Quien diga que lo veía venir se atribuye poderes que no tiene. Nadie lo veía venir. La única sospecha, si es que alguien sospechaba, se podía basar en la enfermiza indolencia del Real Madrid en la Copa, un solo título en los últimos nueve años. Pero nadie pensaba en eso, o no seriamente. Digamos que esa posibilidad era uno de los 60.000 pensamientos, en su mayoría negativos, que se nos pasan por la cabeza al cabo de un día; imaginamos lo peor para anular (ingenuos) la posibilidad de que ocurra.

Las sensaciones deportivas eran inmejorables. En los últimos partidos, el juego había adquirido velocidad de crucero: 21 partidos sin perder. La solidez defensiva, por infrecuente, ponía los pelos de punta. El optimismo se agigantaba en la comparación con los eternos rivales y sus recientes achaques. Pobres.

Por eso nadie lo veía venir, a excepción, si acaso, de los que hilan muy fino y atienden a cualquier pista por diminuta que sea. Durante la semana, nadie había hablado de la Real Sociedad como un enemigo a tener en cuenta. De hecho, se había hablado muy poco de la Real. Y el fútbol castiga estos ninguneos. Porque el fútbol, no es un deporte, o no solo es eso: es alguien susceptible e iracundo con los que no respetan ciertos códigos. Son conocidos, pero los olvidemos pronto. Uno de ellos recomienda no celebrar por anticipado. La arrogancia es un boomerang.

Quien piense que la culpa es de Zidane por haber dado entrada a varios suplentes (Areola, Nacho, James y Brahim) está en su perfecto derecho, aunque el argumento es endeble. Esos jugadores no modificaban la fisonomía del equipo. Quizá provocaron desajustes en el sistema por falta de hábito, pero nada relevante si el resto de sus compañeros hubieran dado el nivel.

El problema fue colectivo. Es posible que el contagio se produjera durante la semana, en los entrenamientos. Alguien levantó el pie y luego lo hizo otro, y después cayeron los demás. En algún momento dejaron de pensar en la Real Sociedad y en el valor del partido. Si alguien hubiera advertido los síntomas, todavía habría habido tiempo para agitar las conciencias con varias películas de terror: Alcorcón, Real Unión, Cádiz… Pero nadie se dio cuenta. Hasta que empezó el partido.

El Real Madrid saltó al campo sin tensión y la Real lo hizo con la motivación máxima de quien ha planeado el asalto hasta el mínimo detalle. Imanol sabía que al Madrid le pasan estas cosas. Y sabía también que la Real tiene fútbol, además de agallas. Lo viene demostrando durante toda la temporada, aunque con los altibajos de los equipos a media cocción.

Hay otro código que apunta a los buenos jugadores que se han sentido rechazados o no entendidos: cuidado con ellos. Tenía que llegar el día Odegaard como llegó el de Etoo. O el de Morientes. O el de tantos. Y dolió como entonces. El noruego marcó el primer gol del partido y movió a su equipo con aires de gran futbolista. El Real Madrid no se asustó: creyó que sólo le haría falta ordenar los papeles sobre la mesa. Pero debió asustarse.

El niño Isak marcó tres goles seguidos aunque solo le concedieron dos y el Madrid se descompuso por completo. No ayuda la esquizofrenia que se vive en el estadio. Una mayoría de los espectadores dice lo que piensa y una minoría grita con megáfonos lo que le ordena el club: canten mucho y muy alto, especialmente cuando se escuchen silbidos. Esos ánimos están por completo disociados del juego y por eso mismo no tienen efecto sobre lo que sucede en el campo. Porque son mentira.

A partir de un momento determinado, el partido se convirtió en una charada con el VAR de cómplice: sus interrupciones son más molestas que la injusticia. La Real tenía el encuentro ganado (o casi), pero su portero era un flan. Y eso también se contagia. Ni el cuarto gol fue una garantía para el visitante. Al sentir el último empujón del Madrid, a los donostiarras les temblaron las piernas y las convicciones. No hubiera sido un milagro el empate a cuatro.

Al final, la eliminación hubiera merecido una pitada absoluta sin que eso niegue el amor verdadero. Porque no hay disculpas. Y porque la temporada perfecta se puede arruinar por una noche así. En cierto sentido es como volver a la bebida en quien prometió dejarlo. La misma desolación. La impresión de que no se ha avanzado nada. Ya no sabemos qué es verdad, si esto o lo de antes. Y eso que hace los próximos 60.000 pensamientos, al unísono, sean profundamente negativos.

3 – Real Madrid: Areola; Nacho, Militao, Sergio Ramos, Marcelo; Valverde (Rodrygo, m.76), Kroos, James (Modric, m.46); Vinicius, Brahim (Jovic, m.76) y Benzema.

4 – Real Sociedad: Remiro; Gorosabel, Aritz Elustondo, Le Normand, Monreal; Zubeldia, Mikel Merino, Odegaard (Guevara, m.64), Januzaj (Barrenetxea, m.46); Isak (Aihen, m.70) y Oyarzabal.

Goles: 0-1, m.22: Odegaard. 0-2, m.54: Isak. 0-3, m.56: Isak. 1-3, m.59: Marcelo. 1-4, m.68: Merino. 2-4, m.80: Rodrygo. 3-4, m.93: Nacho.

Árbitro: Mateu Lahoz (colegio valenciano). Amonestó a Militao (m.77) y Vinicius (.m95) por el Real Madrid; y a Le Normand (m.19), Zubeldia (m.66) y Oyarzabal (m.94) por la Real Sociedad. Expulsó a Gorosabel en el minuto 95.

Incidencias: Partido de cuartos de final de Copa del Rey disputado en el estadio Santiago Bernabéu ante 64.012 espectadores.

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