Ella va de la mano con su madre, como siempre le ha gustado y porque le sigue infundiendo tranquilidad.

—Mira nena qué azalea tan bonita.

Su madre le va nombrando todas las plantas mientras pasean de la mano, porque su madre intenta que ella las aprenda y que no se le olviden, despacio y bajo el sol del otoño. Su madre la mira con mucho orgullo, y ve a su niña, tan bonita, con su carita de ángel, y le dice que cree que mañana va a llover, y su nena le pregunta que cómo lo sabe y ella le responde que porque le duele este hueso o aquel otro.

Y continúan su paseo de la mano, y esa nena mira a su madre, orgullosa, y la ve tan fuerte, tan capaz de todo, eterna luchadora en quien ampararse y a quien acudir, sin querer soltarle la mano. Las plumarias están en flor, y su nena se mete en el parterre para intentar cogerle una a su madre, porque sabe que le encantan y que la pondrá en agua y la dejará para mirarla, pensando que se la ha regalado su nena.

Ten cuidado hija, no te vayas a lastimar.

—No mamá, voy con cuidado, pero es que he visto una flor muy bonita, para regalártela.

Y cuando se la da, su madre la mira y, dándole un beso le dice que es preciosa y que la va a poner en agua para así poder mirarla, porque se la ha regalado ella, invadiendo a las dos un sentimiento de felicidad mientras se miran, y con la flor en una mano, le coge la suya con la otra, y continúan su paseo entre plantas y flores, despacio y con cuidado, para no tropezar, para no lastimarse.

Y al cabo de un rato, cuando la madre se cansa, mira a su nena, pero esta, y antes de que hablara, sabiendo lo que le va a decir, le da un suave tirón de la mano y le dice:

—Mamaíta, un ratito más, anda— y su madre no puede negarse, porque es otoño y las dos pasean y ella lleva a su nena de la mano así que continúan su paseo un poquito más hasta que al cabo del rato le dice:

—Nena, ahora sí, vamos a volver que ya nos estarán esperando y no quiero que se nos haga tarde.

Y se dan la vuelta, y se dirigen al aparcamiento del parque y entonces un hombre de unos cincuenta años, se acerca a las dos sonriente llevando un bastón en la mano y dice: 

—Hola mamá—, mientras le da un beso y una abrazo a la nena, y entonces esta le pide que le dé el bastón a su abuela, que está cansada por el paseo, y le da el bastón y otro beso y les dice vámonos ya que se va a hacer tarde y refresca. Y la mamá mira a su nena, tan niña y tan bonita y le dice que sí, con su flor en la mano que va a poner en un vaso para mirarla, porque sabe que se la ha dado ella.

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