Tres meses después de ganar la guerra, Winston Churchill (1874-1965) perdió las elecciones. El mismo pueblo que le había aclamado durante la contienda le dio la espalda en favor del Partido Laborista. Este hecho, en apariencia inexplicable, ha sido investigado por numerosos historiadores con conclusiones diversas. Hay quien apunta al desgaste del poder o al populismo en el que incurrió el propio Churchill, y no falta quien atribuye al electorado una profunda sabiduría: el pueblo entendió que el hombre que los había guiado en la guerra no era el adecuado para guiarlos en la paz.

Aquel revés político no afectó a la relación entre Churchill y los ingleses. Sir Winston ganó las elecciones de 1951 y no creo equivocarme si digo que a día de hoy es tenido por sus compatriotas como el personaje más relevante de su historia contemporánea.

Hablo de Churchill porque quiero hacerlo de Simeone. También el Cholo ha ganado la guerra y también él se encuentra frente a un horizonte de paz. El club al que llegó hace ocho años no es el de ahora. La institución no está amenazada (o no lo parece), la mentalidad deportiva no es la misma y el cambio de estadio es mucho más que un progreso arquitectónico.

Los que consideran una herejía cuestionar a Simeone —eliminado de la Copa y a 13 puntos del liderato— temen que todo lo conseguido durante estos ochos años se pueda poner en riesgo sin la presencia del Cholo. El miedo es razonable, pero en este caso es un impulso fundamentalmente supersticioso. Si Simeone se fuera no se llevaría la mentalidad ganadora, ni la solidez institucional. No se me escapa que muchos de los que defienden su continuidad lo que temen realmente es quedarse a solas con Miguel Ángel Gil y Enrique Cerezo. Para los que desconfían de la dirigencia del club, y no son pocos, el Cholo es un líder insustituible, casi un contrapeso político. Pero nadie debería equivocarse en este sentido. Simeone no es la oposición al gobierno, sino el mejor colaborador que podían haber encontrado el presidente y el consejero delegado; para ellos, antes tan criticados, la paz ha sido el triunfo del entrenador. Y la mejor prueba de que lo han entendido es el contrato que le han firmado.

El hecho es que el Atlético de Simeone se sigue comportando sobre el terreno de juego como en los tiempos de guerra. La mentalidad no ha evolucionado como lo han hecho el entorno, los recursos y los presupuestos. Es verdad que la diferencia de clases permanece. Según Statista, el Atlético, con 349 millones, tiene el tercer presupuesto más alto del fútbol español después del Barcelona (671) y Real Madrid (641). Tan cierto como que el Atlético apabulla económicamente a quienes le suceden: Sevilla (185) y Valencia (171). Pero fijar los méritos en función de los presupuestos es, además de un triste reduccionismo, negar los poderes del entrenador mejor pagado del mundo.

Por mucho que Simeone se empeñe, el Atlético no es el equipo del pueblo y los primeros que no se creen ese mensaje son los futbolistas del Atlético. Ya no hay guerra. Después de fichar un jugador por 127 millones es hora de hacer otro planteamiento deportivo y filosófico.

Tal y como está el país no faltará quien me vea como un saboteador en casa ajena, miembro de una facción secreta del madridismo ultramontano. Han de saber que de existir esa facción yo estaría en la lista de bultos sospechosos. Pero esa es otra cuestión. Lo único que he pretendido es reflexionar sobre un respaldo que, según lo observe, me parece conmovedor o irracional, sano o venenoso. Y a partir de ahí me acordé de Churchill.

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