Hay días que no llevan razón. A los 12 años, Nacho escuchó a una doctora decirle que quizás no podría jugar más al fútbol. El muchacho acababa de enterarse de que tenía diabetes. Hoy, 18 años después, es futbolista del Real Madrid: un hombre que, incluso, ha jugado un Mundial. Pero ya no sólo es su caso. Hace más de 40 años fue el portero del Salamanca Jorge D’Alessandro. Sufrió un golpe terrible en San Mamés. A la noche, de regreso a casa, el dolor se lo comía. Su mujer tuvo que llamar desesperadamente al presidente para decirle que su marido se estaba muriendo. Esa misma noche D’Alessandro fue ingresado y descubrió que había perdido un riñón. Un diagnóstico que originó que la Mutualidad de futbolistas le propusiese retirarle la ficha. Frente al riesgo no se juega. Si sufría un nuevo golpe, su vida podía entrar en peligro e inutilizar el otro riñón.

Hace mas años, en 1973, en el estadio de Sarriá, tras un golpe involuntario que le dio su compañero De Felipe en el bajo vientre, Santillana tuvo que salir en camilla. Fue duro. Cuando regresó al vestuario no veía la manera de tenerse en pie. Se asustó porque llegó a orinar sangre. Pero no sólo por eso, sino porque en los días siguientes el dolor no desaparecía. Una vez más, el dolor tenía razón. Las pruebas médicas iban a diagnosticar que Santillana tenía los dos riñones en un mismo lado. Una anomalía congénita de nacimiento tenía la culpa. Un descubrimiento que manejó la idea de su retirada hasta que el doctor Puigvert le propuso una ecuación más interesante: «No tengas miedo». Santillana dudaba al principio, pero luego el doctor le convenció de que ‘tienes una cabeza, un corazón, un páncreas, un hígado, un estómago o un riñón…Si te cae una teja en la cabeza no tienes otra y no vas a dejar de salir a la calle por eso. No te preocupes por tener un solo riñón. Hasta ahora has vivido así. Y si no hubiese pasado esto ni siquiera lo sabrías”.

Quince años después, tras marcar cientos de goles con el Real Madrid, Santillana se retiraba del fútbol. El instinto de aquel doctor tenía razón. Pero si viajamos a Salamanca comprobamos que el portero D’Alessandro tampoco aceptó el medio millón de pesetas que le daba en 1978 la Mutualidad de futbolistas de indemnización. Prefirió seguir jugando. Es más, la Federación le hizo firmar un escrito en el que él mismo se hacía responsable de cualquier lesión que le ocurriese. Y no pasó nada. Jugó con un solo riñón durante seis temporadas. Hizo paradas formidables debajo de la portería. Se cuidó como nunca. Llegó a hacer un millón de abdominales porque en la operación se los partieron. Y con un solo riñón volvió a ser un portero de éxito. Al principio, tenía miedo, pero después lo superó por pura psicología. Recordaba que el miedo no podía ser más fuerte que él.

Nacho tampoco quiso quedarse a vivir en el miedo. No es buena compañía. A los pocos días, un endocrino le convenció que era obligatorio para él hacer deporte. Y lo hizo. Y ha llegado hasta el primer equipo del Madrid. Y hoy es, como Santillana o como D’Alessandro, una prueba rotunda de que el fútbol no es incompatible con las enfermedades. A menudo, cuenta que debe cuidarse tres veces más que cualquier otra persona en las comidas. Que debe llevar sus aparatos para medir el índice de insulina. Pero todo eso le hizo más ordenado, si cabe. Y en un defensa el orden es esencial, imprescindible.

Si vamos más allá, podemos contar que hasta a Pelé tuvieron que extirparle un riñón en su etapa final en el Cosmos de Nueva York. Pero también siguió jugando al fútbol como D’Alesssandro, como Santillana, como Nacho y como toda esa legión de futbolistas que ha sido capaz de superar un cáncer. Y eso es lo bonito. Contar historias como ésta y como la de Nacho, al que la enfermedad hizo más humilde si cabe. “La diabetes es como un compañero que tengo a mi lado que no me impide hacer de todo. Mis limitaciones son cero», recuerda a todos aquellos que interpretan una enfermedad como una trampa mortal. Y no: no siempre es así. Ellos nos lo han demostrado.

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