Hay que ser muy especial para ocupar el cargo de seleccionador nacional de baloncesto durante 27 años. Para gozar de la confianza de jugadores, dirigentes y aficionados durante tres largas décadas, a lo largo y ancho de 431 partidos. Antonio Díaz Miguel lo era. Y su muerte hace hoy 20 años privó al deporte español de un maestro, de un referente, de un capitán.

En este año olímpico, cuando los premios Laureus acaban de rendirse «al logro excepcional» de las selecciones españolas de todas las categorías y a sus 26 medallas en 20 años, conviene tener presente a Díaz Miguel. Que estuvo al frente del equipo masculino entre 1965 y 1992, que lo condujo a seis Juegos y que en Los Ángeles 1984 ganó la primera gran medalla del baloncesto español, la plata olímpica, nunca superada aunque dos veces igualada.

Los de México 1968 fueron sus primeros Juegos. Emiliano Rodríguez, una de las estrellas de aquella selección, hizo para Efe este diagnóstico sobre la relevancia de la cita: «Veníamos de un baloncesto de pequeños. Pero allí comenzamos a proyectarnos internacionalmente y a ir a más».

Y Díaz Miguel fue «un entrenador y un amigo», de cuya mano «España comenzó a dar el gran salto cuantitativo y cualitativo que felizmente hoy le hace estar entre los grandes».  

El técnico llegó a México con solo 34 años, pero con el aval de contar con una plantilla excepcional. Clifford Luyk se había nacionalizado español y su aportación al equipo fue decisiva.

España saldó la primera fase con cuatro victorias y tres derrotas, la última de ellas ante Italia (98-86). En la lucha por los puestos del 5 al 8 los españoles perdieron 73-72 con México. El séptimo puesto se lo iban a jugar de nuevo frente a los italianos.

Sentados en el vestuario, antes del choque, Alfonso Martínez, Chus Codina, Toncho Nava, Nino Buscató, Juanito Martínez Arroyo, Enrique Margall, Vicente Ramos y Santi Zabaleta escuchaban las instrucciones de Díaz-Miguel. Unos ya de corto, otros aún en chándal, todos con las mismas zapatillas blancas. Eran los tiempos en que las Converse servían para jugar al baloncesto.

En medio de la habitación, Díaz Miguel se apoyaba en una mesa con la misma mano con la que sujetaba un cigarrito. Eran los tiempos en los que se fumaba en el vestuario. Ante él, unas fichas blancas y negras dispuestas sobre el trazo básico de una cancha de baloncesto. Eran los tiempos en que no había línea de triples. 

A la llamada del seleccionador no pudo acudir en aquella ocasión el base José Ramón Ramos, hermano de Vicente, porque el Capitán General de Canarias, donde cumplía el servicio militar, no le dio permiso para salir. Eran los tiempos en que se hacía la mili.

España ganó finalmente a Italia por 88-72, lo que le permitió acabar en el séptimo puesto. En su anterior participación, Roma 1960, había sido decimocuarta entre 16 equipos. Fue el despegue de un avión que ahora vuela alto.

Díaz Miguel (Alcázar de San Juan, Ciudad Real, 1933) fue alumno del Ramiro de Maeztu, jugador de Estudiantes e internacional desde los 19 años. Estudió Ingeniería Industrial en Bilbao y allí asumió su primer trabajo de entrenador en el club Águilas. Pero el gran papel de su vida fue el de seleccionador.

Fue un pionero. Cuando en Europa se tenía a soviéticos y yugoslavos como referentes, él viajó de forma continua a Estados Unidos para aprender del que consideraba el mejor baloncesto del planeta.  Bobby Knight, Dean Smith o John Wooden fueron sus modelos. Con el primero se enfrentó en aquella final olímpica de Los Ángeles. «Fue el mejor entrenador no estadounidense de su tiempo», reconoció años después el técnico norteamericano.

De Wooden aprendió el célebre corte de UCLA y lo importó a España. Cada vez que viajaba, regresaba cargado de películas con las que explicaba a sus jugadores esa y otras innovaciones técnicas.

Después de la plata de 1984, la selección de Díaz Miguel fue octava en Seúl 88 y, lo más doloroso, novena en Barcelona 92. En los Juegos de casa. Dos años antes no había pasado del décimo puesto en el Mundial de Argentina. La Federación consideró que había llegado el momento del relevo y llamó a Lolo Sainz, que se sentó en el banquillo entre 1993 y 2001.

Díaz Miguel siguió entrenando en Italia y en España. A equipos masculinos y femeninos. Fue comentarista en televisión y dedicó más tiempo a sus negocios relacionados con la moda. En 1997 fue el primer español en entrar en el Salón de la Fama del baloncesto de Springfield (Massachusetts).

Un cáncer se lo llevó por delante el 21 de febrero del año 2000. Solo 24 horas después estaba previsto un homenaje de esos que a él le gustaban tan poco. 

Sus herederos son los casi 400.000 jugadores españoles que todas las semanas salen a una cancha botando un balón y con la canasta entre ceja y ceja. Y los millones de amantes del baloncesto, el segundo deporte en España solo por detrás del fútbol; el primero entre las mujeres. 

En los entrenamientos y los partidos de todos ellos, de cada club, de cada selección y de cada grupo de amigos, siempre habrá una jugada que de alguna manera lleve la impronta de Antonio Díaz Miguel. 

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