Vas y tienes suerte. A veces ocurre. Y hablo aquí de la suerte que te cambia la vida, no de la suerte de que alguien te devuelva la cartera que perdiste, eso es calderilla, nunca mejor dicho. Conozco el caso de un alto directivo que fue promocionado al cargo por la simple coincidencia de su nombre con el candidato que había sido recomendado. La confusión se alargó hasta el nombramiento y el hombre que no debió ser ha completado una prestigiosa y lucrativa carrera que aún prosigue. Eso es suerte.

Martin Braithwaite ha sido beneficiado por una confusión distinta, pero igual de afortunada. En condiciones normales, jamás hubiera sido futbolista del Barcelona. El mejor de los vientos le habría llevado a un equipo como el Levante, que viste igual que el Barça pero no es exactamente lo mismo. Y no lo digo porque Braithwaite sea un mal delantero, sino porque está lejos de ser una estrella, y uno tiende a pensar que sólo las estrellas (léase futbolistas especialmente dotados) juegan en equipos como el Barcelona o el Real Madrid.

En cierto sentido, el caso de Braithwaite debería ser un motivo de esperanza para las personas normales porque nos hace ver que cualquiera puede cumplir sus sueños. Y el mismo o parecido efecto tuvo el nombramiento de Quique Setién, más inspirador todavía para los mayores de 60 años. Nunca es tarde. Un días paseas entre vacas pasiegas y al siguiente entre vacas sagradas.

Que estos ejemplos coincidan en el lugar y en el mínimo plazo de dos meses, nos sugiere que el Barcelona es un buen sitio para echar un currículo.

Lo maravilloso del asunto (léase fútbol) es que todo esto podría salir bien. No sería tan descabellado que Braithwaite encajara en el grupo y marcara los goles que Griezmann se deja por el camino; insisto en que es un jugador estimable. Y tampoco debería asombrarnos que Setién se hiciera con el equipo, que el Barça eliminara al Nápoles y que el Clásico les fuera favorable. Piensen en la sólida carrera de nuestro alto directivo.

Por último recomiendo fijarse en la foto de Braithwaite y su novia Ana Laura. Concretamente en la sonrisa de ambos. Si observan sus bocas con detenimiento descubrirán algo de travesura y azoramiento, un poco de risa contenida, como si los protagonistas fueran conscientes de la carambola , como si tuvieran claro que todo parte de una enorme confusión en la que solo coincidía la especialidad, delantero.

Ahora piensen en ustedes mismos si mañana les llamara el Barça, o si una multinacional les ofreciera un puesto de gran prestigio y salario desmesurado. ¿Qué harían? Correcto. Poner la misma cara que Braithwaite y tantos ministros.

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