Es difícil ser Eddy Merckx.

He pasado estos días leyendo el magnífico libro Merckx. Mitad hombre, mitad máquina, de William Fotheringham, que recientemente ha traducido al castellano la editorial Libros de Ruta, que es la principal culpable de proporcionarnos nuestras dosis a quienes amamos esto de las letras ciclistas. Les advierto que lo de “días” es un eufemismo, porque yo metido en harina me cepillo los textos que da gusto, renunciando a cualquier interacción social, entrenamiento destinado al Strava y demás zarandajas. No, no, a lo nuestro.

Y fue un placer. Es, sin duda, la mejor biografía de Merckx en nuestro idioma (tampoco hay más, vaya, al menos en los últimos tiempos) y, de lo que yo he leído en otras lenguas (rudimentos básicos y mi diccionario Espasa para ayudarme, el de VOX se cayó misteriosamente en el cubo de basura), también destaca. Por número de fuentes e informaciones, principalmente. Vamos, que totalmente recomendable. Eso sí, la cosa tiene tintes hagiográficos para el belga. Que es totalmente comprensible, vaya, porque resulta difícil sacarle pegas a este tipo. Pero lo advertimos.

¿Cómo? ¿Qué usted no sabe quién es Eddy Merckx? A ver, cómo podría presentárselo en pocas palabras… Ah, sí, ya sé.

Eddy Merckx es el mejor deportista de todos los tiempos.

Sí, sí. Admito discusiones, pero defenderé mi opinión a brazo partido. El que me venga hablando de Michael Jordan, Pelé y otras gaitas espero que traiga bufanda, porque le voy a golpear fuertemente con mi guante de cuero (o de lana, vaya, que aquí por las noches refresca). Pistolas, al amanecer, en la Playa de los Locos. Y esas cosas. Nadie (repito, nadie) ha dominado tanto un deporte de masas como hizo Eddy Merckx en los sesenta y setenta del siglo anterior. Una disciplina, el ciclismo en ruta, que además son dos. Grandes Vueltas y Clásicas. Pues bien, es el mejor en ambas. Busquen una foto de Cancellara y luego otra de Contador. Comparen sus morfologías. Pues bien, Eddy Merckx tiene mejor palmarés que ellos dos en sus respectivas especialidades. Indiscutiblemente. Nadie ha ganado más Tours de Francia que él, nadie ha ganado más Giros de Italia que él, nadie ha ganado más Mundiales de ciclismo que él, ni más etapas en el Tour, ni más San Remo, ni más Lieja, ni más Monumentos. Ni más victorias, vaya. Porque era insaciable. Una bestia.

Merckx, junto a Gimondi, en el Tour de 19

Una que sacrificaba su propio cuerpo por el camino. Porque, como dije, tuvo que ser duro llamarse Eddy Merckx en su momento de máximo apogeo. Competir todos los días, tener en tu interior un ansia irrefrenable por ganar… no, por dominar, que te llevaba a cometer las locuras más atroces. Nuevamente tiren de hemeroteca gráfica… hay imágenes de Eddy auténticamente dantescas, compitiendo, ganando, conquistando en las condiciones más dantescas. El Caníbal.

A mí siempre me ha interesado la figura de Merckx. Más allá, claro, del componente deportivo. Solo atisbar su palmarés lleva varios minutos (con la boca abierta, que cansa). Pero no, voy más allá. Lo que me subyuga de Eddy tiene más que ver con su psicología. Con el demonio que le habitaba por dentro obligándole a competir en cada carrera como si fuera la última. Cuentan que en la Vuelta a España de 1973 esprintó bajo una pancarta del (clandestino) Partido Comunista al confundirla con una meta volante. Una meta volante. Comparen y lloren. Hay otras anécdota, recogida por Fotheringham, que resulta igualmente esclarecedora sobre la personalidad que anidaba en este hombre. Cuando se enteró que había otro corredor belga con más victorias que él, echó la bicicleta al coche para competir (y ganar) una humilde kermesse. No le bastaba con vencer. También quería aplastar.

Una vez tuve la suerte de entrevistar a Eddy Merckx. Se mostró parco en las respuestas, siempre educado, correcto. Hablando con cariño de sus rivales, restando mérito a sus propias hazañas. Solo se soltó el pelo en una pregunta. Fue sobre el año 1975, ese en el cual fue derrotado en el Tour por un puñetazo, un borgoñón y su propia megalomanía desmedida. Pero aquello ocurrió en julio, y yo le hablaba de la primavera. Ese mes mágico (entre el 19 de marzo y el 20 de abril) en el cual Eddy Merckx encadenó victorias en San Remo, Amstel, Flandes y Lieja. Vuélvanlo a leer. Es increíble. Solo se le escapó la Roubaix, donde fue segundo, batido al sprint por Roger de Vlaeminck tras sufrir un infierno de pinchazos. Mi pregunta era clara, siempre me había intrigado. Eddy, si hubieses conquistado también la París-Roubaix… ¿hubieses ido con todo a ganar el Giro de Lombardía, logrando la hazaña inédita, inconcebible, de sumar los Cinco Monumentos en el mismo año?. La respuesta, muy Merckx, fue la siguiente. “No hubiera salido en Lombardía con más motivación, yo quería ganar TODAS las carreras”…

Eso define a un hombre. A un hombre triste. Sospecho que Eddy solo pudo relajarse, respirar y sonreír tranquilamente el día en que se retiró. Hasta entonces… nada. Solo esa necesidad imperiosa por vencer, ese no aceptar la derrota. No aceptar, siquiera, la victoria mal lograda, la del acelerón final, la que no está precedida por una exhibición de fuerza, de sadismo. Ganar así es ganar menos, aunque sigas ganando. Quizá sea un componente común a todos los grandes campeones. Cierto rasgo de psicopatía sociópata, por así decirlo (no me saquen los pies del tiesto, que es una metáfora). Quizá. O a lo mejor es que jamás hubo, ni habrá, nadie como Eddy Merckx, y por eso resulta tan fascinante.

Aunque fuera tan difícil ponerse cada día aquel maillot tan bonito de la Molteni…

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here