Cuando me despedí de él volví andando a casa. Es más, volvía pensando «y si yo hubiese hecho lo que él a su edad». No sé por qué pero creo que entonces sentí envidia: envidia sana, quiero pensar Esta es la historia anónima de un tipo que podríamos ser, o haber sido, cualquiera de nosotros. Se llama Paco Jiménez, tiene 30 años y está de vacaciones este mes de febrero en Madrid, en Paracuellos de Jarama, donde ha vivido siempre. 


Ahora vive casi en el otro mundo. A 16 horas en avión, en Ho Chi Minh, en Vietnam donde vive de su pasión por el fútbol. Va en chandal a trabajar. Algunos días va hasta en chanclas…, pero sobre todo me quedo con esa frase que radiografía una pasión: «¿Te das cuenta lo que significa poder ir en chándal a trabajar?», pregunta.  Y aquí, en Madrid, no le era posible, claro. Aquí, en realidad, no daba a basto si quería respetar su pasión por el fútbol. Salía de casa a las 8,30 de la mañana y no regresaba, completamente exhausto, hasta las diez de la noche. «No le quedaban horas al día y había algo que me impedía ser feliz», recuerda hoy.

Trabajaba en una gestoría. Hacía declaraciones de Hacienda, renovaciones del carnet de conducir… Cobraba 1.200€ y a partir de las seis de la tarde iba a Paracuellos, donde entrenaba a dos equipos de chavales, porque ésa siempre fue su pasión: la de entrenar. De hecho, se sacó el título nacional de entrenador pensando en eso. Invirtió ese tiempo, ese dinero. Pero se encontró con una realidad férrea, dura como una piedra, muy difícil. Lo suele ser para tipos como el, que nunca fueron futbolistas profesionales. A lo máximo, llegó a jugar en Regional, de lateral zurdo en el Belvis, en un pueblo de Madrid de 200 habitantes. Allí descubrió «lo peor del fútbol» cuando se dio cuenta de que «había 300.000 mejores» que él. Y no había manera de ganar ese partido. «No se podía vivir del fútbol». Otra cosa era renunciar al fútbol y hasta ahí no quería llegar. «Si tu mismo cierras las puertas a un sueño nadie las va a abrir por ti».  Aún más a su edad, que ya estaba (está) en el límite. Paco pelea duro la vida desde los 18 años cuando empezó a trabajar en el aeropuerto descargando maletas. Luego, fue teleoperador y estudió Turismo «porque no sabía que estudiar. No me atraía nada y creía que esa vida se resumía a viajar y viajar». 


Después, encontró un trabajo, en las antípodas de esa idea: el de la gestoría. Allí vivía entre plazos de la administración y papeles. Llevaba 4 años y, de alguna manera, había encontrado eso que los padres llaman «trabajo fijo». 
Y cada día, antes de volver a cenar a casa, desahogaba su pasión por el fútbol entrenando al Paracuellos a cambio de la precariedad: 200 €.  Y no es que el dinero (que no hacemos más que hablar de dinero) sea lo más importante de toda esta historia, pero todos sentimos alguna vez que merecemos más. Que queremos más y nos preguntamos qué podemos hacer para encontrarlo. Es una pregunta difícil, pero no siempre imposible. Es más, podría ser que el destino fuese a buscar esta vez a Paco y a plantearle una oferta que, si rechazaba, se hubiera sentido como el que deja pasar un tren. Todo arrancó este verano cuando se fue de vacaciones a Vietnam. Allí, un día intrascendente tomando una cerveza, se encontró con un tipo que dirigía una academia de fútbol. Que le dijo que buscaba un entrenador que viniese de Occidente para enseñar a los chavales. Y le dejó su tarjeta.

Paco volvió a Madrid y se matriculó en la oferta por internet con tan buena o mala suerte de que lo iban a coger. Y a mandarle el billete de avión a casa. Y tuvo que decidir en diez días y preguntarse qué hago, «lo dejo todo aquí, dejo hasta la gestoría donde no tienen ni siquiera sustituto para mí, para irme, no sé».  Pero sí lo supo.  El 7 de septiembre se fue. 

Marchó para Vietnam donde no hace falta contar que el inicio fue muy difícil. Él recuerda que «al segundo día de estar allí me robaron el móvil de un tirón» o que las primeras semanas, al cerrar la puerta de su habitación, se ponía a llorar desconsoladamente y a preguntarse «qué he hecho». 
«Buscaba cualquie excusa para decir «me tengo que marchar’. Dudaba entonces hasta si iba a pasar el periodo de prueba que me pusieron que eran los dos primeros meses». Una duda amarga pero realista cuando las cosas no se ven tan claras en una ciudad de 12 millones de habitantes como Ho Chi Minh en la que Paco no se atrevía ni a coger la moto que le facilitaron para ir a la academia.  Qué caos.

Hoy, pasados 5 meses, podemos decir que Paco ya ganó esa batalla contra sí mismo. Que se siente tan involucrado con lo que hace que este mes casi no le apetecía ni coger las vacaciones «y mira que la familia es lo peor de toda esta historia: no sabía que se la pudiese echar tanto de menos». Pero ése también es el precio de cumplir un sueño. No todo es perfecto y Paco Jiménez, ese tipo de Paracuellos, lo sabe. Sin embargo, ese chaval que pensaba las 24 horas del día en el fútbol, vive del fútbol en Vietnam. 
Trabaja en inglés y cobra más de 1.800€ al cambio en un país donde por 3€ llena el depósito de gasolina, en un país en el que su fotografía entrenando a chavales es uno de los reclamos publicitarios de la academia en la que trabaja. Pero lo más importante es que allí pone en marcha todo lo aprendido. 

Y hablamos de fútbol.

Y por eso los ojos le brillan cuando habla de esta experiencia que en su día claro que tuvo miedo a coger y le dio mil vueltas a la cabeza… «pero tú estás loco? cómo te vas a ir hasta allí?», le decían. Pero, ya ven, lo importante que es tomar decisiones y quizás anticiparse al futuro.  Mañana no se sabe lo qué pasará, pero hoy hemos contado una historia que no hubiese sido posible si él hubiese dicho, «yo de aquí no me muevo». Ya nunca podrá arrepentirse de lo que no hizo. 

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