Las películas de superación nos han convencido de que las hazañas puntuales nunca vienen solas, sino que suelen estar enmarcadas en un guion que les otorga un sentido. Se trata de otra muestra de ese atavismo humano que consiste en la creencia en algún grado de predestinación.Si esto ha ocurrido, es por algo”, frase fundacional y justificadora de múltiples proyectos y no pocas relaciones de pareja, como si un inicio prometedor garantizase un mínimo de fiabilidad en el discurrir de los mismos. Sin embargo, pedir coherencia a unos supuestos hados habitualmente constituye un ejercicio de impotente inanidad, como terminan comprendiendo los enamorados y los enfermos crónicos, y perdón por la redundancia. El día después de San Valentín, finalizado el hechizo de su monumental victoria ante el Barcelona, Jaume Ponsarnau comprobó en carne propia que en muchísimas ocasiones las flores son de un día y las rayas mueren aisladas en el agua.  

Si hay un equipo experto en aplastar ilusiones y cuentos de la lechera ajenos a base de victorias tan solventes como crueles, ese es el Madrid. La legión de antis –en cada copa suele componerse a partir de amplios sectores de las siete aficiones rivales- suspiraba por que las dudas del enero madridista germinasen en una eliminación a manos de la frescura valencianista, pero el Madrid también les arrebató ese caramelo. Eso sí, tuvo la delicadeza de evitar su modus operandi usual, el de otorgar esperanzas hasta los últimos minutos para que la puñalada duela más. En esta ocasión, un blindaje defensivo demoledor, con un Tavares mandando fuera de la zona –probablemente en dirección al diván de un terapeuta- a todos los interiores taronjas, marcó las distancias desde el comienzo sin dejar un ápice de duda. Ni siquiera un segundo cuarto estrambótico, con nueve triples errados consecutivamente entre Rudy, Llull, Carroll y hasta el utillero, consiguió acercar al Valencia en el electrónico. Felipe Reyes cogía los rebotes ofensivos de cuatro en cuatro y volvía a sacar el balón a los exteriores como un padre que jugara con sus hijos. Cuando se sentó al filo del descanso, el speaker no supo si pedir aplausos o poner música de Benny Hill.

Para entonces la renta del Madrid era de catorce puntos, y el partido se encontraba en el alambre para los del Turia. Lo terminó de romper otra magnífica actuación de Campazzo con la batuta, que alternó las asistencias al gigante de Cabo Verde con acciones individuales de gran mérito. Los tiros de tres blancos dejaron de evitar el aro, mientras la intendencia de Deck repartía ayudas por doquier y Causeur y Thompkins ganaban confianza. El oficio de Colom y las ganas de Abalde veían cómo, a cada mínimo acercamiento, los merengues respondían por triplicado, incumpliendo brutalmente la ley del Talión. Llegaron a cosechar treinta puntos de ventaja, y se temió una derrota de proporciones históricas: desde las elecciones generales del noviembre pasado ninguna institución de colores naranjas se había hallado en horas tan bajas. No obstante, en el último período los suplentes madridistas mantuvieron la seriedad con un pistón más bajo, lo que permitió maquillar el resultado final. Una diferencia de veintitrés tantos que la hinchada valenciana no olvidará si el play-off liguero o europeo les ofrece una posibilidad de revancha.    

En el segundo encuentro, el Unicaja heredó el papel de rodillo y apabulló al Andorra desde el sonido de la bocina, subrayando sin piedad el carácter también coyuntural de la épica victoria de los de Ibón Navarro ante el Tenerife. Alberto Díaz, Jaime Fernández y Darío Brizuela conformaron el trío nacional de columnas en las que el conjunto malagueño sustenta su dominio: la sobriedad del dórico encarnada en Díaz, la rotundidad del jónico en la consistente anotación de Fernández y la estilización menos contundente del corintio en los amagues de Brizuela. Cuando el técnico andorrano exclamó a sus jugadores en mitad de un tiempo muerto “Are you scared?”, la pregunta adquirió condición retórica. Solo los triples de Hannah aportaron oxígeno a ráfagas, aunque de manera insuficiente. El Unicaja controló los ímpetus pirenaicos cerrando pasillos con Adams, Gerun y Ejim, y se citó con el Madrid en una final, tras once años sin aparecer. El destino, basándose en la tradición y las estadísticas, dice que el anfitrión siempre pierde. Pero, como dolorosamente han comprobado el Valencia, el Andorra, y tantos y tantos enamorados, el destino no existe.

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