Aquel curso, el colegio decidió que necesitábamos 2 horas más de clase cada semana, así que martes y miércoles salíamos tarde, cuando los autobuses escolares ya se habían marchado. Hacíamos nuestro propio camino de vuelta a casa y el último tramo de mi viaje era en el 27, Plaza de Castilla a Plaza de Lima, junto al Bernabéu.

Aquel día se jugaba un amistoso, España-Inglaterra. Del partido me acuerdo poco; creo que debutó y marcó un delantero del Sevilla llamado Ramon y que España anotó el primer y el último gol del partido. Entre medias, Lineker metió 4. Lo que recuerdo y me cuesta olvidar de aquel partido fue muy anterior al pitido inicial; fue al bajar del 27 y empezar el camino a casa por Concha Espina. Allí se estaba produciendo una pelea salvaje entre hooligans de la selección inglesa y los ultra sur del Real Madrid, como si hubieran sido “seleccionados” para ser los hooligans de España.

Era 1987, una época en la que la violencia en el fútbol era habitual. Cualquier club tenía un grupo de ultras y los incidentes violentos se sucedían. Los insultos y las pancartas de cualquier tipo eran asumidas como parte del juego. Fue necesaria una tragedia como la de Hillsborough, añadida a la barbarie de Heysel, para que las instituciones y los clubes hiciesen algo para frenar la violencia. El aficionado de 15 años que fui aquel día en Concha Espina agradece que cuiden nuestra seguridad. El cínico de 47 años que soy hoy cree que alguien se dio cuenta que el fútbol así iba a quedarse sin aficionados y sin negocio. La creación de la Premier League fue un paso de gigante en ambas direcciones.

Y paso a paso, sin descanso, hemos retrocedido hasta lo peor de los años 80.

Durante el partido de vuelta de las semifinales de la Copa de la Liga, algunos aficionados del Manchester City simularon ser aviones, levantando los brazos en forma de cruz, en referencia al accidente aéreo de Múnich de 1958, para burlarse de los aficionados del United. Un grupo de aficionados del United se plantó en la residencia de Ed Woodward, director general del club, lanzando bengalas y publicando el vídeo a través de las redes sociales, hasta con orgullo.

Iñaki Williams fue insultado por un grupo de aficionados del Espanyol simplemente por su raza, en el mismo partido en que aficionados de Espanyol y Athletic protagonizaron incidentes cerca del estadio, como ocurrió entre aficionados de Valencia y Barcelona.

No es verdad que esta gente no sean aficionados al fútbol. Son una parte de aficionados al fútbol que no nos representa a todos, ni siquiera a la mayoría, pero es absurdo ignorar que existen como una parte de la afición.

El fútbol es solamente un reflejo de la sociedad, un reflejo con un altavoz muy poderoso porque los deportes de equipo añaden una componente emocional que algunos aficionados no saben controlar. Esta violencia, este odio, es un síntoma más de una sociedad que crea Vox o Brexit, porque aunque tenemos mucho, queremos mas. Odiamos al vecino que tiene un coche mejor, se insulta a personajes públicos porque en muchas ocasiones se les envidia. Hay quien prefiere la derrota del rival que el triunfo propio, y no sólo en fútbol. La sociedad en la que vivimos no tolera el éxito ajeno con facilidad. Así está internet lleno de “valientes” que insultan escondidos bajo un alias y en los estadios de fútbol proliferan como hongos los insultos homófobos o xenófobos, eso sí, amparados en la seguridad que el ascenso de ciertos partidos políticos ofrece.

No soy médico, pero estoy convencido de que cargar esas toneladas de odio en el interior de una persona debe ser dañino para la salud física y no tengo la menor duda de que daña la salud mental. Ademas, debe resultar agotador poner tanto esfuerzo en aquello que odias en lugar de ponerlo en lo que te agrada.

Ya lo dice el refrán “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”.

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