Quizá ustedes no lo saben, porque a tales grados de chifladura no llega mucha gente, pero el pasado fin de semana concluyó la Vuelta a San Juan. Ciclismo, sí. En Argentina, nada menos. Cosa (relativamente) menor, vaya. Enero, América, buen tiempo, kilómetros para rodar. Esas cosas. Pero oigan, que uno tiene sus taras, y al final sigue hasta las pachangas. ¿Quieren una historia? Durante una temporada muy larga en la que estuve con una rodilla fuera de sitio a veces me iba al velódromo de mi pueblo para ver a los cincuentones dando vueltas a paso de tortuga. Barrigas y risas, vaya. Luego me acercaba a la cafetería y me tomaba algo con ellos (porque todos los velódromos buenos necesitan un bar, ya saben). En fin, qué les voy a contar.

Pues bien, en la Vuelta a San Juan se impuso Remco Evenepoel. Un chavalín belga, flamenco, que cumplió veinte años durante el transcurso de la prueba. La mayor promesa del ciclismo actual, seguramente, y la más excitante desde hace mucho tiempo. El sucesor de Merckx, dicen los aficionados. El sucesor de Merckx, dicen los belgas. Al fin un flamenco que va a ser mejor que Merckx, dicen los flamencos, tan suyos ellos, que no perdonan lo de los votos matrimoniales en francés. Ya ven, apenas nada de presión sobre los hombros del mozo.

Pongamos el asunto en contexto. Tercero quedó Óscar Sevilla, que lleva dando pedales desde antes de que naciera Evenepoel. Literalmente. De hecho quedó segundo en una Vuelta a España cuando el belga tenía… año y medio. Aquella prueba la domeñó Aitor González, que más tarde salió desnudo en Interviú exhibiendo lorzas y sonrisa de crápula por venir. Después paseó por la crónica de sucesos y fue filmado entrando alguna que otra vez en los juzgados. Fíjense, cómo cambian las vidas.

Pues eso, que, aunque llamativo por la precocidad, este triunfo por sí mismo tampoco es de los que ennoblecen para siempre un palmarés. Entiéndanme… Evenepoel tiene una pinta fantástica, ha dejado ya algunas exhibiciones bonitas (la más renombrada en San Sebastián) y no parece, ni mucho menos, mero producto de márketing. No, no, esperemos grandes cosas de él… no creo que quedemos decepcionados.

Pero (siempre hay un pero, porque, de lo contrario, el artículo se nos queda cojo) la cosa se ha ido un poco de madre. En foros, en redes sociales, sí, pero también entre la prensa especializada. Se ensalzan las virtudes del muchacho por encima de toda lógica, dejando tras de sí un reguero de victorias por conquistar que, sencillamente, es imposible. No es el nuevo Merckx, porque Merckx solo hubo uno. Por eso es tan grande, por eso es tan especial. No nos pasemos con Remco.

Ojo, no es cosa del ciclismo, o no solamente. El pasado fin de semana tuvimos sendos ejemplos en fútbol. De chavales que destacan por su buen hacer pero, sobre todo, por los pocos años que exhiben en el dni (o lo que tengan los futbolistas). Son Vinicius y Ansu Fati. Real Madrid y Barcelona. Las reacciones estuvieron cargadas de elogios y fantasía. El Balón de Oro que se reparte cada domingo estaba esta vez más competido que nunca.

No es nuevo, claro. Hay que buscar caras diferentes, que eso vende periódicos e ilusiona a la gente. O al revés. Cambiar un poco de plano. La prensa culé aun no ha podido hacerlo, porque allí se piden todos los premios para Messi cada día de la semana, salvo los martes, que libran. Justamente, imagino, tampoco soy un especialista. Pero en los papeles madridistas la cosa es diferente (y si les escuecen los ojos al ver cómo tachamos a unos periódicos de hooliganismo escrito sepan que a mí me parece tan mal como a ustedes).

Quiero decir, en Madrid estuvieron encadenados durante años en eso de decir mañana sí y mañana también que Cristiano Ronaldo era el más grande, el más guapo y el mejor. Entre otras cosas porque era lo que gustaba al luso. Solo que Cristiano se fue a Turín, como los Saboya, y los juntaletras que escriben con la camiseta puesta ya tenían libertad. Y ahí, claro, prima lo novedoso. Todos queremos ver sonrisas nuevas, y porque esas duran más. Vinicius llevaba el año pasado un retrato de Pelé colgado en la espalda, y Rodrygo se convirtió, hace unos pocos meses (igual ustedes ya ni se acuerdan) en el mejor jugador del mundo. En fin. (El Atlético también tiene lo suyo, ¿eh?, que a João Félix lo encumbraron a los altares antes aun de meterlo en la iglesia… pena para el chico, que juega contra eso y contra el hecho de llevar el dorsal 120).

Fallarán. Los futurólogos y ellos. Es imposible que en cada generación de belgas haya un nuevo Merckx (Maertens, Van Hooydonck, Vandenbroucke… hasta de Gilbert lo han dicho), igual que es imposible que se repartan anualmente los setenta y siete balones de oro que adjudica la prensa en cada temporada. Eso sí, el hype (qué puto horror de palabreja) puede servirte para entrar entre los veinte mejores del Golden Boy (galardón que distingue a los sub-21 más destacados del fútbol) sin haber jugado más de nueve partidos como titular en los dos equipos donde has estado cedido desde que llegaste a… bueno, a un club con buenas posibilidades mediáticas. Pero esa es otra historia.

Pues eso, que seamos pacientes con los jóvenes, que cuando nosotros lo fuimos bien que pedíamos paciencia (cada domingo lo hacía yo, no les digo más). Característica propia de los pocos años es la inconstancia, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario. El fallar, incumplir esperanzas, recuperarlas más tarde. Dejemos en paz a Remco Evenepoel. Limitémonos a disfrutar de él.

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