. Incluso en la boda la llevaba debajo de la camisa. Mientras Marina cruzaba las puertas de su destino recordó la última vez que él llevó esa bufanda. Ambos estaban sentados en la grada del Calderón para presenciar su último partido allí. Ninguno pensó que aquel también era el último que verían juntos.

Ella tocó la puerta y una voz en su interior le invitó a pasar. Al fondo, detrás de un pequeño escritorio coronado por un ordenador, se encontraba el doctor. Este le explicó los detalles de su última sesión de quimioterapia y le tendió con una sonrisa un folio con los resultados. Marina le miró con cara de no entender nada. De los labios del médico se pudo leer la palabra “curada.” Marina no despegó palabra, su mano derecha abrió el bolso y acarició una bufanda rojiblanca de lana mientras de sus ojos comenzaban a brotar lágrimas.

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