Decir Luis Aragonés en el madrileño barrio de Hortaleza es un seguro de vida para que las puertas empiecen a abrirse. Es lo que ocurre en Casa Florencio, uno de los restaurantes más antiguos del lugar donde su fundador compartió pupitre y andanzas con la leyenda del Atlético de Madrid. También mañanas y tardes de fútbol. “Luis era muy dormilón y había que ir a despertarle muchas mañanas, el fútbol entonces le importaba menos, pero luego era el que nos metía los goles”. La memoria de Florencio, amigo íntimo de Aragonés, se hunde hasta una España en blanco y negro que empezaba a descubrir el fútbol como gran fenómeno de masas. Inmortalizados en su bar aún quedan recuerdos de entonces, de ese tiempo en que el Cabezota y el Plomos, soñaban con un futuro mejor.

“A él nunca le gustó lo de Zapatones, ni lo de Sabio de Hortaleza. Para nosotros era El Plomos, cuenta Florencio, al que todos conocían como Cabezota “y no solo por el tamaño, también por mi carácter”, puntualiza. El apodo de Luis, pese a todo, también tiene un origen futbolero: “Era muy delgadito y cuando jugábamos en las eras o en el cerro, en la parte alta del barrio parecía que se le iba a llevar el aire. Los mayores le veían jugar y decían que había que ponerle unos plomos en la camiseta y en los pantalones para que no echara a volar, así que todos empezamos a llamarle así”. Luis y Florencio empezaron a dar patadas a un balón muy pronto, “jugábamos en las eras, en la calle, vivíamos muy cerca el uno del otro, y en 1953 se funda El Pinar, el club del barrio, y allí jugamos los dos”.

El barrio marca el camino

Hortaleza era entonces un pueblo a las afueras de Madrid, donde las huertas y las eras todavía no habían sido engullidas por la gran urbe. Tanto la familia de Florencio como la de Luis Aragonés labraban la tierra, y en aquellos días también se forjó una amistad que sería de por vida. La construcción empezaba a florecer y el padre de Luis puso una tienda de tejas y ladrillos. Los lazos se siguen estrechando. El edificio en el que hoy reluce Casa Florencio se levantó con esos ladrillos. Algún que otro porte, le tocó hacer a Luis Aragonés. Aunque el fútbol se convertiría pronto en su salvoconducto.

Los focos del balompié les habían deslumbrado a ambos desde bien pequeños, cuando con las dos pesetas que les daban sus madres se colaban en el tranvía y acudían al recién inaugurado Chamartín. “Teníamos dos carnets y con ellos terminábamos entrando el grupo de cuatro o cinco amigos que nos juntábamos. Entrábamos dos y luego salía uno con los dos carnets para entrar de nuevo. Así hasta que todos nos reuníamos dentro del estadio”. La picaresca se cultiva a edades tempranas y quizá por ello Luis llamó la atención del Getafe pronto. Allí se marcha en 1957 y tras un año llega el siguiente salto. El gran salto. Lo ficha el por entonces Tricampeón de Europa, el Real Madrid. Eso sí, nunca vestirá la camiseta del primer equipo, solo la de su filial el Plus Ultra. Luis comienza entonces un peregrinar en forma de cesiones que lo llevarán de Huelva a Oviedo, pasando por Sevilla o Alicante. Entre medias conocerá al amor de su vida.

Cuando el Real Madrid ficha a Isidro, marido de Carmen Flores y padre de Quique Sánchez Flores, los verdiblancos encuentran en Luis Aragonés el recambio. En Heliopolis jugará tres temporadas llegando a ser en la 62-63 el máximo goleador del equipo con 14 dianas. Florencio comienza esa temporada jugando en La Roda, y en esa pretemporada se acerca a Sevilla para pasar unos días con su amigo. Es agosto y hace 40 grados a la sombra, rememora Florencio: “A las ocho o las nueve nos íbamos a tomar unas cañas a los baturrones (uno de los bares de referencia en Sevilla en esos años) y comíamos bien. ‘Hoy nos hemos pasado de la cuenta con las cervezas y ahora hay que echarlas’, me decía Luis. Así que luego le tocaba machacarse en los entrenamientos”. Eran tiempos donde los preparadores físicos y los nutricionistas todavía no habían aterrizado en el mundo del fútbol.

Atlético de Madrid, el inicio de la leyenda

Al final de esa temporada, Florencio dejará el fútbol y dará un golpe de timón a su vida inaugurando su propio restaurante, Casa Florencio. En ese mismo verano, el de 1963 Luis se casa con Pepa, la mujer de la que se enamoró tras su paso por el Recreativo de Huelva. Florencio acude al casamiento en tierras andaluzas. Un año después, convertido ya en figura del Betis, el Atlético de Madrid fichará al antiguo canterano blanco. La grada del viejo Metropolitano tiene bien presente su pasado. “No fueron fáciles los inicios. La afición no le quería al principio por haber salido de la cantera del Madrid, le llamaban Zapatones y la gente estaba más con la vieja guardia, jugadores como Griffa o Collar. Todo cambia cuando se mudan al Calderón” (entonces Estadio Manzanares). Luis también pone de su parte. El primer gol en el nuevo estadio lleva su firma.

