Dijo Francisco Umbral que el deporte es una estilización de la guerra. Y mientras duró la guerra en Salamanca, el Barcelona fue dueño de las armas y de la narrativa. Tenía el relato en la mano, la filosofía puesta a punto para desarbolar con la pelota el trabajo de pizarra del equipo de Gonzalo Arconada, el favoritismo de lado y un equipo construido y apuntalado para seguir las migas de pan que se dejaron el año pasado en Champions y poner fin a la hegemonía del Atleti en Liga. Las cosas están muy claras en el seno del club blaugrana. Esta Supercopa es importante para coger impulso —lo hubiese sido mucho más para la Real—, pero a final de temporada es posible que solo sea un grato recuerdo para el Barcelona y un momento para olvidar por lo que pudo haber sido y no fue para las txuri-urdin.

En el Barcelona, todo giraría entorno a lo que pasase por la mente de Patri Guijarro en el centro del campo, y a lo libre que estuviese Alexia Putellas. En la Real, Nahikari es la brújula y la inspiración, pero hoy estuvo maniatada, aislada y sin cómplices. A los diez minutos del partido, dos intervenciones de Alexia, el alma y el puñal de este Barça desde hace tiempo, se habían convertido en dos goles, el primero de Torrejón, y el segundo, de la propia Alexia tras una gran jugada personal. Un duro correctivo y un baño de realidad para una Real a la que le esperaban 80 minutos de castigo sin haber tenido siquiera la oportunidad de atreverse a soñar.

Alexia Putella, una de las grandes protagonistas de la final. Foto Twitter @FCBFemeni

La Real acusó la inexperiencia y la sombra tan alargada del monstruo que venía a verlas. No pudo contrarrestar ninguno de los dones que tiene el Barça, ni tampoco tuvo la opción de revisar las órdenes de su comandante para poner en práctica un plan B. El Barça no tuvo piedad, fue una apisonadora bajo la decisión de una Alexia Putellas y de una Marta Torrejón estelares, y la Real solo pudo admirar el cuadro de brazos cruzados. Seis goles en la primera parte certificaban una muerte rápida. La Real eligió el peor día para fallar de manera estrepitosa en defensa. La final duró lo que quiso el Barça.

Cuando recibes seis goles en cuarenta y cinco minutos solo tienes dos opciones: hacerte la muerta en la trinchera para que pase rápido la segunda parte o apelar al orgullo para ponerle un torniquete a la hemorragia, a pesar de que el final será exactamente el mismo elijas lo que elijas. La Real ya no podía salvarse, si acaso, acortar distancias e irse del campo con dignidad, aunque con la mandíbula rota. El Barcelona no quería hacer prisioneros e ignoró la bandera blanca. Oshoala, de nuevo Torrejón en dos ocasiones (cuatro goles para la veterana que nunca descansa) y un gol en propia puerta rubricaron la matanza. Al final del encuentro, a la Real tuvieron que identificarla por los dientes, porque no quedó nada más entre las cenizas. El Barcelona es un gigante que, este año, pretende seguir haciendo sangre. Esta Supercopa fue una masacre.

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