Hoy pretendo contar la historia de un hombre que no se rinde: Miguel Ángel Núñez, el teacher. Un día su vida cambió de repente: tan de repente que nos pareció que se acababa todo.  Pero eso es lo que quiero demostrar en este artículo de un hombre que desde hace 18 años pelea frente a sus inmensas limitaciones. No sabía que podía vivir así hasta que le tocó vivir así. Hoy, el teacher se defiende como puede frente a la vida. Le veo en las fotografías y da gusto verle. Vive a su manera en una residencia en Tres Cantos, donde trata de demostrar que la libertad depende de uno mismo y que es mejor vivir con una sonrisa. Sus sueños pasaron un día al calabozo. El destino le clavó esa puñalada. Pero él tuvo más mérito. Aprendió a vivir así, a avanzar cada día un paso más. Quizás sea el título más importante de los que ha ganado en la vida. 

Fue una noche del verano de 2002 cuando el teacher fue atropellado por un coche  mientras cruzaba con su novia por el Paseo de la Castellana. Aquel coche, que venía a alta velocidad, hizo añicos al teacher, que hasta entonces era un tipo joven y prometedor. Luego, salió del coma pero ya nada volvió a ser lo mismo. Por eso esta es una dura historia, una de esas canalladas que por alguna extraña razón hace el destino.  Sin embargo, hoy a su gente, a la gente del barrio de Canillejas, le enorgullece ver al teacher con esa sonrisa invulnerable, con esas atroces ganas de vivir, de compartir celebraciones, de pedalear en la bicicleta eliptica o de caminar para emular aquellos tiempos en los que parecía un atleta importante. Tenía buena caja y poca cabeza. Quizás porque no se puede tener todo o porque es injusto tenerlo todo. A los ángeles también les pasa. 

Martín Fiz y Miguel Ángel Núñez, el teacher.
Martín Fiz y Miguel Ángel Núñez, el teacher.


No conocí al teacher en su época dorada cuando era un firme candidato a ganar carreras. Pero quienes vivieron esa época me han hablado de él como uno de esos valientes a los que  se les perdona cualquier anomalía. En su época debía ser un volcán porque todavía lo es. El otro día me contaba Fernando Carro que una tarde le llevó a él y a antiguos atletas de la categoría de Anacleto Jiménez o Alberto Juzdado a dar una charla a esa residencia suya en la que vive y en la que a veces la vida se comporta en dirección prohibida. Pero el teacher no se resigna a vivir sin música, a no escribir su historia, a no recordar que ese apodo suyo nació de la manera más cómica. Arrancó aquel día en el instituto en el que él le contestó a la profesora de inglés: ‘any patatas’. Nadie se sorprendió entonces. Se trataba del teacher


Quizá el único alumno de la clase que no sabía que en inglés patatas se traducía como ‘chips’. Quizás porque él era así y tenía que ser así. No se puede ir en contra de lo que uno es. Y, por lo visto, el teacher era uno de esos tipos de los que encendía el despertador por las mañanas a toda la casa y de los que le costaba entender que con un poco de cabeza se puede llegar más lejos. A cambio, queda el recuerdo vibrante de un tipo con madera de genio, de un joven con una facilidad incombustible para las relaciones sociales y de un talento para correr que significaba una buena herramienta para ser feliz. Y, mientras corrió, fue feliz, ganase o perdiese, que a veces es lo menos importante. 


 El teacher, por lo visto, empezó a correr en el año 1982 porque se aburría. Y corriendo encontró lo más espontáneo que habitaba dentro de él. Pero todo eso se acabó aquella madrugada del verano de 2002. Nos quedamos entonces sin resolver el secreto, sin saber hasta donde podía haber llegado el resto de su vida. Hoy ya es inútil martirizarse: ya pasó mucho tiempo. Pero el teacher salió de la lona y ahora, con cincuenta y tantos años, me sirve para ponerle de ejemplo. A través de él puedo explicar que, al final, la felicidad es un estado de ánimo o que la felicidad reside en un abrazo. También puedo recordar la última vez que le vi, cuando vino al barrio a ver el Trofeo Edward y me preguntó, esperanzado, si algún día escribiría de él. Y no sé por qué ése día ha llegado hoy. Quizás porque esta mañana volví a ver una sonriente fotografía suya en Facebook y volví a pensar: ‘este tipo es un grande, tengo que hacerlo ya o ya’. Espero no haberme equivocado. 

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