La muerte de David Gistau nos afecta a todos porque es la prueba innata de que esta vida puede llegar a ser muy injusta. No es la primera noticia trágica que afrontamos, ni será la última, pero por mucho que este mundo se empeñe en mostrarnos que el cine negro puede parecer Disney al lado de la realidad, nos negamos a aceptar que los finales no tienen por qué ser felices.

La vida sigue confrontando nuestras ideas, y seas creyente o no, cuesta aceptar historias como la de Gistau. En la feria del libro de Madrid tuve ocasión de visitarle para que me firmase ‘Gente que se fue’ y pude charlar con él un rato. “Para mi compañero de galera”, escribió. Me pareció un tipo humilde, un alien, en definitiva, en este barco de egos infantiles que es el Periodismo.

Su fatal desenlace está demasiado cercano del de Kobe Bryant, un accidente que también azotó las conciencias de todos. Y es que parece que este 2020 está empeñado en hacernos ver que nuestra existencia es efímera, como dice Pedro G. Cuartango, y que más nos vale aprovechar el momento y olvidar las gilipolleces. Aunque de todos es sabido que el ser humano es dado a la demencia y da igual cuantas mierdas ocurran porque nos seguiremos cabreando por el detalle feo del compañero de curro, la mala atención al cliente de algún local o cualquier otra nimiedad del día a día.

Desde que conocí la noticia de su enfermedad he pensado en él con frecuencia. He imaginado la posibilidad de que un día te desvanezcas y todo se vaya al garete. Así, sin avisar. Dejar de existir de la noche a la mañana. Porque cuando dejas de percibir, dejas de existir, y está bien que nos quede el legado de Gistau, su magnífica prosa y su ejemplo periodístico, pero no es suficiente. Por mucho que queramos, dejó de existir desde que no pudo abrazar a sus hijos un día más

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