“El entrenador que apostó por él fue Otto Gloria, aunque ya era titular con Bummel”, rememora Florencio, al que los recuerdos de aquellas tardes en el Manzanares se le arremolinan en la cabeza. La llegada de su amigo al Manzanares propició que se hiciera abonado y que fuera testigo privilegiado del idilio entre El Plomos y la entidad rojiblanca. Pese a que ya no jugó como delantero en la temporada 69/70 se proclamó pichichi de la Liga con 16 tantos (empatado con Gárate y Amancio). “Otto venía de entrenar a la Selección portuguesa en Inglaterra’66 y fue él quien retrasó a Luis para que jugase de interior. Marcel Domingo también le hizo llevar la batuta”. Con uno y con otro Luis levantará títulos para engrosar un palmarés donde relucen tres Ligas y dos Copas.

Representantes de la Unión Internacional de Peñas del Atlético de Madrid junto con Florencio en un homenaje reciente a Luis Aragonés en Hortaleza. Luis Cárcamo

Entrenador de un día para otro

“Su espinita siempre fue la Copa de Europa”, se arranca Florencio. “Encima él hubiera sido el héroe de aquella final del 74 con el gol de falta. Hasta que llegó el narizotas aquel, el cuatro (el cuatro es Georg Schwarzenbeck) y empató a 40 segundos del final”. El Bayern de Munich les pasará por encima 48 horas después en el partido de desempate que decantará para los alemanes el máximo título continental. Luis, a sus 36 años, avista el final de su carrera: “Me tengo que poner las pilas, porque la competencia viene pegando fuerte y me tengo que machacar más. A estos los han traído para quitarme el puesto”, le confesará Luis a su amigo.

La competencia es el clan argentino que llega de la mano de Juan Carlos Lorenzo. El entrenador que les ha llevado hasta la final de la Copa de Europa apuesta por compatriotas como Ramón Heredia, Panadero Díaz o Rubén Ayala, y la figura de Luis pierde poder. Pero los acontecimientos dan un giro inesperado tras la jornada 9 de Liga y Vicente Calderón despide a Lorenzo y le ofrece el banquillo a Luis. En un parpadeo cambia la zamarra número 8 por el chandal y la libreta. “A él le gustaba más jugar al fútbol que ser entrenador, ¡Como a todos!”, sentencia Florencio. El primer título de Luis será la Copa Intercontinental de 1975, ganada a Independiente tras la renuncia del Bayern a jugarla.

A la Intercontinental le seguirán una Copa (ya del Rey) en 1976 y una Liga (1977), la única que tiene como entrenador. En sus casi 40 años en los banquillos Luis Aragonés entrenó hasta 9 equipos diferentes para convertirse en el entrenador con más partidos en primera división. “Hasta tres veces tuvo ofertas del Real Madrid encima de la mesa. Tres veces como mínimo”, insiste Florencio, “pero nunca se llegaron a poner de acuerdo. O Luis ya había dado su palabra a algún club o tenía contrato en vigor”. Otro con el que no fructificaron las negociaciones fue con Lendoiro, en el amanecer del SuperDepor: “Lendoiro le quería fichar y le intentó convencer, pero Luis le comentó que su caché era de 300 millones de pesetas (principios de los 90). Entonces el presidente del Depor se plantó y le dijo que eso era mucho dinero. Luis le contestó que cuando los tuviera que le volviera a llamar”.

La selección, dolor y gloria

“Fueron años muy complicados, de mucha presión, aunque él disfrutó mucho también, él estaba en su salsa”, dice Florencio para referirse a esos cuatro años en que su amigo de la infancia se convirtió en Seleccionador Nacional. “Tuvo mucha presión porque Raúl entonces era el Dios del fútbol español y cuando dejó de llevarlo a la Selección lo pasó muy mal. Ahí hubo un complot entre los tres: Raúl, Michel Salgado y Albelda, que querían mandar mucho, le quisieron hacer la cama y Luis dijo que se iba a hacer lo que el decidiera”, desvela Florencio. La apuesta de Aragonés fue David Villa “y el tiempo le terminó dando la razón, porque Villa es hoy el máximo goleador de la Selección Española y con él se fue campeón de Europa y del Mundo”.

Pese a ello, Florencio encuentra similitudes entre el 8 rojiblanco y el 7 del Madrid: “Raúl y Luis eran muy parecidos en un terreno de juego, en cuanto a carácter y liderazgo, y luego tenían eso que te enseña la calle, esa intuición, esa viveza, para no ser ningún prodigio técnico y acabar siendo dos leyendas de sus equipos”. Precisamente ese carácter y ese liderazgo es lo que echa en falta Florencio en su Atleti actual: “No hay ningún Luis Aragonés ahora en el equipo. Sí, está Simeone, pero no sé si se le ha pasado ya un poco el arroz”.

Florencio apura su copa de vino, señal inequívoca de que la conversación esta llegando a su fin. Antes desvela que ya no ve tanto fútbol como antaño y que ahora prefiere enterarse del resultado a través de sus hijos o bajar al bar cuando todo ha acabado. Casa Florencio es actualmente la sede de la Peña Rojiblanca Luis Aragonés y no se pierden ni un partido. “Yo, sin embargo, todavía no he ido al Wanda Metropolitano, y mira que con la peña me han invitado varias veces. Ya iré. Tengo ganas de verlo”. Florencio, en realidad, solo espera el momento adecuado, al día que inauguren la estatua de Luis Aragonés en los aledaños del Wanda. Algo que sucederá en los próximos meses. Cuando los dos amigos se reencuentren.

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