En mi época, los niños no teníamos un teléfono móvil. Tampoco hubiésemos sabido cómo funciona un GPS. Pero teníamos un reloj Casio como este que fotografía hoy en su muñeca Luis Javier González. Un magnífico atleta de 800 metros que en la carrera en la que fue campeón de Europa en Split llevaba este  reloj. El mismo reloj que también acompañaba a un hombre como Fermín Cacho, que luego fue oro olímpico en Barcelona 92. Fermín, como Luis Javier, son hombres de la generación de 1969. Gente que ya supera el medio siglo y que fue capaz de llegar a lo más alto sin estos enormes adelantos tecnológicos de hoy sin los que ya casi no sabemos vivir. Y entre las señas de aquella generación siempre figurará aquel reloj Casio de color negro, incansable y con una capacidad de resistencia infinita para hacer frente al día a día. Su fotografía hoy nos provoca adición. 

No teníamos que esperar a la primera comunión para que nos lo regalasen. Nuestra amistad con él no corría peligro porque no podíamos aspirar a nada mejor que ese reloj Casio que, además, tenía cronómetro. En aquella época un cronómetro era lo máximo a lo que podíamos aspirar. Un cronómetro que nos ayudase a empezar de cero, a detener los tiempos de los partidos, a comprobar el tiempo que aguantabamos debajo del agua, a averiguar lo que tardábamos en el test de Cooper en las clases de educación física o a decirle a un compañero, «solo quedan cinco minutos para el recreo», cuando nos preguntaba la hora. Por eso es materialmente imposible escribir este artículo sin cariño. No acordarme de esos tiempos en los que la vida no viajaba tan deprisa. Aquellos relojes Casio no tenían tanta prisa por medirlo todo, por fiscalizarlo todo, por reconocer hasta el número de lectores que, al final del día, tendrá este texto. Qué lata a veces. Cuánto se echa de menos el papel. 

El caso es que hoy, de una nostálgica fotografía en redes sociales, ha salido este artículo que no es que se detenga en el tiempo. Ni siquiera se trata de que lo eche de menos porque los relojes de ahora son más grandes, más completos. Pero esta es una manera de volver a meter ese reloj Casio en nuestra habitación y de recordar que a su lado se criaron niños que hoy son magnificos médicos, periodistas o ingenieros en casas que ni siquiera tenían aire acondicionado en verano. Y nadie decía que fuese imposible vivir así. Por eso a veces es conveniente echar marcha atrás para recordar que también podemos ser felices sin disparar los gastos. No podemos hacer que ganes más pero sí que gastes menos, como recuerda tantas veces la publicidad. 

Juan Marcos escribía esta tarde, al ver esa mítica fotografía de Luis Javier González en Facebook, que él tiene un reloj Casio como ése desde el año 92. Desde entonces, asegura que nunca le ha cambiado la pila. Desde entonces, hemos visto crear países, hemos dejado de escribir y de recibir cartas de amor en el buzón y hasta hemos cambiado de trabajo. Pero ahí tienen a ese reloj Casio que no se cansa de seguir viviendo, de exponer su dureza frente a los nuevos tiempos en los que todo se estropea más rápido. Por eso uno es fiel a los recuerdos porque los recuerdos también nos sirven para explicar que por todos los caminos se puede llegar a Roma. Fermín Cacho, con un reloj Casio, fue campeón olímpico. Es más, todavía sigue siendo el atleta español más rápido de la historia en correr los 1.500 metros. Todo eso con un reloj Casio en la muñeca. De ahí que un respeto a las viejas reliquias del pasado. Su leyenda es abrumadora y su presencia sigue siendo eterna en nuestra vida. Podríamos dedicarle un minuto o una novela. Eso ya depende de cada uno. Pero, en cualquier caso,  siempre lo podemos poner de ejemplo, reflejo innegociable de una época en la que no éramos peores y en la que esos relojes Casio no se cansaban nunca de existir. 

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