Entre los aficionados españoles al baloncesto, pocas realidades generan tanto consenso como la unánime consideración de la Copa del Rey como el trofeo más divertido y vibrante. Incluso durante esta década, dominada con mano de hierro por el bipartidismo blanco y azulgrana, la competición ha ofrecido una buena dosis de sorpresas y de momentos para el recuerdo. La jornada del jueves constituyó una nueva demostración de su capacidad para destruir todas las predicciones de los expertos.

Llegaba el Barcelona a Málaga pletórico, con una vitola de favorito equiparable a la de Emma Stone en una película de Lanthimos. Se enfrentaba además a un Valencia al que acostumbra a tener comida la moral, con un último precedente en Euroliga desolador para los taronjas. Sin embargo, el factor decisivo inesperado apareció en el banquillo naranja. Jaume Ponsarnau, sin el cartel de muchos de sus homólogos, volvió a brindar un recital desde la pizarra, planteando un partido de frescura equiparable al mejor Madrid de Laso: defensa intensa y transiciones veloces para castigar la espalda del Barcelona.

Tras un 8-0 inicial culé, los valencianistas se apoyaron en una inteligente gestión desde el puesto de base de Abalde y Colom para endosar parciales a base de contragolpes, el mayor de los cuales dejó un sonrojante 20-0. El FCB, confiado por el desempeño de unos acertados Claver y Delaney, y con su estrella montenegrina en estado de gracia, no dio la importancia debida a las ráfagas que le venían en contra. No obstante, las señales estaban para quien quisiese verlas: los puntos de los suplentes del Valencia doblaban a los de los barcelonistas. Casi todas las desgracias tienen su origen en el punto de inconsciente que conlleva el exceso de confianza.

El paso de los minutos no hizo sino incrementar la fe naranja, quienes, cuando pasaron por dificultades —N’Dour terminó frustrado con las fintas de Mirotic—, se aferraron al oficio de un renqueante Dubljevic, los rebotes de Mike Tobey en la canasta rival y la defensa de ayudas de Doornekamp y Labeyrie. Cerrados los pasillos interiores, el Barcelona cayó en la trampa y abusó del triple, con demasiados jugadores desacertados para basar su ofensiva en un aspecto tan volátil. El epítome de esta errada estrategia se comprobó en una jugada a falta de menos de dos minutos, con hasta tres intentos de triple desastrosos tras haber conseguido sendos rebotes que valían oro. Solo una abstención arbitral confusa en una clara antideportiva de Mirotic y el miedo a perder de los valencianistas alargaron artificialmente el desenlace. Mas al final la sorpresa se consumó, el vigente bicampeón hincó la rodilla y Ponsarnau tendrá otra oportunidad de impartir cátedra en semifinales.

Un rato más tarde, el Madrid saltó a la cancha con gesto serio y prevenido, respetando a otro candidato a equipo revelación de la temporada como el Bilbao de Mumbrú. Un quinteto poco dado a relajaciones defendió con tesón en torno a un gigantesco Tavares —pleonasmo—, al que solo los centímetros de Balvin lograban importunar de forma esporádica. El encuentro resultó un tanto paradójico, en la medida en que la anotación era alta a pesar de un ritmo bajo por parte de ambos conjuntos. Aunque terminasen en canasta, los ataques se sucedían exentos de fluidez, como a trompicones. Solo los jugadores más estéticos, como Causeur y su elegante zurda, conseguían culminar acciones no trabadas. En el lado vasco, Rouselle y Bouteille, que comparten vestimenta negra y aliteración con Hernández y Fernández, mantuvieron los registros anotadores de su equipo. Con esos protagonistas, se podría afirmar que la primera parte tuvo  acento francés: estimulante, contradictoria y un punto relamida.

Tras el descanso el Madrid pisó el acelerador. La intendencia ofensiva de Deck aprovechaba las asistencias de su compatriota Campazzo, que a su vez se alimentaba de la salida rápida que Tavares daba a los rebotes que le caían en las manos —el guarismo finalizó en catorce; llegará un día en que los cogerá sentado en el suelo—. Aunque Mumbrú intentó reaccionar probando combinaciones de defensas zonales e individuales, no pudo evitar la muerte por decantación. Un parcial de 14 puntos, casi todos desde la pintura, dio paso a la recuperación de un Llull que olvidó sus air-balls recientes para reencontrarse momentáneamente con el acierto exterior. Cuando la derrota bilbaína comenzó a vislumbrarse como algo más que un presagio, las cámaras captaron el discurso virtuoso de Álex en un tiempo muerto: “Si vamos a perder, que al menos tengan que meter los tiros desde ocho metros”. No fue necesario, pero su actitud encomiable engrandece a su club y revaloriza la fiesta del baloncesto. Del mismo modo que lo hacen las sorpresas, la mayoría de las cuales están aún por destaparse. El público abandonó satisfecho el Carpena, convencido de ello. Mañana más.  

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