La tarea más complicada del mundo es pensar. Dijo Pierre De Marivaux, que hay que tener muy buen juicio para advertir que no lo tenemos. Garbiñe ha estado tiempo buscando las razones que no la dejaban avanzar en el lugar equivocado. Malas maneras, malas costumbres, muchos entrenadores y pocas soluciones. Garbiñe lo tiene casi todo para dominar el circuito, y ahora que ha encontrado la estabilidad emocional y mental que necesita para enfrentarse a sus demonios —gracias al trabajo de una Conchita que la susurra al oído en vez de levantarle la voz— la hispano venezolana, a pesar de la dura derrota de hoy, puede resarcirse esta temporada de tantos momentos donde ha tenido que irse por la puerta de atrás.

 


Enfrente estaba Sofia Kenin, promesa emergente de 21 años que se ha curtido en las manos del prestigioso Rick Macci, el que fuese entrenador, por ejemplo, de Venus y Serena Williams. En 2019 ganó sus tres primeros títulos: Hobart, Mallorca y Guangzhou, además de haber jugado la final de Acapulco. Muguruza y Kenin habían jugado una sola vez: en el torneo de Pekín 2019, con triunfo para la estadounidense por 6-0, 2-6 y 6-2.

Era importante que Kenin llegase a golpear en carrera para que Muguruza controlase la iniciativa y le enseñase su experiencia a la joven tenista norteamericana. Gracias a la agresividad de Garbiñe, Kenin no estuvo cómoda en ninguna fase del primer set. La clave, un primer servicio sólido que multiplicaba por diez sus posibilidades de éxito en el juego. Garbiñe estuvo más errática que en los partidos anteriores, pero solventó el peso que sentía sobre los hombros con mucha confianza y seriedad. La primera manga caía de su lado (6-4) y los molinos de viento, que tantas otras veces le hacían encoger el brazo, parecía que iban desapareciendo de su camino hacia la redención.

 


 

Lo importante para Kenin era acordarse de su juventud, apoyarse en su carácter, intentar labrarse una reputación y recuperar el crédito perdido en el primer set. Lo hizo todo de golpe, espoleada por una Garbiñe fallona, que cuando pierde la concentración, se desangra. Kenin no dio opción a Muguruza en el segundo set (2-6) y la final volvía a estar en punto muerto.

 


Entonces volvieron los malos recuerdos. Cuando desordena su cabeza, Muguruza peca y así lo demostró en el tercer set (2-6), donde se entregó a la desesperación que le generó una jugadora de 21 años que jugaba su primera final de Grand Slam. A Garbiñe se le escapó el partido en detalles, pero no me gustaría que su gran torneo cayese en saco roto, cuando ha encontrado la senda correcta y vuelve a sentirse competitiva. Esta final era la cuarta de Grand Slam que disputaba en su carrera tras la de Wimbledon 2015, perdida ante Serena Williams y las de Roland Garros 2016—donde se vengó de la pequeña de las Williams— y Wimbledon 2017 —ganada a Venus Williams—. Ese mismo año 2017, alcanzó el número 1 del mundo por primera vez. Hoy, tras recuperar el buen juicio y después de superar aquella crisis que la hizo desaparecer de las apuestas ganadoras, Garbiñe puede volver a caminar orgullosa entre sus propias cenizas. De esta derrota sí puede sacar algo positivo. Y ojalá, esta vez, haya vuelto para permanecer en la historia.

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