La reciente modificación del sistema de eliminatorias de la Copa del Rey ha incrementado exponencialmente la emoción del añejo torneo, hasta llegar a cotas no recordadas desde hace décadas. Los encuentros a partido único evitan las faenas de aliño y las vueltas intrascendentes, y, además, la posibilidad real de quedar eliminados por un conjunto de categoría inferior alimenta una especie de vergüenza torera en los equipos grandes que sirve de antídoto contra la desidia, aunque no siempre les baste para sortear el ridículo. Se deba a un acierto inusitado en el nuevo formato o al efímero chispazo de la novedad, febrero ha vuelto a ratificarse como mes predilecto de la competición copera, algo que supone entroncar con una tradición perdida.

Porque hubo un tiempo en que, invertidos los papeles, la Copa suponía la competición relevante y la Liga constituía un experimento importado. Hasta tal punto que, en 1929, para facilitar la acogida del nuevo campeonato del “todos contra todos” que se disputaba por primera vez, la Copa adelantó sus fechas, y su final se trasladó generosamente al segundo mes. Y, tal día como hoy, un 3 de febrero, se jugó uno de los partidos más célebres de la historia copera: la final del agua.

Los finalistas, el Espanyol y el Madrid, habían compartido trayectorias espléndidas en las rondas previas: ocho victorias de los blancos por siete de los pericos. La sede del encuentro era Valencia, lugar a priori propicio en términos climáticos para aquellas alturas del año. Sin embargo, las predicciones climatológicas no se cumplieron y la gota fría asoló la región de forma inoportuna. Aunque no se trató del problema principal. Aprovechando el lento languidecimiento de la dictadura de Primo de Rivera, el político conservador opositor, José Sánchez Guerra –ex Presidente del Congreso, ex Ministro de Gobernación y Fomento-, que se hallaba exiliado en París, desembarcó en Valencia justo el día de la final con el fin de encabezar desde esta ciudad una serie de revueltas que revocasen el régimen. Inmediatamente fue interceptado y detenido, pero su presencia provocó el nerviosismo del gobernador civil y el resto de autoridades. Un aguacero de época, un campo impracticable, ocho mil madridistas junto a cuatro mil blanquiazules desplazados y un opositor encarcelado cuyo número de cómplices se desconocía. Desesperado, el gobernador civil citó al árbitro y a los delegados de ambos clubes:

«Ustedes deciden ahora mismo si se juega o no. No quiero alteraciones del orden. Bien entendido que si se suspende no se jugará ya en toda la semana aquí. No quiero que Valencia siga abarrotada de forasteros entre los que podrían colarse alborotadores»

Ante las circunstancias, y confiando en una esperable mejoría del tiempo, todos decidieron jugar. Pero, entre la una y las tres de la tarde, el cielo descargó con una furia aún mayor. El cronista de ABC describió el estado del terreno como una sucesión de lagunas en las que la pelota flotaba como un pequeño navío, con zonas donde “la riada se movía a impulso de un oleaje capaz de hacer zozobrar al más diestro equipo”. Pese a todo, el presionado colegiado otorgó permiso para el inicio del encuentro y se armó un pandemónium. Incapaces de dominar el balón, los futbolistas tenían que hacer auténticos esfuerzos para avanzar sin perder el equilibrio. En los primeros minutos, el capitán madridista Quesada derribó a Broto dentro del área. El árbitro señaló penalti, mas, incapaz de encontrar el punto fatídico sumergido, tuvo que contar once pasos de manera improvisada. Solé erró la pena máxima y el embarrizado despropósito continuó.

En el segundo tiempo, el espanyolista Padrón consiguió abrir el marcador y asistir en un segundo tanto, para poco después ser expulsado junto a un compañero y un rival. Diez contra nueve, el Madrid acortó distancias en el 75’ por medio de Lezcano, sin conseguir imponerse en un accidentado final que dejaría dos nuevos expulsados, uno de cada equipo. El Espanyol alzó la primera Copa de su historia y a punto estuvo de usarla para achicar el agua del arca en la que casi hubo de abandonar Mestalla. El Madrid renunció a presentar una queja formal, fiel a su tradición de poner la otra mejilla. Curiosamente, Rafael Sánchez Guerra, hijo de José, acompañante en el viaje fallido en pos de la rebelión y futuro secretario general de Presidencia de la República, alcanzaría pocos años más tarde la presidencia del club merengue, quién sabe si para compensar la inoportunidad paterna.

Más de noventa años después, la Copa ha recuperado parte de su épica, merced al sorteo puro y las nuevas reglas. Afortunadamente, resultan menos necesarios las borrascas y el granizo para revestir de interés el torneo. De todos modos, ya dice la sabiduría popular aquello de “febrero, mes cambiante y traicionero”. Así que no estaría de más que todos los equipos llevasen paraguas. Por si acaso.

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