La llama de Luka Modric se apaga. Pero es admirable la forma que tiene el croata de morir. Muchas veces no se nos recuerda por cómo hemos vivido, sino por cómo supimos retirarnos a tiempo. Esa es la imagen que define a este Real Madrid. Moribundo, pero con talante. Asumiendo que ayer pudo escaparse la poca esperanza que quedaba y aún así, deseoso de jugar el partido de vuelta por si puede pegar algún manotazo de ahogado que le salve de las brasas. Este equipo vive desde hace tiempo con un «no me den por muerto» por bandera.

Cargar de responsabilidad a jugadores de 19 años es irreverente e injusto. Si el Real Madrid depende de Vinicius para pasearse con la cabeza alta por Europa, es que no se piensa con claridad. Si Zidane decide que Kroos no juegue ni un minuto porque le parece una idea brillante cuando en realidad es una maniobra suicida, debe ser condenado a trabajos comunitarios durante el resto de la semana. Y no pasa nada. Un tortazo a tiempo evita disgustos en futuros partidos decisivos, aunque parece que no va a haber ya muchos de esos si nos dejamos llevar por el pesimismo —y si el Barcelona mete el dedo en la herida el domingo, saquen brillo al ataúd—.

El City contaba con De Bruyne y el Madrid tuvo miedo. Los minutos infames de Gareth Bale solo corroboraron que ya tiene cara de ex jugador, no sé si de fútbol, pero desde luego sí del Real Madrid. El equipo de Zidane es una amalgama de promesas que no valen nada y de glorias caducadas.

Por momentos, al Madrid parece dejar de importarle hasta dónde puede llegar, porque ya llegó demasiado lejos hace tiempo, al ganar tres Champions seguidas que en su momento valoramos casi con desdén. Y es que Kiev debió de haber despedido por todo lo alto no solo a Cristiano Ronaldo, sino a una ristra de jugadores para los que cualquier tiempo pasado fue mejor. Nietzsche tenía su eterno retorno y el Madrid su interminable fin de ciclo. Ya no vale pensar en el pasado, pero sería difícilmente defendible que en el próximo verano la casa volviese a empezarse por el tejado, en lugar de derribar sus cimientos y rehabilitarla por completo. Es sencillo, para poder volar, hay que aligerar peso.

El Madrid tiene la espalda ancha, pero en esta caída ha aterrizado de cara y al levantar la mirada, la sombra de Guardiola tapa cualquier atisbo de luz. Tarea complicada la remontada, porque en Manchester pocas veces sale el sol y a este equipo se le ha nublado la vista y se le ha oscurecido el horizonte.

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