Si algo ha caracterizado al Real Madrid a lo largo de este torneo ha sido la seriedad. Durante muchas temporadas se achacó al equipo de Laso cierta tendencia a la desconexión en momentos puntuales de los encuentros, lo que se reflejaba en el marcador con estrafalarios parciales en contra antes de volver, como en la montaña rusa, a abrir brecha a base de triples y contragolpes. Sin embargo, en esta ocasión no hubo opción para las fluctuaciones. En retrospectiva, el paso del Madrid por la Copa del Rey de Málaga hubiera recibido el aprobado de nueve de cada diez sociedades de cardiología.

Ni siquiera flaqueó el ánimo blanco cuando el libreto previsto para la final –dejarse guiar a la gloria mecido por la pareja Tavares-Campazzo- se cancelaba por una falta tempranera del caboverdiano en el minuto uno. En un exceso de prudencia, Laso decidió retirar a su torre más preciada para dar entrada a un Felipe Reyes que había ofrecido aceptables minutos en la semifinal contra el Valencia. Los pasillos centrales de la pintura madridista perdieron intimidación, pero el capitán volvió a fajarse en el rebote con una concentración encomiable. El tiro exterior de Randolph, Campazzo y un excepcional Carroll golpearon inmisericordemente al Unicaja, al que la pendiente se le hizo inexpugnable con la lesión de Jaime Fernández. De cualquier modo, el porcentaje de triple merengue mantuvo un nivel abusivo en cada período. De haber vestido de verde ayer, Sísifo habría dimitido.

El único de los sospechosos habituales que no se sumó a la fiesta fue Llull, desacertado en la dirección y sin rastro de los brotes que simularon atisbarse en cuartos de final. Los escasos momentos en que la circulación de balón madridista perdió fluidez estuvieron a su cargo, de manera que Laso optó por colocar al lado a Campazzo para corregirle las faltas de ortografía. En medio del vendaval festivo las dudas del menorquín parecen un problema menor, mas el Madrid, a partir de una ventaja que llegó a unos vergonzantes treinta y un tantos, probablemente echase mirada larga hacia los meses venideros. De ahí los destacados aplausos del banquillo a la fenomenal actuación de Carroll –veinte puntos-, al que se presume ya con las maletas hechas para junio camino del rancho de Bonanza, aunque el trauma de su partida se asemeje más a la muerte de Chanquete. En el tercer cuarto regresó Tavares al parqué, permitiéndose alardes como un gancho que está perfeccionando, y todos los secundarios, de Taylor a Deck pasando por Causeur, disfrutaron del viento a favor. Hasta Laprovittola se sumó a la moda thunbergiana del reciclaje, y aprovechó los minutos que Trecet denominaba como basura para obtener el decimoséptimo triple en el contador, récord absoluto de la competición. En las filas cajistas solo Brizuela atinaba a maquillar el electrónico, frustrado por un objetivo demasiado humilde para un corazón tan ambicioso. Los Adams, Suárez, Ejim, Waczynski y compañía no acompañaron, superados por las circunstancias: la estadística de 2/16 tras la línea de 6’75 resultó demoledora. Con la bocina final, el MVP de Campazzo constituyó una auténtica personificación del rendimiento coral de la plantilla, sin que suponga, por una vez, un mero artilugio retórico para el cronista.

Decimoctavo título para Laso, que ya come abiertamente en la mesa de Lolo Sáinz o Pedro Ferrándiz. El trofeo adquiere una importancia especial no solo por el hecho de que en el Madrid cualquier traspié conlleva apocalipsis, sino porque traslada las dudas al puente aéreo. Un año que se presumía complicado puede convertirse en la enésima puntilla a un magnificente proyecto culé y hacer que éste se tambalee antes de erguirse del todo. No obstante, conviene no adelantar acontecimientos. No en vano, desde Pascal, la teoría de los vasos comunicantes opera en las dos direcciones. El rictus serio deberá permanecer, de momento. Al menos, hasta tener la certeza absoluta de ser el último en reír.     

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